Creí que vivir con mi prima sería divertido y barato, pero pronto me arrepentí

—¿Otra vez has comprado yogures de marca blanca, Marta? —La voz de Lucía retumbó en la cocina, mientras yo intentaba esconder la bolsa del supermercado detrás de la nevera. No era la primera vez que discutíamos por la compra, pero esa mañana, con el café aún caliente entre mis manos temblorosas, sentí que algo dentro de mí se rompía.

Hace seis meses, cuando Lucía me llamó llorando porque no podía pagar el alquiler de su piso en Vallecas, no dudé en ofrecerle mi sofá-cama. «Será divertido, como cuando éramos niñas en el pueblo», pensé. Además, compartir gastos me permitiría seguir pagando la luz, el gas y, con suerte, darme algún capricho de vez en cuando. Pero la realidad fue muy distinta.

Desde el primer día, Lucía llegó con tres maletas, una caja de zapatos y una actitud de superioridad que no recordaba de nuestra infancia. «Yo no puedo vivir sin mi secador de pelo profesional», me soltó la primera noche, mientras enchufaba todos sus aparatos en la regleta del salón. Yo, que siempre he sido de ahorrar hasta en el papel higiénico, sentí un escalofrío al ver cómo subía el contador de la luz.

Al principio, intenté ser comprensiva. «Lucía está pasando un mal momento», me repetía, mientras ella ocupaba el baño durante horas y dejaba la cocina como si hubiera pasado un tornado. Pero pronto empecé a notar que mi cuenta bancaria menguaba a un ritmo alarmante. Yo, que nunca he tenido vergüenza de buscar ofertas, de ir al mercadillo los sábados o de comprar ropa en tiendas de segunda mano, me vi discutiendo con Lucía porque ella solo quería yogures griegos de marca y pan de semillas ecológico.

—Marta, ¿no te da vergüenza llevar esa chaqueta? —me soltó un día, mirándome de arriba abajo antes de salir a tomar algo con sus amigas. Me dolió. Esa chaqueta la había encontrado en un mercadillo de Lavapiés por cinco euros y me encantaba. Pero, desde que Lucía vivía conmigo, empecé a sentirme pequeña, como si todo lo que hacía estuviera mal.

Las discusiones se volvieron diarias. «No entiendo cómo puedes vivir así, siempre contando céntimos», me decía Lucía, mientras pedía comida a domicilio tres veces por semana. Yo, que me conformaba con un plato de lentejas y un trozo de pan duro, veía cómo la basura se llenaba de envases y restos de sushi.

Una noche, después de una discusión especialmente dura por la factura del gas —Lucía había dejado la calefacción encendida todo el día porque «hacía frío»—, me encerré en mi habitación y lloré en silencio. Recordé a mi madre, que siempre me enseñó a no gastar más de lo necesario, a valorar lo poco que teníamos. «La familia es lo primero», me decía. Pero, ¿y si la familia te hace daño?

Intenté hablar con Lucía, explicarle que no podía seguir pagando todo yo sola, que necesitaba que pusiera de su parte. Pero ella se ofendió. «¿Me estás echando en cara que no tengo trabajo? ¿Que no puedo aportar más?», gritó, con los ojos llenos de lágrimas. Me sentí culpable, pero también furiosa. Yo tampoco tenía una vida fácil. Trabajaba en una tienda de ropa, haciendo turnos partidos y cobrando poco más que el salario mínimo. No podía permitirme lujos, y mucho menos mantener a otra persona.

Las cosas empeoraron cuando Lucía empezó a traer a su novio, Sergio, a casa. De repente, el salón se llenó de risas, cervezas y música hasta altas horas de la madrugada. Yo, agotada después de un día de trabajo, apenas podía dormir. Una noche, después de pedirles que bajaran la música, Lucía me gritó delante de Sergio: «¡Eres una amargada! ¡Por eso estás sola!». Sentí que el suelo se abría bajo mis pies.

Empecé a evitar mi propia casa. Me quedaba más horas en el trabajo, daba vueltas por el barrio, me refugiaba en la biblioteca. Pero siempre volvía, porque no tenía otro sitio adonde ir. Y cada vez que abría la puerta, encontraba algo nuevo: la nevera vacía, la lavadora llena de ropa ajena, el baño hecho un desastre.

Un día, al volver del trabajo, encontré a Lucía llorando en el sofá. «Me han rechazado en otra entrevista», sollozaba. Me senté a su lado, intentando consolarla, pero ya no me salían las palabras. Me sentía vacía, agotada. ¿Hasta cuándo iba a aguantar esa situación?

Finalmente, una tarde de domingo, después de una discusión por la compra —Lucía se había gastado el dinero del mes en maquillaje—, exploté. «No puedo más, Lucía. Esto no es vida. Necesito que busques otro sitio donde vivir». Ella me miró con odio, recogió sus cosas y se marchó dando un portazo. Me quedé sola, temblando, sintiéndome la peor persona del mundo.

Han pasado dos semanas desde que Lucía se fue. La casa está en silencio, la nevera vuelve a tener comida y la factura de la luz ha bajado. Pero me siento sola, culpable y triste. ¿Hice bien en anteponer mi bienestar al de mi prima? ¿O debería haber aguantado más, por eso de que la familia es lo primero?

A veces me miro al espejo y me pregunto: ¿Hasta dónde debemos sacrificarnos por los demás? ¿Dónde está el límite entre ayudar y dejarse pisotear? ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?