Lo que nunca fui para mi madre: una vida bajo la sombra de la perfección
—¿Por qué has sacado solo un ocho, Carmen? ¿Y Lucía? Ella siempre saca diez —la voz de mi madre, dura y cortante, atravesó el aire de la cocina igual que el cuchillo sobre la tabla de cortar. Apreté el boletín contra mi pecho, deseando ser invisible, justo como muchas veces había deseado simplemente desaparecer.
Nunca supe con exactitud cuándo comenzó la costumbre de compararme con Lucía, la hija de los vecinos de enfrente. A Lucía la adoraban por su voz dulce, su pelo liso, sus notas perfectas. Yo, con mi pelo rizado y mi voz a veces demasiado fuerte, crecí aprendiendo que la perfección tenía la cara de alguien más, y que mi propio reflejo no bastaba para llenar esa imagen que mi madre necesitaba.
Mis días en el instituto eran una sucesión de pruebas: matemáticas, amigas, el grupo de teatro. Siempre sentía que jugaba un partido que ya estaba perdido desde el primer minuto, como si mis logros perdieran valor frente a ese estándar imaginario que guiaba la mirada de mi madre y, sin querer, también la mía. A los quince años, empecé a despertar antes del amanecer solo para repasar los apuntes una vez más, esperando que el esfuerzo frenético pudiera, por fin, hacerme suficiente. Pero las palabras de mi madre siempre estaban ahí, tan presentes que a veces parecía oírlas incluso cuando me miraba al espejo:
—No basta con esforzarse, Carmen. El mundo no premia a los que se conforman. Mírate, podrías ser como Lucía si te lo propusieras de verdad.
La tarde en que mi padre decidió marcharse, todo pareció caerse a trozos. Él siempre fue mi refugio, el único que parecía verme de verdad cuando conseguía sacar un notable en ciencias o cuando mi obra de teatro terminaba en aplausos, aunque fueran tibios. «No dejes que nadie te diga que no eres suficiente, Carmen», me susurró al despedirse. Y fui suficiente para él… pero a veces me preguntaba si por eso se marchó, si fue por no soportar más la casa donde siempre se era demasiado poco.
—¿Por qué sonríes tanto, Carmen? Parece que no te enteras de nada. No deberías perder el tiempo en el teatro —decía mi madre, mientras removía el puré en la olla. Yo quería gritarle que, en el escenario, al menos sentía que alguien me miraba de verdad. Allí las miradas no pesaban, no juzgaban, solo existían, cálidas y fugaces. Pero nunca dije nada, porque el miedo a su desaprobación era más fuerte que cualquier deseo de sinceridad.
Así, los años se fueron empapando del miedo a ser invisible. De la costumbre de buscar la aprobación de otros, de esforzarme hasta caer rendida sólo por una mirada de orgullo que rara vez llegaba. A veces, por las noches, me preguntaba si Lucía sentía lo mismo; si la perfección no era, en realidad, una cárcel tan cruel como la insuficiencia. Pero en los recreos la veía rodeada de amigas, sus notas colgadas en el tablón, y la envidia me masticaba el estómago como un animal salvaje.
Pasado el instituto, en la universidad de Granada, creí que las cosas cambiarían. Que al mudarme lejos de casa, podría al fin construir una nueva identidad, lejos de esa lucha interminable. Pero la voz de mi madre parecía colarse en mis exámenes, en mi decisión de elegir Filosofía en vez de Derecho, en las nuevas amistades que no se parecían a Lucía ni a nadie de la vecindad. «Has elegido una carrera para mediocres», me espetó por teléfono. Durante meses, no fui capaz de decirle que aprobaba todo, que mi profesor me animaba a publicar ensayos, que mi tutor decía que tenía talento. No servía de nada si no era lo que ella habría elegido.
Con el tiempo, la búsqueda de aceptación me llevó a lugares oscuros: hablaba sólo lo justo para no llamar la atención, desmontaba mis logros antes de que otros pudieran atacarlos, y me comparaba con compañeras que parecían tenerlo todo tan fácil. «Nunca vas a ser suficiente», me repetía cada vez que fallaba, sin ni siquiera recordar si era mi voz o la de mi madre la que hablaba.
Fue mi amiga Marta la primera en verlo. Una tarde de noviembre me pilló llorando a escondidas en un banco de la facultad. “¿Por qué crees que te miramos esperando algo perfecto, Carmen? Aquí nadie quiere una Lucía, te queremos a ti”, me dijo, con la sinceridad simple que sólo tienen las personas que han aceptado sus propios defectos. Su voz me hizo pensar que quizás el problema no era yo, sino la visión distorsionada del espejo donde tantos años había aprendido a mirarme.
Regresé a casa en Navidad, temblando de miedo ante lo que pudiera decir mi madre al verme. Fue igual de fría, igual de rigurosa. Pero algo en mí había cambiado. Cuando me preguntó, con esa sequedad herida en la voz, “¿Vas a rendirte también en la universidad, Carmen?”, fui capaz de devolverle la mirada. “No, mamá. Esta vez no. Y no, mamá, no soy Lucía, ni quiero serlo. Soy yo y voy a ser suficiente, aunque aquí nunca lo haya sido”.
No hubo respuesta. Solo aquel silencio grueso, la cuchara quieta sobre la mesa, y sus ojos llenos de un resentimiento tan puro que, por primera vez, sentí lástima por ella. Porque su mundo sólo premiaba a quienes ocultaban sus heridas y lucían una perfección imposible. Esa noche supe que la aceptación que tanto buscaba no estaba afuera, ni en Lucía, ni en los boletines de notas, ni siquiera en mi madre. Algo dentro de mí se aflojó, como el nudo de una cuerda vieja que por fin se rompe.
Aún hoy me da miedo no ser suficiente. Hay días en los que la comparación me devora, en los que el miedo a la invisibilidad se asoma otra vez por la ventana. Pero, a veces, debajo de ese miedo crece una fuerza nueva. Una voz que me dice que la perfección es una sombra ajena y que hoy, por fin, me elijo a mí.
Me pregunto, ¿quién decide cuándo somos suficientes? ¿Hasta cuándo permitiremos que nos midan con reglas que no inventamos nosotros?