Su pareja no le pidió que dejara de hablar con su amiga de toda la vida… pero cada gesto acabó pesando demasiado

La primera noche en el piso nuevo cenamos tortilla de patatas directamente de la sartén, sentados en el suelo porque la mesa llegaba el lunes. Clara había puesto una guirnalda de luces en el salón, de esas cálidas y un poco ridículas que luego terminan guardadas en un cajón. Estaba contenta. Se le notaba en la forma de hablar deprisa, de decidir dónde irían los cuadros que todavía no teníamos.

A mí también me hacía ilusión. Tenía treinta y cuatro años, llevaba media vida compartiendo piso o volviendo a casa de mis padres cuando las cosas se complicaban, y por primera vez sentía que estaba haciendo algo adulto de verdad. Un contrato de alquiler a medias, una cuenta común para recibos, la cafetera que Clara insistió en comprar aunque yo decía que con la italiana de toda la vida bastaba.

A las once y pico me vibró el móvil.

Era Lucía.

«¿Habéis sobrevivido a la mudanza o estás sepultado bajo tus propias camisetas?». Venía con una foto vieja de nosotros dos, con diecinueve años, en un camping de Zahora. Yo salía horrible, con una camiseta de Ska-P y una quemadura en la nariz.

Me reí. Clara me preguntó qué era y se lo enseñé sin pensar. Ella sonrió, pero de una manera rara, como si hubiera entendido el chiste y no le hiciera gracia.

Lucía y yo nos conocemos desde primero de carrera. Nunca fuimos pareja. Ni un beso, ni aquella tensión ambigua que luego uno maquilla como amistad. Éramos amigos de verdad, o eso pensaba yo. Habíamos pasado rupturas, oposiciones suspendidas, trabajos de mierda, la enfermedad de su padre. Durante años hablamos prácticamente todos los días. A veces de cosas importantes y otras de si habían subido el precio de la cerveza en el bar de abajo.

Cuando conocí a Clara, Lucía ya era una parte instalada de mi vida. Como mi hermano Dani, como el Levante aunque casi nunca vaya al estadio, como llamar a mi madre los domingos. No se me ocurría que tuviera que explicarla.

Clara nunca me dijo: “Deja de hablar con ella”. Eso habría sido más sencillo, incluso. Lo que decía eran cosas pequeñas.

—No entiendo por qué le mandas una foto antes a ella que a mí cuando pasa algo.

O:

—No pasa nada, Sergio. Ve a ayudarla con el ordenador si quieres. Solo me parece curioso que siempre se le rompa algo cuando yo tengo planes contigo.

Yo me defendía enseguida. Demasiado deprisa, ahora lo veo.

—Porque es mi amiga, Clara. No voy a dejar tirada a una persona porque esté contigo.

Ella asentía y cambiaba de tema. Y eso me irritaba aún más, porque parecía que yo había ganado una discusión que nadie había querido tener.

El problema fue que Lucía no era solo alguien a quien respondía mensajes. Era mi forma de volver a mí mismo. Cuando estaba cansado del trabajo en la agencia, cuando discutía con Clara, cuando me agobiaba pensar en el alquiler y en que todo estuviera tan caro, le escribía a Lucía antes de haber entendido siquiera qué me pasaba.

Con Clara compartía la vida. Con Lucía descargaba la vida.

Dicho así suena fatal. En aquel momento no lo veía.

En noviembre, Clara tuvo una entrevista para una plaza fija en el instituto donde llevaba dos cursos encadenando sustituciones. Llevaba semanas preparando una unidad didáctica y estaba de los nervios. Habíamos quedado para cenar fuera cuando terminara, aunque fuera solo para celebrarlo o para animarla.

A las seis me llamó Lucía llorando. Su padre había vuelto a ingresar. Esta vez no era una revisión. Me dijo que estaba en urgencias, que su madre no daba una, que llevaba tres horas allí y que no quería estar sola.

Cogí el coche y fui.

No estoy orgulloso de una parte de mí que aún piensa que hice lo correcto. Porque sí, era una situación grave. Estuve con Lucía hasta casi las diez, le traje un café de máquina que no quiso, hablé con su madre y le busqué un cargador. No pasó nada extraño. Nada que no haría por un amigo.

Pero no avisé a Clara hasta las ocho y media. Le mandé un audio desde el pasillo: “Perdona, se ha complicado con Lucía, luego te cuento”.

Me contestó casi una hora después.

