Mi marido y sus misteriosos fines de semana: la verdad detrás de las “jornadas de pesca”
—¿Otra vez te vas, Andrés? —le pregunté, intentando que mi voz no temblara, mientras él rebuscaba en el armario la caña de pescar y el viejo jersey de franela que tanto odiaba.
—Sí, Carmen, ya sabes… los peces pican más temprano. No me esperes despierta —respondió sin mirarme, con ese tono cansado que últimamente usaba para todo lo que tenía que ver conmigo.
La puerta se cerró con un golpe seco y el olor a gasolina del coche se mezcló con el silencio de la casa. Me quedé en la cocina, mirando la taza de café que ya no compartíamos los sábados por la mañana. Desde hacía meses, Andrés desaparecía cada fin de semana con la misma excusa: la pesca. Al principio, hasta me hizo gracia. Pensé que era una forma de evadirse del estrés del trabajo, de la rutina, de los problemas que nunca queríamos nombrar. Pero pronto empecé a notar detalles que no encajaban.
Nunca traía pescado. Ni siquiera olía a río o a campo. Una vez, para convencerme, apareció con unos filetes de merluza envueltos en papel del supermercado, diciendo que los había pescado él. Me reí, pero por dentro sentí una punzada de desconfianza. ¿Por qué mentiría sobre algo tan simple?
La sospecha se instaló en mi pecho como una piedra fría. Empecé a fijarme en todo: en cómo evitaba mi mirada, en cómo se duchaba nada más llegar, en el móvil que nunca dejaba a la vista. Pero no tenía pruebas, solo intuiciones. Hasta que una tarde, mientras regaba las plantas del balcón, la vecina del tercero, Rosario, se me acercó con ese aire de quien sabe algo importante.
—Carmen, ¿puedo hablar contigo un momento? —me dijo en voz baja, mirando a ambos lados del pasillo.
—Claro, Rosario, dime.
—No quiero meterme donde no me llaman, pero… el sábado pasado vi a Andrés en la terraza del bar El Ancla, en la carretera de la playa. No estaba solo. Estaba con una mujer. Parecían… muy cercanos.
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Rosario siguió hablando, pero yo solo oía un zumbido en los oídos. Me agradeció que no me enfadara y se marchó, dejándome sola con mi rabia y mi miedo.
Esa noche no pude dormir. Me levanté varias veces, abrí su armario, olí su ropa, busqué en los bolsillos. Encontré un recibo de una cafetería en la playa, dos entradas de cine y una servilleta con un número de teléfono escrito con letra de mujer. El corazón me latía tan fuerte que pensé que iba a desmayarme.
El domingo, cuando Andrés volvió, fingí estar dormida. Le oí dejar la bolsa en el pasillo, ducharse en silencio y meterse en la cama sin rozarme. Me quedé quieta, conteniendo las lágrimas, preguntándome en qué momento se había roto todo.
Durante la semana, intenté actuar con normalidad. Preparé la cena, le pregunté por el trabajo, le conté cosas de los niños. Él respondía con monosílabos, cada vez más distante. El viernes por la noche, mientras cenábamos, no aguanté más.
—Andrés, ¿me quieres? —pregunté de repente, mirándole a los ojos.
Él se quedó helado, con el tenedor en el aire. Tardó unos segundos en responder.
—Claro que sí, Carmen. ¿Por qué preguntas eso?
—Porque siento que ya no estás aquí. Que te has ido, aunque sigas durmiendo a mi lado.
No dijo nada. Bajó la mirada y siguió comiendo. Yo me levanté de la mesa y me encerré en el baño, donde por fin pude llorar en silencio.
El sábado siguiente, volvió a desaparecer. Esta vez, decidí seguirle. Esperé a que saliera, cogí el coche y le seguí a distancia. Le vi aparcar cerca de la playa, caminar hasta una cafetería y sentarse en una mesa junto a la ventana. Al poco rato, llegó una mujer. Morena, elegante, unos años más joven que yo. Se abrazaron. Se besaron. Sentí que me rompía por dentro.
No sé cuánto tiempo estuve allí, mirando desde el coche, temblando de rabia y de tristeza. Cuando por fin me atreví a volver a casa, supe que nada volvería a ser igual. Esa noche, cuando Andrés regresó, le esperé en el salón.
—¿Has pescado algo? —le pregunté, con la voz rota.
Él me miró, sorprendido. Supo que lo sabía. No intentó negarlo. Se sentó frente a mí, con la cabeza entre las manos.
—Lo siento, Carmen. No quería hacerte daño. No sé cómo hemos llegado a esto.
—¿Quién es ella? —pregunté, aunque ya conocía la respuesta.
—Se llama Lucía. La conocí en el trabajo. Al principio solo hablábamos… pero luego…
No pude escuchar más. Me levanté, salí al balcón y respiré hondo. El aire frío de la noche me despejó las ideas. Sabía que tenía que tomar una decisión, pero no estaba preparada. No quería perderle, pero tampoco podía vivir con la mentira.
Esa noche dormimos en habitaciones separadas. Los niños no entendían nada. Yo solo pensaba en cómo reconstruir mi vida, en cómo explicarles que a veces el amor no es suficiente.
Hoy, mientras escribo esto, me pregunto: ¿En qué momento dejamos de hablarnos? ¿Cuándo dejamos de ser nosotros para convertirnos en dos extraños bajo el mismo techo? ¿Merece la pena luchar por alguien que ya no quiere quedarse?