La casa de la playa que dejó su abuela acabó enfrentando a dos hermanos por una decisión imposible
La primera vez que fui a la casa de la playa después de que muriera mi abuela, no pude abrir las contraventanas del salón.
Estaban atascadas por la humedad, como todos los años, pero ella siempre tenía una forma de hacerlo: levantaba un poco por abajo, daba dos golpes secos con la palma y decía que las casas también se enfadaban si las dejabas solas demasiado tiempo.
Me quedé allí haciendo fuerza, sola, con el olor a cerrado y las sábanas cubriendo los sofás. Al final entró algo de luz. Y me eché a llorar por una cosa tan tonta que me dio hasta vergüenza.
La casa estaba en la costa de Castellón, en un pueblo que en invierno parece casi vacío y en agosto no se puede ni aparcar. No era una casa grande ni especialmente bonita. Dos plantas, un patio con baldosas viejas, tres habitaciones pequeñas y una ducha exterior que mi abuela usaba para quitarnos la arena antes de dejarnos entrar.
Para mí era el sitio donde mi hermano Dani y yo habíamos sido niños. Mi padre murió cuando yo tenía diecisiete años, y mi abuela fue quien sostuvo muchas cosas sin decir que las estaba sosteniendo. Nos daba de comer, nos dejaba dinero “para el autobús” aunque ya tuviéramos carné, y en verano nos juntaba allí a todos aunque nos lleváramos regular.
Cuando ella falleció, con noventa y dos años, la casa quedó a nombre de Dani y mío, por partes iguales. Era lo que ponía en el testamento. En teoría era sencillo.
En la práctica, no.
Dani me llamó unas tres semanas después del funeral. Yo estaba trabajando desde casa, en una gestoría de Valencia, y recuerdo que tenía abierto un Excel con unas nóminas. Me dijo que él y Lorena querían hablar conmigo y con Álvaro, mi marido.
Dani hablaba raro. Demasiado tranquilo. Ya sabía que no era para decidir qué hacer con los muebles.
Vinieron a cenar un jueves. Lorena trajo una tortilla ya hecha del Mercadona y una botella de vino. Durante casi una hora hablaron de cualquier cosa: del niño, de una compañera de trabajo de ella, de que la hipoteca estaba imposible. Yo notaba que Álvaro también estaba incómodo, moviendo el tenedor de un lado a otro.
Al final Dani dijo que habían pedido una tasación orientativa de la casa.
—¿Una tasación? —le pregunté.
—Por saber. No hemos hecho nada.
Lorena se adelantó.
—Es que ahora mismo se vende muy bien por allí. Y mantenerla también cuesta dinero, Lucía.
No dijo “queremos venderla” hasta unos minutos después, pero ya estaba dicho desde el principio.
Yo no respondí enseguida. Me quedé mirando la tortilla, que estaba cortada en trozos demasiado perfectos. Me pregunté si de verdad estaba siendo egoísta por pensar primero en la casa y no en ellos.
Porque ellos tenían problemas. No eran inventados. Dani había entrado como avalista en un préstamo de un amigo para montar un pequeño negocio de reparto, y el amigo dejó de pagar. Además, Lorena había acumulado créditos de esos rápidos, primero para arreglar el coche, luego para cubrir una cuota, luego para otra cosa. No lo explicaron todo aquella noche, pero lo fuimos sabiendo a trozos.
No me alegré, ni pensé que se lo merecieran. Dani era mi hermano. Me dolía verlo así. Pero tampoco entendía por qué la única solución tenía que ser vender lo único que mi abuela había dejado sin deudas y sin discusiones.
—Podemos alquilarla algunos meses —dije—. O usarla y pagar los gastos entre los dos.
Lorena soltó una risa pequeña, de esas que no son exactamente una risa.
—¿Y con eso qué hacemos, Lucía? ¿Esperar años a sacar cuatro duros en verano?
Dani me miró como pidiéndome que no lo complicara.
—Necesitamos liquidez ya.
