Mi suegro empezó viniendo a comer los domingos, y ahora siento que ya no tengo casa propia
La primera vez que pensé que mi suegro tenía más sitio en mi casa que yo fue por una tontería: mi taza del desayuno no estaba donde siempre.
Yo tengo una taza azul, desconchada por el asa, que me regaló mi hija Irene cuando estaba en Infantil. No sirve para mucho, porque pierde un poco por abajo si la llenas demasiado, pero la uso cada mañana. Aquella semana la encontré arriba del todo de un armario, detrás de unos vasos que no usamos nunca.
—La he subido porque goteaba y luego se queda el cerco en la encimera —me dijo Paco, mi suegro, desde la mesa.
Lo dijo sin mala idea. Ni siquiera levantó mucho la voz. Estaba dando el desayuno a Mateo, que entonces tenía cinco años, mientras Laura buscaba los zapatos de Irene y yo iba tarde al trabajo.
Pero me molestó de una forma desproporcionada. No por la taza. Por esa sensación de llegar a mi propia cocina y tener que preguntar dónde están mis cosas.
Paco se quedó viudo hace casi dos años. Mi suegra, Amparo, murió bastante rápido, de un cáncer de pulmón que al principio parecía controlado. Laura lo llevó fatal. Era muy unida a su madre, aunque discutían por cualquier cosa. Y Paco se quedó solo en el piso de toda la vida, en Carabanchel, con las fotos de Amparo por todas partes y la costumbre de poner dos platos aunque ya no hubiera nadie al otro lado de la mesa.
Al principio me dio muchísima pena. A los pocos días empezó a venir a comer los domingos. Luego algún miércoles. Después Laura le pidió que recogiera a los niños un par de tardes porque ella estaba con bastante carga en la farmacia y yo tenía turnos largos en la empresa de mantenimiento donde trabajo.
Me pareció lógico. Nos ayudaba, los niños le adoran y él tenía algo que hacer. Si soy sincero, durante unos meses nos vino muy bien.
El problema fue que nunca hablamos de cuándo terminaba esa ayuda y cuándo empezaba otra cosa.
Paco tiene sus llaves. Se las dimos una tarde que Irene se dejó las suyas dentro y él fue quien estaba más cerca. Desde entonces, entraba muchas veces sin llamar. A veces avisaba por WhatsApp: “Subo un momento”. Otras, directamente aparecía en el salón con una bolsa del Mercadona.
—Os he traído yogures, que los de marca blanca son agua.
—He visto que teníais la persiana del dormitorio medio atascada. Ya he llamado a un conocido.
—A Mateo no le deis tantos dibujos después de cenar, que luego no duerme.
No eran órdenes exactamente. Eran frases que se iban acumulando. Y yo, en lugar de hablarlo, hacía bromas o me encerraba en el baño cinco minutos más de la cuenta para no responder mal.
Laura decía que yo estaba susceptible.
—Mi padre está solo, David. ¿Qué quieres que haga, que le diga que no venga?
Nunca quise eso. De verdad que no. Paco no es mala persona. Es de los que arreglan una persiana a un vecino, se acuerdan de todos los cumpleaños y se presenta en el cole si hay festival aunque llueva. Con los niños tiene una paciencia que a mí a veces me falta.
Y también sé que, desde que murió Amparo, hay días en que se le nota perdido. Se queda mirando la tele sin verla. O empieza a contar una cosa de ella y se le corta la frase a la mitad. No soy de piedra.
Pero una cosa es acompañar a alguien y otra que esa persona empiece a ocupar todos los huecos.
Hubo una noche en concreto. Habíamos acostado a los niños y Laura y yo íbamos a pedir algo de cenar. Llevábamos semanas sin sentarnos tranquilos los dos, sin estar hablando de facturas, deberes, lavadoras o de quién recoge a quién. Abrimos una botella de vino que nos regalaron en Navidad y nos pusimos una serie.
A los veinte minutos sonó la llave en la puerta.
Paco entró con una bolsa de herramientas.
—Perdonad, pero se me ha olvidado el cargador del móvil aquí. Ah, y he pensado que mañana puedo llevar yo a los niños al dentista, así Laura no tiene que pedir la mañana.
