Jimena pensó que unos días en la costa servirían para descansar, para que su hijo disfrutara de la piscina y para recuperar un poco de calma con Pedro. Pero desde el primer desayuno, Vera, su suegra, parecía tener algo que corregir: cómo vestía al niño, a qué hora comían, cuánto gastaban, incluso la forma en que Jimena hablaba con su propio marido.
Lo que al principio parecían pullas sin importancia fue pesando cada día más. Pedro intentaba quitar hierro al asunto, hasta que una tarde todo estalló delante de la familia. Y, en medio de la rabia, Jimena descubrió algo que no esperaba sobre Vera y el miedo que escondía tras su necesidad de controlarlo todo.
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