Mi mejor amiga bajo mi techo: la traición que nunca imaginé
—¿Por qué tienes esa cara, Carmen? —me preguntó mi madre por teléfono, notando el temblor en mi voz aunque intentaba disimularlo.
No supe qué responder. ¿Cómo explicarle que la mujer que estaba en mi cocina, preparando café como si fuera su casa, era la misma que había destrozado mi mundo? ¿Cómo poner en palabras el dolor de ver a tu mejor amiga y a tu marido compartiendo miradas que antes solo eran para ti?
Todo empezó hace un año, cuando Lucía llamó a mi puerta con una maleta y los ojos hinchados de llorar. «No puedo quedarme sola esta noche, Carmen. No sé a quién más acudir», me dijo entre sollozos. Sin pensarlo, la abracé y le ofrecí mi casa. Siempre había sido así: Lucía y yo, inseparables desde el instituto, compartiendo secretos, risas y hasta lágrimas. Nunca imaginé que esa noche abriría la puerta no solo de mi casa, sino también de mi vida y de mi confianza.
Al principio, todo parecía normal. Lucía ayudaba con los niños, cocinaba conmigo y hasta se ofrecía a hacer la compra cuando yo salía tarde del trabajo. Mi marido, Diego, la trataba como una hermana más. O eso creía yo. Pero poco a poco empecé a notar detalles: risas demasiado largas en la sobremesa, miradas fugaces cuando pensaban que yo no miraba, mensajes en el móvil que Lucía contestaba con una sonrisa nerviosa.
Una tarde de domingo, mientras doblaba ropa en el dormitorio, escuché sus voces en la cocina. Me acerqué sin hacer ruido y oí a Lucía decir: «No sé cuánto tiempo más podré fingir delante de Carmen». El mundo se me vino abajo. Sentí un frío recorriéndome la espalda y las manos me temblaron tanto que casi dejo caer la ropa al suelo.
Esa noche, no pude dormir. Miraba a Diego a mi lado y me preguntaba en qué momento se había roto todo. ¿Había sido culpa mía por confiar demasiado? ¿Por abrirle la puerta a Lucía sin sospechar nada? Al día siguiente, decidí enfrentarla.
—¿Tienes algo que contarme? —le pregunté mientras desayunábamos, los niños ya en el colegio.
Lucía bajó la mirada y jugó con la cucharilla del café.
—No sé de qué hablas —susurró.
—No me mientas —insistí—. Te he oído ayer con Diego.
El silencio se hizo eterno. Finalmente, levantó la cabeza y vi en sus ojos algo que nunca había visto: culpa y miedo.
—Lo siento, Carmen. No quería que pasara… pero pasó —dijo al borde del llanto.
Sentí rabia, tristeza y una humillación tan profunda que apenas podía respirar. Salí corriendo de la cocina y me encerré en el baño. Lloré hasta quedarme sin fuerzas.
Los días siguientes fueron un infierno. Diego intentó hablar conmigo, jurando que había sido un error, que no significaba nada. Pero yo ya no podía mirarle igual. Lucía hizo las maletas y se fue sin despedirse de los niños, que preguntaban cada noche por «la tía Lucía».
Mi madre vino a quedarse conmigo unos días. «Estas cosas pasan más de lo que crees», me decía intentando consolarme. Pero yo no quería consuelo; quería respuestas. ¿Por qué alguien a quien considerabas tu hermana podía traicionarte así? ¿Por qué Diego prefirió buscar fuera lo que teníamos dentro de casa?
En el barrio empezaron los rumores. Las vecinas cuchicheaban cuando pasaba por el portal. «Pobre Carmen», decían unas; otras murmuraban sobre lo rápido que Lucía había encontrado piso cerca del centro. Me sentí juzgada y sola.
Una tarde, mientras recogía a los niños del colegio, me crucé con Lucía en la panadería. Me miró con ojos rojos y bajó la cabeza. Yo sentí una mezcla de odio y compasión. Quise gritarle todo lo que llevaba dentro, pero solo pude decir:
—Nunca pensé que fueras capaz de esto.
Ella no respondió. Salió corriendo bajo la lluvia y yo me quedé allí, temblando.
Han pasado meses desde entonces. Diego y yo seguimos juntos por los niños, pero algo se ha roto para siempre entre nosotros. Ya no confío en nadie como antes; incluso con mis amigas de toda la vida siento una distancia insalvable.
A veces me pregunto si hice bien en abrirle mi casa a Lucía o si debería haber visto las señales antes. Otras veces pienso que quizá todos somos vulnerables cuando se trata de confiar en quienes amamos.
¿Vosotros habéis sentido alguna vez una traición así? ¿Se puede volver a confiar después de algo tan doloroso?