Mi hermana y mi pareja me hicieron elegir, y todavía no sé si perdí a una de ellas o me perdí a mí mismo

Tengo 48 años y, hasta hace unos meses, me habría reído si alguien me hubiera dicho que podía acabar distanciado de mi hermana por culpa de una relación de pareja.

No porque mi hermana, Marta, y yo seamos especialmente cariñosos. Nunca hemos sido de abrazarnos ni de llamarnos todos los días. Pero llevamos toda la vida ahí. Ella es dos años menor que yo y, desde que murieron nuestros padres, nos quedó esa cosa un poco rara de ser familia cercana sin tener una familia enorme alrededor.

Yo me divorcié hace siete años. No tuve hijos. Mi exmujer se fue a vivir a Valencia con otra persona y al principio me costó bastante levantar cabeza, aunque ahora nos saludamos por Navidad y poco más. Marta fue quien me obligaba a salir de casa. Literalmente aparecía con una bolsa de croquetas o con entradas para el cine y decía que no pensaba escucharme otra vez hablar de lo mismo.

Luego conocí a Laura.

Laura tiene 45, trabaja en una clínica dental y es una persona muy directa. A veces eso me gustaba porque yo soy justo lo contrario: me callo, intento que no haya mal ambiente, digo que sí antes de pensar si quiero decir que no. Con Laura empecé a hacer planes que me parecían normales, pero que para mí eran nuevos. Irnos un fin de semana sin mirar el precio de cada café. Hablar de reformar mi piso. Mirar pueblos para pasar temporadas cuando nos jubilemos, aunque sé que queda bastante.

Marta al principio se alegró. O eso pensé.

La primera vez que noté algo fue en mi cumpleaños. Habíamos quedado a cenar los tres en un sitio de Lavapiés. Marta llegó veinte minutos tarde, como casi siempre, y se sentó diciendo que tenía un día de perros. Laura le preguntó qué tal estaba y Marta contestó: “Pues peor que vosotros, que vivís en una nube”.

Fue una frase tonta. Laura se quedó seria un segundo y luego siguió hablando de otra cosa. Yo hice lo que suelo hacer: nada.

Después hubo más momentos. Marta llamaba los domingos y, si yo estaba con Laura, decía algo como “ya veo que ahora tienes secretaria para gestionar tu vida”. Si íbamos a comer a su casa, soltaba pullas sobre que yo antes ayudaba más con mi sobrino, que ahora parecía que tenía “agenda de señor importante”. Laura no respondía casi nunca. Me lo decía luego en casa.

—Tu hermana no tiene que quererme, Dani. Pero no puede tratarme como si hubiera venido a quitarte de su vida.

Yo le contestaba que Marta estaba pasando una mala racha. Se había separado hacía poco de su marido, tenía problemas con el niño adolescente y el trabajo le iba fatal. Todo eso era verdad. Pero también era verdad que yo usaba sus problemas para no mirar los míos.

La discusión grande llegó por una tontería muy española: una comida de domingo que se alargó demasiado.

Marta había hecho paella en casa. Estábamos ella, mi sobrino, Laura y yo. Mi sobrino se encerró en su habitación después de comer y Marta abrió una botella de vino que no hacía falta. Empezó a hablar de cuando yo vivía solo, de que entonces sí que iba a verla sin que tuviera que “pedir cita previa”.

Laura le dijo, bastante tranquila, que no era justo plantearlo así.

Marta se rio. Pero de esa manera que no tiene gracia.

—Claro, mujer. Perdona. Es que antes mi hermano tenía tiempo para la gente que le ha aguantado de verdad.

Yo recuerdo que me quedé mirando el plato. Había arroz pegado en el borde y una gamba entera que nadie se había comido. Es absurdo, pero me acuerdo de eso más que de muchas cosas que se dijeron después.

Laura se levantó, fue al pasillo a coger su abrigo y me dijo que se iba andando a casa. Marta dijo que era una exagerada. Yo fui detrás de Laura, pero no la acompañé. Me quedé en la puerta de casa de mi hermana intentando convencerla de que entrara otra vez, de que Marta no quería decir eso exactamente.

