La venganza de la abuela Laura en el supermercado: ¿merece la pena devolver el daño?
—¿Señora, no ve que esa caja es solo para clientes con menos de diez artículos? —me espetó el muchacho, con una voz tan alta que varias cabezas se giraron hacia mí. Sentí cómo el calor me subía por las mejillas, y por un instante, deseé que la tierra me tragara. Me llamo Laura, tengo setenta y dos años, y jamás pensé que una simple compra de pan y leche pudiera convertirse en el detonante de mi humillación pública.
Aquel día, el supermercado estaba abarrotado. Yo, con mi carrito, apenas llevaba unas cuantas cosas, pero, distraída, me coloqué en la caja rápida. El dependiente, un chico joven de unos veintipocos, con el pelo engominado y una sonrisa forzada, no tuvo reparos en señalarme delante de todos. —Si todos hicieran como usted, esto sería un caos —añadió, mientras una señora detrás de mí murmuraba algo sobre «la gente mayor y sus despistes». Sentí que me ardían los ojos, pero me tragué las lágrimas y, con la dignidad que me quedaba, recogí mis cosas y salí del supermercado.
Esa noche, mientras cenaba sola en mi pequeño piso de Lavapiés, no podía dejar de pensar en lo ocurrido. ¿Por qué me dolía tanto? Quizá porque, desde que falleció mi marido, siento que el mundo me mira como si ya no tuviera sitio en él. Mis hijos, Lucía y Andrés, viven lejos y apenas me llaman. Mis amigas, cada vez menos, se han ido marchando o están demasiado ocupadas con sus nietos. Y yo, que siempre fui una mujer fuerte, sentí que ese dependiente, ese tal Hugo —lo leí en su chapa—, me había quitado algo más que la dignidad: me había recordado lo invisible que me he vuelto.
—¿Por qué no le devuelves la jugada? —me dijo mi vecina Carmen, una mujer de mi edad, pero con el doble de carácter. —Hazle pasar vergüenza, que vea que las abuelas también sabemos defendernos. —Su consejo me hizo reír, pero también me encendió una chispa. ¿Y si tenía razón? ¿Y si podía demostrarle a Hugo que no soy una vieja tonta?
Pasé la semana siguiente tramando mi pequeña venganza. Observé a Hugo desde lejos, vi cómo trataba a otros clientes, siempre con ese aire de superioridad. Un viernes por la tarde, cuando el supermercado estaba lleno, me acerqué a la caja con una lista interminable de productos. Me aseguré de que todo el mundo viera cómo, deliberadamente, me equivocaba de caja. Cuando Hugo me vio, su expresión cambió.
—Señora, ya le dije la otra vez que esta caja es para menos de diez artículos —dijo, esta vez en voz baja, pero con los dientes apretados.
—¿Ah, sí? —respondí, fingiendo no recordar—. ¡Qué cabeza la mía! Pero, ya que estoy aquí, ¿me ayuda a contar? —Empecé a sacar los productos uno a uno, muy despacio, mientras la cola crecía y los murmullos aumentaban. —Uno, dos, tres… —iba diciendo, mirando a Hugo con una sonrisa inocente.
La gente empezó a impacientarse. Una madre con un carrito de bebé suspiraba, un hombre mayor resoplaba y una joven miraba el móvil con fastidio. Hugo, visiblemente incómodo, intentó acelerar el proceso, pero yo seguía a mi ritmo. Cuando terminé, me giré hacia la cola y dije: —Perdonen, a veces las personas mayores necesitamos un poco más de tiempo. Seguro que todos lo entenderán algún día.
Al salir, sentí una extraña satisfacción. Había conseguido que Hugo pasara un mal rato, que sintiera lo que yo sentí. Pero esa noche, mientras me preparaba una infusión, la sensación de triunfo se fue desvaneciendo. Me pregunté si realmente había conseguido algo. ¿Había cambiado algo en mí o en él? ¿O solo había añadido más amargura a mi vida?
Al día siguiente, volví al supermercado. Esta vez, Hugo no estaba en la caja. Me atendió una chica joven, sonriente, que me ayudó a meter las cosas en la bolsa. Cuando salía, vi a Hugo en la sección de frutas, reponiendo manzanas. Dudé un momento, pero me acerqué.
—Hugo, ¿puedo hablar contigo un momento? —le dije, con voz suave. Él me miró sorprendido, pero asintió.
—Quería pedirte disculpas por lo de ayer. No fue correcto por mi parte hacerte pasar un mal rato. Pero también quiero que sepas que me dolió mucho cómo me hablaste la otra vez. A veces, las palabras pesan más de lo que imaginas.
Hugo bajó la mirada. —Tiene razón, señora Laura. Yo… a veces me pongo nervioso y no pienso en cómo pueden afectar mis palabras. Lo siento de verdad.
Nos quedamos en silencio unos segundos. Luego, Hugo me sonrió, esta vez de verdad. —¿Le ayudo con la compra? —me preguntó. Y, por primera vez en mucho tiempo, sentí que alguien me veía, no como una anciana, sino como una persona.
Esa noche, mientras miraba por la ventana de mi salón, pensé en lo fácil que es devolver el daño, pero lo difícil que es romper el círculo. ¿De verdad la venganza nos hace sentir mejor? ¿O solo nos aleja más de los demás? ¿Qué haríais vosotros en mi lugar? ¿Vale la pena devolver el golpe o es mejor buscar el entendimiento?