Cinco años sosteniéndonos solos: ¿Hasta cuándo se aguanta por amor?
—Mamá, ¿puedes comprarme la camiseta del Atlético? Prometiste que si aprobaba matemáticas…—La voz de Mateo retumba en el salón como una promesa rota y un dardo clavado en el corazón. La promesa la hice yo, claro, porque Diego, su padre, ni recuerda a qué equipo sigue Mateito.
A veces me pregunto qué se siente levantarse sabiendo que todo lo que llevas encima —la hipoteca, la compra, la luz, los libros del colegio— lo cargas tú sola, mientras alguien se aprovecha de tu cansancio y tu generosidad. Porque así llevo cinco años: saliendo a las seis de la mañana de mi piso en Vallecas para llegar al hospital al alba, haciendo jornadas extra para que no falte de nada, aguantando la mirada cansada de mi madre cuando viene a echarme un cable. Diego, por su parte, siempre tiene una excusa: “Ahora no hay trabajo de lo mío”, “Me han timado con la última oportunidad”, “Estoy esperando la llamada del colega de la obra”. Y entre espera y espera, ahí sigue: en el sofá, o saliendo a fumar al balcón, mirando la vida pasar como si no fuera suya.
—Diego, ¿me puedes ayudar a repasar los deberes de Mateo? Tengo doble turno y llego tardísimo—le pregunté anoche, el cansancio metido hasta los huesos.
Él ni levantó la vista del móvil. —Yo de mates no sé, Ana. Dile que espere mañana, o que te ayude tu madre.
Sentí la rabia subir por dentro como lava en un volcán. Cerré los ojos y conté hasta diez. “Lo hago por Mateo”, me repetí, como tantas otras noches. Pero cada día es más difícil no estallar.
Recuerdo cuando le conocí, en una verbena de San Isidro. Tenía chispa, era imaginativo, de esos que te sacan una sonrisa hasta en el peor atasco de la M-30. Pero los años han ido transformando esa chispa en humo, en palabras huecas. Cuando me quedé embarazada, creímos que eso nos daría un sentido, que le pondría los pies en la tierra. Pero ni el nacimiento de nuestro hijo sirvió para que Diego cogiera el rumbo. Siempre fueron otros los culpables, nunca él. Y, claro, soy yo quien paga los uniformes, las extraescolares y hasta las reparaciones del coche que él dice que va a vender desde hace tres años.
No es que no haya hablado con él. De hecho, cada mes, con la llegada de la nómina, surge la misma discusión:
—Diego, ¿vas a poner este mes para la comida o la luz? Ya sabes que no puedo sola.
—Tranquila, Ana, que estoy pendiente de un pago de un colega. La semana que viene fijo que me sale algo.
Los años pasan y la deuda se hace más grande, pero no solo la del banco: la del corazón, la del tiempo robado a mis sueños, a mis propias necesidades. No recuerdo la última vez que salí a cenar sin preocuparme de cuánto me quedaría en la cuenta.
Mi hermana Lucía, siempre tan impaciente, lo ve claro:
—Te estás quemando viva, Ana. ¿Cuándo vas a abrir los ojos? Mateo necesita una madre feliz, no una mártir. Y Diego… Diego no va a cambiar si le sigues salvando la vida cada día.
Yo la comprendo, pero la culpa es esa lata de Coca-Cola que nadie tira, que se va oxidando en la esquina de la cocina. Me pesa pensar en cómo sería el vacío si Diego se fuera; cómo Mateo, tan leal, me preguntaría mil veces por qué su padre ya no vive en casa. Aun así, hoy mi paciencia ha estallado.
Esta tarde, al volver del trabajo, el recibo de la luz pegado en la puerta me ha hecho temblar: otro aviso de corte. No pude evitarlo; entré con fuerza al salón y solté:
—¡¿Hasta cuándo, Diego?! ¿Tienes idea de todo lo que estamos aguantando Mateo y yo por tu culpa?
Él me miró, ofendido, como si la que tuviera que justificarse fuera yo.
—¿Y ahora qué te pasa? Estás siempre igual, Ana. Encima que llevo un año fatal…
—¡Todos vamos fatales! Pero uno busca salidas, tú te has rendido. ¿Qué ejemplo le das a tu hijo? ¿Sabes lo que duele ver que ni te molestas en mirar una oferta de trabajo? ¿Sabes la de veces que he postergado mi propia vida por ti? ¡Ya está bien!
Por fin soltaba lo que llevaba años callando, y la rabia se convirtió en lágrimas, mezcladas con vergüenza y alivio.
Diego no dijo nada más. Salió por la puerta mientras Mateo, que había escuchado todo, se abrazó fuerte a mi cintura.
—¿Mamá, vamos a estar bien?
Le aparté un rizo de la frente y recé por tener la respuesta correcta. Durante la noche no pegué ojo. Daba vueltas en la cama preguntándome si no sería mejor cortar por lo sano, aunque doliera, aunque mi hijo tuviera que aprender que a veces hay que protegerse, incluso de quienes más amas.
Ahora escribo esto mientras escucho a Mateo reírse viendo dibujos, y repaso una y otra vez si merece la pena sacrificar mi paz por la promesa de que Diego cambie. ¿Qué hago, España? ¿Alguien ha sentido la soledad de sostenerlo todo sin ayuda? ¿Vale la pena seguir esperando a que quien amas decida crecer?