«Espero que esté bien.»

Eso fue todo.

Cuando llegué a casa, Clara estaba en el sofá con el abrigo puesto. No había cenado. Sobre la mesa estaba la botella de vino que había comprado para ella y dos copas limpias.

—La entrevista ha ido bien —me dijo.

—Joder, Clara, qué bien. Perdona, de verdad. Su padre está bastante mal.

—Ya. Me alegro de que hayas estado allí.

No levantó la voz. Eso fue lo peor.

Le expliqué todo, con detalles, como si acumular detalles fuera a demostrar algo. Ella me escuchó hasta el final. Luego dijo:

—No me molesta que fueras. Me molesta que tu vida se pueda caer encima y yo me entere cuando ya has decidido dónde estás.

—No lo decidí contra ti.

—No, Sergio. Ese es el problema. Ni siquiera piensas que haya que decidir nada.

Dormimos cada uno a un lado de la cama, sin tocarnos. Al día siguiente yo estaba enfadado. Con ella, con la situación, conmigo un poco. Me parecía injusto que en un momento así Clara convirtiera todo en un asunto nuestro. También me daba vergüenza admitir que, si las posiciones hubieran sido al revés, quizá habría sentido lo mismo.

Durante semanas intentamos hablarlo. Yo prometí avisar más, no desaparecer, no contarle a Lucía cosas de nuestra relación que Clara no supiera. Era razonable. Lo cumplí a medias.

Porque había hábitos que me salían antes de pensar. Una noche discutí con Clara por una tontería, por que su hermana iba a quedarse tres días en Navidad y ella lo daba por hecho. Salí a tirar la basura y le escribí a Lucía: «Estoy hasta arriba». Cuando volví, Clara estaba en la cocina. Había visto la notificación en la pantalla del portátil, que yo había dejado abierta.

No me montó una escena. Solo cerró el portátil y dijo:

—Es como vivir con alguien que tiene una puerta trasera abierta todo el rato.

Lucía, por su parte, empezó a estar distinta. Me preguntaba menos por Clara y más por mí. Si tardaba en responder, soltaba un “ya veo que la convivencia te ha absorbido”. A veces lo decía de broma, pero ya no sonaba a broma.

Un sábado me invitó a comer. Le dije que no podía, que Clara y yo íbamos a Ikea a mirar una estantería y luego a casa de mis padres. Me contestó con un pulgar arriba. A los diez minutos añadió: «Tranquilo, no quería quitarte tiempo de pareja».

Me sentí culpable con las dos. Y, en vez de soportar esa incomodidad, hice lo que mejor se me daba: intentar que ninguna notara nada. Quedaba con Lucía a escondidas de los planes, borraba algún mensaje que podía parecer peor de lo que era, decía “luego te cuento” a Clara y no le contaba.

No porque estuviera engañándola físicamente. Pero sí porque empecé a proteger una relación de la mirada de la otra.

Clara encontró un piso para ella en febrero. No se fue dando un portazo. Vino una chica a ver nuestra habitación, hablaron en el salón de los gastos y del barrio, y yo escuchaba desde el pasillo como si aquello estuviera ocurriendo en casa de otra persona.

La noche antes de irse me dijo que no quería pedirme que cortara con Lucía. Que si tenía que hacerlo para estar con ella, acabaría odiándola por haberlo pedido y yo terminaría resentido.

—Pero tampoco puedo seguir compitiendo con una historia que tú llamas amistad y que funciona como una pareja cuando te conviene —dijo.

No supe responderle. Le dije que no era justo. Y no sé si lo era. Lucía no era mi pareja. Pero Clara tampoco se inventó el lugar que Lucía ocupaba.

Han pasado cuatro meses. Lucía y yo seguimos hablando, aunque menos. Su padre está mejor dentro de lo que cabe. Clara vive a veinte minutos en metro y hemos tomado café dos veces. Una fue agradable y la otra acabó con los dos mirando el móvil demasiado.

Ayer me escribió para decirme que por fin le han dado la plaza fija. Le puse que me alegraba muchísimo, con tres signos de exclamación, como un idiota. Después me quedé mirando el chat un rato.

No sé si aún quiero volver con ella o si solo echo de menos la versión de mí que tenía un sitio claro en aquella casa. Esta mañana he puesto la cafetera italiana porque la otra se ha estropeado. Lleva días en la encimera, sin que nadie se preocupe de buscar el ticket.