Mi vecino me negó su barbacoa y yo le guardé rencor… hasta la noche en que la encontré destrozada en el portal
Todavía me da vergüenza reconocer lo mucho que llegué a odiar a Julián por una barbacoa.
Suena ridículo, ya lo sé. Pero en mi cabeza no era solo una barbacoa. Era el desprecio, el gesto seco, la forma en que me miró aquella tarde en el rellano, con las llaves en la mano, como si yo fuera un caradura.
Yo había organizado una comida en casa de mi hermana, en Móstoles. Venía toda la familia. Mi cuñado llevaba semanas en paro, mi madre no levantaba cabeza desde que murió mi padre y, no sé, me empeñé en hacer algo bonito. Algo normal. Un domingo de esos con humo, chorizo, niños corriendo y mi madre diciendo que no comiéramos tan deprisa.
Pero la barbacoa que pensaba usar se me rompió el día antes.
Vi la de Julián en el trastero comunitario semanas atrás, impecable, con funda y todo. Le pregunté con educación.
—Oye, Julián, te quería pedir un favor… si no la vas a usar este finde, ¿me prestarías la barbacoa?
Ni se lo pensó.
—No.
Así. Seco.
Me quedé esperando una explicación. Algo.
—Bueno… te la devuelvo limpia, claro.
—He dicho que no, David.
Y se metió en su casa.
Aquello me sentó fatal. Fatal de una forma infantil, sí, pero real. Empecé a verle en todo. Si dejaba la puerta del portal abierta dos segundos, me parecía un chulo. Si no saludaba, un amargado. Si saludaba poco, peor. En la comunidad ya tenía fama de raro. Separado, sin hijos, siempre solo. Yo me agarré a eso para justificar mi rabia.
Mi mujer, Rocío, me decía:
—A lo mejor le pasa algo, no te montes películas.
—Sí, hombre. Lo que le pasa es que es un agarrado.
Y ahí me quedé. Meses.
Nos cruzábamos y apenas un “buenas”. De esos que en realidad quieren decir otra cosa.
La noche que cambió todo yo había bajado al portal porque oí un golpe fuerte. Vivimos en un bloque antiguo de Alcorcón, de esos donde cualquier ruido retumba como si se cayera media finca. Pensé que algún chaval habría tirado algo.
Cuando abrí la puerta del portal vi a dos críos salir corriendo. No les vi bien la cara. Solo las sudaderas oscuras y las zapatillas golpeando el suelo mojado.
Y allí estaba la barbacoa de Julián.
En el suelo.
Con una pata doblada, la tapa abollada y una rueda arrancada. La habían intentado sacar, supongo, y al forcejear con el escalón la destrozaron.
Me quedé quieto. Lo primero que pensé, y me siento miserable por esto, fue: “Mira. Pues ya está”. Como si el universo le hubiera cobrado algo.
Pero me duró dos segundos.
Porque Julián bajó detrás de mí, en bata, respirando agitado, y al verla se le cambió la cara de una manera que no se me olvida.
No era enfado.
Era dolor.
Se agachó despacio, tocó la tapa hundida con la punta de los dedos y tragó saliva.
—Joder… no…
No me miró. Ni siquiera parecía acordarse de que yo estaba allí.
—¿La han intentado robar? —pregunté.
No contestó al momento. Seguía mirando la barbacoa como si fuera un animal herido.
—Era de mi hermano —dijo al final, muy bajo.
Ahí me callé.
No sabía que tenía un hermano. Bueno, sí, supongo que lo tendría, como todo el mundo, pero nunca lo había oído mencionar.
—La compramos juntos hace años. Para una parcela que tenían mis padres en Toledo.
Tenían.
Esa palabra se me quedó ahí.
—Desde que murió… no sé. La guardé.
Me salió solo.
—Espera. No la toques más. Subo a por herramientas.
Julián levantó la vista, confundido.
—No hace falta.
—Sí hace falta.
Subí a casa, cogí una caja con llaves, alicates y cinta metálica. Rocío me miró desde la cocina.
—¿Qué pasa?
—La barbacoa de Julián. Está hecha polvo.
—¿Y vas a ayudarle?
La verdad es que ni lo pensé.
—Sí.
Bajé y nos sentamos los dos en el suelo del portal, como a las once y pico de la noche, con el frío subiéndose por las piernas. Enderezamos la pata entre los dos. Yo sujetaba, él apretaba. Luego al revés. La rueda no hubo manera y al final improvisamos un apaño medio decente.
Trabajábamos en silencio, pero no era un silencio incómodo. Era… cansado. Humano.
En un momento dado Julián dijo:
—No te la quise prestar porque la última vez que la saqué fue con él.
Seguí apretando un tornillo que no entraba bien.
—Pensé que si la prestaba y pasaba algo, me daba algo a mí también.
Me quedé quieto.
—Podías haberme dicho eso.
Se encogió de hombros.
—No sé hablar mucho con la gente.
Luego se rió, pero mal, de esas risas que tapan otra cosa.
—La verdad es que no hablo con casi nadie.
Entonces sí le miré. Tenía los ojos brillantes, pero no lloraba. Casi peor.
Me contó, a trompicones, que su hermano murió de un infarto con cincuenta y pocos. Que desde entonces evitaba reuniones, domingos, comidas familiares de otros. Que oír risas de terraza le removía. Que llevaba años haciendo como que estaba bien porque nadie quiere sentarse al lado del triste del bloque.
Yo no sabía dónde meterme.
Pensé en todas las veces que le llamé amargado en casa. En las miradas. En mi soberbia de creer que la gente te debe explicaciones.
—Lo siento, Julián.
Él negó con la cabeza.
—No, perdona tú. Fui un borde.
Y ahí, con las manos negras de grasa y el portal oliendo a humedad, nos dimos la mano como dos críos torpes.
No arreglamos la barbacoa del todo aquella noche, pero la subimos entre los dos al trastero. La semana siguiente fui con él a comprar una rueda nueva y una pintura anticalórica. Luego un sábado me invitó a su terraza y encendimos esa barbacoa por primera vez en años.
No vino mi familia. No hizo falta. Estábamos Julián, Rocío y yo, comiendo panceta demasiado hecha y hablando de tonterías. Y de cosas serias también.
Ahora, cuando baja a por el pan, me toca al timbre a veces.
—David, he comprado sardinas. Si quieres, luego subes.
Y yo subo.
Qué fácil es juzgar desde fuera. Qué poco sabemos del dolor que guarda cada uno detrás de una puerta.
¿Vosotros habríais dado el paso después de tanta tensión? ¿O hay gestos que todavía pueden salvar una relación cuando ya parecía rota?