Laura me miró como si yo fuera alguien que acababa de conocer.

—No hace falta que elijas ahora —me dijo—. Pero deja de pedirme que aguante cosas para que tú no pases un mal rato.

Se fue.

Marta, desde dentro, me llamó para preguntarme si iba a volver. Y volví. Eso es lo que más me pesa.

No porque crea que fuera una tragedia irreparable en ese momento, sino porque elegí lo cómodo. Entré, recogimos la mesa y ella me dijo que Laura era demasiado susceptible. Yo asentí. Incluso solté algo horrible: que a veces Laura se tomaba las cosas demasiado a pecho.

No sé por qué lo dije. Bueno, sí lo sé. Porque era más fácil darle la razón a Marta que admitir que mi hermana estaba siendo cruel y que yo llevaba meses permitiéndolo.

Laura no me dejó. Pero durante casi tres semanas estuvo distinta. Venía a casa, cenábamos, veía series conmigo, pero había como una pared. Un martes me dijo que no quería ir más a casa de Marta ni verla en reuniones familiares. Y añadió que, si yo quería seguir viendo a mi hermana, era asunto mío, pero que no iba a construir una relación donde tuviera que sentirse tolerada en vez de bienvenida.

Yo le dije que me estaba poniendo entre la espada y la pared.

Ella se enfadó muchísimo.

—No, Dani. Llevo meses intentando que no tengas que elegir. La que me está obligando a desaparecer es Marta. Y tú estás dejando que lo haga porque te da miedo quedarte solo con una de las dos.

No dormí casi nada aquella noche. Me molestó que tuviera razón. Me molestó aún más pensar que, si Laura se iba, volvería a tener a Marta. Y si Marta se enfadaba conmigo, tendría a Laura. Me di cuenta de que estaba tratando a las dos como si fueran una red de seguridad, no como personas que también podían cansarse de mí.

Hablé con Marta una semana después. Quedamos en una cafetería cerca de su trabajo. Fue incómodo desde el principio. Ella venía preparada para discutir y yo venía preparado para que ella llorara o me echara algo en cara, que tampoco es muy sano.

Le dije que no iba a aceptar más comentarios sobre Laura. Que no le estaba pidiendo que fueran amigas, ni que fingiera que todo le parecía bien, pero que no podía seguir haciendo bromas para humillarla.

Marta se quedó callada. Luego dijo que Laura me había cambiado.

Le contesté que quizá me había cambiado, sí. Que quizá antes estaba demasiado disponible para todo el mundo porque no sabía estar solo. Y que eso no significaba que Marta dejara de importarme.

Ella se puso a llorar en silencio. Me dijo que desde que se separó sentía que todos tenían una vida montada menos ella. Que yo era el único que siempre cogía el teléfono. Me dio mucha pena, de verdad. Pero también pensé en Laura caminando sola aquella tarde mientras yo volvía a sentarme a una mesa donde la habían hecho sentir fuera.

Marta no pidió perdón. Dijo que no iba a “arrastrarse” delante de Laura. Yo tampoco insistí, porque ya la conozco y porque, sinceramente, no sabía si una disculpa forzada arreglaría algo.

Desde entonces veo a Marta menos. Hablamos, pero no como antes. A veces me manda fotos de mi sobrino o me pregunta si he visto tal programa. Otras veces pasan diez días sin decirnos nada.

Laura sigue conmigo. No ha vuelto a sacar el tema cada semana, ni me prohíbe ver a mi hermana. Pero cuando le digo que voy a comer con Marta, noto que se queda un poco más callada. Y yo también.

El domingo pasado Marta me escribió para preguntarme si íbamos a ir a cenar en Nochebuena a su casa, como todos los años. Tardé casi una hora en responder. Al final le dije que todavía no lo sabía, que Laura y yo lo hablaríamos.

Luego dejé el móvil boca abajo en la mesa de la cocina y me puse a lavar dos tazas que ya estaban limpias.