Álvaro no intervino. Luego, cuando se fueron, le pregunté qué pensaba. Me dijo que entendía a Dani, que no teníamos derecho a hacer como si no pasara nada.
Eso me sentó fatal. Le dije que no estaba haciendo como si no pasara nada, que simplemente no quería regalar la casa para tapar una mala racha. Discutimos bastante. Él acabó durmiendo en el sofá, no por una decisión solemne, sino porque eran casi las dos, estábamos agotados y ninguno quería seguir oyendo al otro respirar con rabia.
Durante los dos meses siguientes hablamos de la casa más que de cualquier otra cosa. La tasaron formalmente. Salió por más dinero del que yo esperaba, aunque no era ninguna fortuna. Lo suficiente para que Dani y Lorena pudieran quitarse de encima casi todos los préstamos y respirar.
Y lo suficiente para que Álvaro y yo no pudiéramos comprarles su parte sin hacer números muy serios.
Teníamos algunos ahorros. Estábamos pagando nuestro piso, un tercero sin ascensor en Mislata que compramos justo antes de que subieran los tipos. No nos sobraba nada. Pero yo empecé a mirar préstamos, a hablar con el banco, a calcular lo que podíamos recortar. Dejamos de salir a cenar, cancelamos las vacaciones que teníamos pensadas en Asturias y vendimos mi coche, que era viejo pero estaba pagado.
Sé que suena absurdo hacer todo eso por una casa que ni siquiera era nuestra vivienda habitual. Muchas veces pensé que Dani tenía razón y que yo estaba confundiendo el duelo con una escritura.
Pero no podía firmar la venta.
No podía imaginar un cartel de SE VENDE en aquella verja azul. Ni a unos desconocidos quitando las fotos de mi abuela, aunque las fotos nos las lleváramos antes. Me daba una angustia física, como si estuviera traicionándola.
La conversación definitiva fue en una cafetería cerca de la notaría. Dani ya llevaba semanas más seco conmigo. Lorena ni me miraba apenas. Les dijimos que queríamos comprarles su mitad.
Dani preguntó de dónde íbamos a sacar el dinero. Álvaro le explicó lo del préstamo con una calma que yo no tenía. Dani se quedó en silencio. Yo pensé que se iba a enfadar, pero lo que hizo fue decir:
—O sea, vosotros os quedáis la casa y nosotros quedamos como los que la vendimos.
—No es eso —le dije.
—Pues lo parece.
Lorena entonces dijo algo que todavía me cuesta olvidar:
—Claro, tú siempre has sido la de los recuerdos. Los demás tenemos que vivir en el presente.
No contesté bien. Le dije que el presente de ellos no podía pagarse con todo lo que había sido importante para nosotros. En cuanto lo dije, supe que era cruel. Como si sus deudas fueran una frivolidad. Como si no estuvieran asustados.
Firmamos un mes después. El banco tardó una eternidad y hubo días en que pensé que no nos concederían nada. Nos lo concedieron, pero con una cuota que todavía ahora nos aprieta. Álvaro aceptó hacer más guardias en su trabajo, y yo cogí clientes por mi cuenta algunos sábados para llevar contabilidades pequeñas. Hemos aprendido a mirar cada recibo antes de gastar treinta euros en cualquier tontería.
Dani y Lorena cobraron su parte. Sé que pagaron lo más urgente y que pudieron cancelar bastante deuda. Me debería tranquilizar, pero desde entonces casi no nos vemos.
En Navidad vinieron a casa de mi madre. Dani fue correcto, incluso me dio dos besos, pero hablamos del tiempo y del niño. Nada más. Cuando mi madre mencionó la casa, él se levantó a ayudar a recoger los platos.
La última vez que fui a la playa, en febrero, encontré una caja de herramientas de Dani en el trastero. Llevaba allí desde hacía años. Se la guardé en el maletero para devolvérsela, pero sigue ahí.
No es que no tenga su dirección. Es que todavía no sé si llamarlo para decirle que tengo su caja o si, en el fondo, estoy esperando que haya otra cosa que decir antes.