Después de la muerte de mi marido, encontré una carta con mi nombre: lo que había dentro cambió mi vida para siempre
—¿Por qué te has ido tan pronto, Andrés? —susurré, apretando la almohada contra mi pecho, mientras el eco de la puerta del tanatorio aún resonaba en mi cabeza. El entierro había sido breve, casi sin palabras, solo los más cercanos: mi hija Lucía, mi cuñada Carmen y el viejo amigo de Andrés, Tomás. Nadie más. Así lo quiso él, sin ruido, sin flores caras, sin discursos vacíos. Pero ahora, en la casa, el silencio era tan denso que dolía.
No podía dormir. Me levantaba cada noche y recorría el pasillo, tocando los libros de Andrés, oliendo su chaqueta colgada detrás de la puerta, como si en algún rincón pudiera encontrarlo todavía. La ausencia era un peso húmedo sobre mis hombros, y la rutina —preparar café, regar las plantas, mirar la televisión— se había vuelto absurda.
Una tarde, mientras buscaba los papeles del seguro en el despacho, abrí el cajón de su escritorio. Allí, entre facturas y bolígrafos mordidos, encontré una carta. Era un sobre blanco, con mi nombre escrito en la caligrafía firme de Andrés: “Para Isabel”. Sentí un escalofrío. Dudé en abrirlo. ¿Por qué no me la había dado en vida? ¿Por qué dejarme algo así, ahora, cuando ya no podía preguntarle nada?
Me senté en el sofá, temblando, y rompí el sello. Dentro había varias hojas, escritas a mano. Empecé a leer:
“Querida Isabel,
Si estás leyendo esto, es que ya no estoy contigo. No sé cómo empezar, porque sé que lo que voy a contarte puede dolerte, pero no quiero que te vayas de este mundo sin saber la verdad. Durante años, he guardado un secreto que me ha pesado más de lo que puedes imaginar. No lo hice por cobardía, sino por miedo a perderte, a perder la familia que construimos juntos…”
Las palabras se emborronaban entre mis lágrimas. ¿Qué secreto podía ser tan grave? Seguí leyendo, cada frase era una puñalada:
“…Hace más de veinte años, cuando Lucía era pequeña, cometí un error. Una noche, después de una discusión contigo, salí de casa y acabé en un bar. Allí conocí a una mujer, Marta. Fue solo una noche, pero de esa noche nació un niño. Nunca te lo conté porque no sabía cómo hacerlo. Marta se marchó a Valencia y me pidió que no me involucrara, que era mejor así. Pero siempre he sabido de él, se llama Sergio. Le he enviado dinero todos estos años, y a veces he hablado con él por teléfono. No sé si algún día querrás conocerlo, pero creo que tienes derecho a saberlo…”
La carta seguía, pero tuve que dejarla. El corazón me latía tan fuerte que pensé que iba a desmayarme. ¿Un hijo? ¿Andrés tenía un hijo fuera de nuestro matrimonio? ¿Y yo, viviendo en la ignorancia, construyendo una vida sobre una mentira? Me sentí ridícula, traicionada, furiosa.
—¡No puede ser! —grité, lanzando la carta al suelo. Lucía, que estaba en la cocina, vino corriendo.
—¿Mamá, qué pasa? ¿Estás bien?
No supe qué decirle. ¿Cómo explicarle que su padre no era el hombre perfecto que siempre creyó? ¿Cómo decirle que tenía un hermano en Valencia? Me limité a abrazarla, llorando en silencio.
Esa noche no dormí. La rabia y la tristeza se mezclaban en mi pecho. Recordé cada discusión, cada reconciliación, cada vez que Andrés me había dicho que me amaba. ¿Era todo mentira? ¿O era posible amar y mentir al mismo tiempo?
Al día siguiente, llamé a Carmen. Necesitaba hablar con alguien que conociera a Andrés desde niño. Nos sentamos en la terraza, con el café frío entre las manos.
—Carmen, ¿tú sabías algo de esto? —le pregunté, mostrándole la carta.
Ella leyó en silencio, y cuando terminó, suspiró.
—No, Isabel. Nunca me dijo nada. Pero Andrés era muy reservado. Siempre guardaba sus problemas para sí. Quizá pensó que así te protegía.
—¿Protegerme? ¿De qué? ¿De la verdad? —respondí, con amargura.
—De hacerte daño. A veces, los hombres creen que el silencio es la mejor solución. Pero ya ves…
Los días pasaron y la carta no salía de mi cabeza. Empecé a buscar a Sergio en redes sociales. Encontré a un chico de veintidós años, con los ojos de Andrés. Dudé en escribirle. ¿Qué le diría? ¿Que era la esposa del hombre que le había dado la espalda toda su vida?
Finalmente, me armé de valor. Le mandé un mensaje: “Hola, Sergio. Me llamo Isabel. Fui la esposa de Andrés, tu padre. Me gustaría hablar contigo, si te parece bien”.
Pasaron dos días hasta que respondió. “Hola, Isabel. He esperado este mensaje toda mi vida. Cuando quieras, hablamos”.
Nos llamamos por videollamada. Sergio era educado, tímido. Me contó que su madre nunca le habló mal de Andrés, pero que siempre sintió curiosidad. Yo le hablé de Lucía, de cómo era su padre en casa, de sus manías, de su risa. Lloramos los dos. Sentí una mezcla de alivio y dolor. Al menos, ahora podía mirar a la verdad a los ojos.
Lucía no quiso hablar con Sergio al principio. Se sintió traicionada, igual que yo. Pero poco a poco, fue aceptando la idea. Un día, me dijo:
—Mamá, ¿crees que papá nos quiso de verdad?
No supe qué responder. ¿Se puede amar y mentir a la vez? ¿Se puede construir una familia sobre un secreto y aun así ser feliz?
Hoy, meses después, la casa sigue siendo silenciosa, pero ya no pesa tanto. He aprendido que la vida está llena de matices, de errores, de decisiones difíciles. No sé si algún día podré perdonar del todo a Andrés, pero sí sé que la verdad, aunque duela, es mejor que la mentira.
A veces me pregunto: ¿cuántas familias viven con secretos así, ocultos en un cajón? ¿Cuántas vidas cambiarían si nos atreviéramos a mirar de frente a la verdad? ¿Y tú, qué harías si encontraras una carta así?