Laura le dijo que ya lo hablaríamos. Él asintió, fue al cuarto de los niños a comprobar que estaban tapados, se quedó allí un rato y luego salió. Nos preguntó qué estábamos viendo. Terminó sentado en el sillón, mirando la serie con nosotros.
No fue un drama. No hubo gritos. Pero tampoco cenamos juntos. A las once y pico, cuando se fue, Laura estaba cansada y yo estaba enfadado, pero no con él solamente. Estaba enfadado con ella por no decir nada. Y conmigo por llevar meses tragando y esperar que ella lo adivinara.
Aquella noche se lo solté fatal.
—Tu padre vive aquí a ratos y tú haces como si no te dieras cuenta.
Laura se quedó muy quieta. Luego dijo que yo era injusto, que Paco nos estaba ayudando y que bastante tenía ya con haber perdido a su mujer.
Yo le respondí que yo también estaba perdiendo algo: la intimidad de nuestra familia. En cuanto lo dije me sonó horrible, como si estuviera compitiendo con una persona viuda. Pero era lo que sentía.
Discutimos bajo, para no despertar a los niños. Eso casi fue peor. Ella lloró sin hacer ruido, sentada en el borde de la cama. Yo dormí en el sofá, aunque no porque me echara. Me fui yo, por no seguir diciendo cosas de las que luego no hay manera de volver.
Al día siguiente no hablamos apenas. Nos mandamos mensajes prácticos: “¿Recoges tú a Irene?” “Hay que comprar leche”. “Tu padre ha dicho que viene a cenar”. Ese último mensaje me dejó mirando el móvil demasiado rato.
Fue Laura quien propuso ir a terapia. Me sorprendió. Pensaba que iba a defender a Paco hasta el final, como si ponerle un límite fuera abandonarlo.
En la primera sesión, la psicóloga nos hizo una pregunta muy sencilla: cuándo habíamos hablado por última vez de nuestra vida sin mencionar a los niños, a Paco o el trabajo.
Laura y yo nos miramos y no supimos contestar.
Luego Laura dijo algo que no esperaba escuchar. Dijo que, desde que murió su madre, tenía miedo de que su padre se apagara en casa y ella no se enterase. Que cada vez que yo pedía espacio, ella oía que yo quería dejarle solo. No era lo que yo decía, pero entendí por qué le dolía tanto.
Yo también tuve que reconocer que no había sido claro. Había ido guardando pequeñas molestias hasta convertirlas en una especie de lista secreta contra Paco. Y, mientras tanto, seguía aceptando que nos resolviera cosas porque era cómodo.
No salimos de allí con una solución mágica. Salimos con tareas bastante incómodas. Una era hablar con Paco los dos, no Laura por su cuenta. Otra, recuperar las llaves y dejar claro que tenía que llamar antes de venir, salvo urgencia. Y otra, reservar una tarde a la semana para nosotros, aunque solo fuera bajar a tomar una caña al bar de abajo.
La conversación con Paco fue difícil. Se le cambió la cara cuando Laura le dijo que necesitábamos organizarnos de otra manera. Al principio dijo que él no quería molestar, que si tanto estorbaba se quedaba en su casa y ya está.
Eso nos hizo daño, porque tampoco era eso.
Le explicamos que queríamos seguir contando con él, pero que no podía decidir por nosotros ni aparecer sin avisar. Yo le dije, bastante torpe, que a veces necesitaba sentir que mi casa era mi casa. Paco no contestó enseguida. Miró la mesa, se frotó las manos y dijo:
—Yo pensaba que os estaba haciendo un favor.
Y era verdad. A su manera, lo estaba haciendo.
Ahora viene menos entre semana. Sigue recogiendo a los niños dos tardes, pero lo hablamos antes. Aún se le escapa alguna frase sobre cómo hacemos las cosas y a mí aún me cuesta no ponerme tenso cuando oigo la llave de la puerta, aunque ya casi siempre llama al telefonillo.
La taza azul ha vuelto a estar junto a la cafetera. Hace unos días Paco la vio y dijo que seguía perdiendo.
Le dije que ya lo sabía.
No añadió nada. Se sirvió un café en otra taza y se quedó un rato con los niños, esperando a que Laura llegara de trabajar.