Se sentía sola dentro de su propio matrimonio: él escapaba cada tarde a casa de su madre

No sé en qué momento empecé a fijarme en el ruido del portal cuando llegaba él del trabajo.

Vivimos en un piso normal, de los de toda la vida, en Móstoles. Dos habitaciones, una cocina pequeña y un salón donde casi siempre hay ropa tendida en el tendedero interior cuando llueve. Tenemos una hija de seis años, Lucía, y los dos trabajamos. Yo en una gestoría, con horario partido algunos días, y Javier en mantenimiento de una comunidad grande en Madrid.

No esperaba que llegara a casa con flores ni que cada tarde fuese perfecta. Lo que esperaba, simplemente, era que volviera.

Pero Javier empezó a ir cada vez más a casa de su madre. Al principio eran cosas sueltas. “Paso a verla, que le tengo que mirar el móvil.” “Voy a cenar allí, que ha hecho tortilla y dice que sobra.” “Me quedo un rato, está un poco baja de ánimo.”

Su madre, Amparo, vive sola desde que murió su marido hace siete años. Eso lo entendía. De verdad que lo entendía. Javier es hijo único, y sé que perder a tu pareja después de casi cuarenta años de matrimonio no se supera porque sí.

Además, Amparo siempre había sido buena conmigo en lo superficial. En Navidad me regalaba colonia. Cuando nació Lucía, nos hizo un montón de tuppers. Si yo tenía gripe, preguntaba cómo estaba. No puedo decir que fuese una bruja, porque no lo era. O no de una manera tan simple.

El problema era que, para ella, Javier seguía teniendo diecisiete años y una vida que organizarle.

Los martes, por ejemplo, Lucía tenía natación a las seis. Yo salía corriendo de la gestoría, la recogía del cole, le daba algo de merendar en el coche y la llevaba. Javier podía recogerla algunos días, porque terminaba antes que yo. Pero empezó a decirme que no podía, porque tenía que pasar por casa de su madre.

—Es que tiene una cita en el médico y se pone nerviosa —me decía.

O:

—Es que se le ha vuelto a bloquear la tele.

Una tarde le pregunté si Amparo no podía llamar al técnico o a una vecina. Se quedó mirándome como si le hubiera propuesto abandonarla en una gasolinera.

—Mi madre no es una carga, Marta.

—No he dicho eso.

—Pues lo parece.

Ese era el problema. Cualquier cosa que yo dijera sobre su madre se convertía, en boca de Javier, en algo mucho más cruel.

Con el tiempo entendí que no iba allí solamente por ella. Iba porque allí no había platos por recoger, ni una niña preguntando dónde estaban sus pinturas, ni facturas encima de la mesa, ni conversaciones incómodas sobre que llevábamos meses sin hacer nada juntos.

En casa de Amparo tenía café hecho, la cena a veces preparada y una mujer que, aunque se quejara de todo el mundo, le decía que él estaba muy delgado, que trabajaba demasiado y que no tenía por qué aguantar malos humores de nadie.

Yo escuché esa última frase una noche sin querer.

Habíamos ido los tres a cenar un domingo. Lucía estaba en el salón viendo dibujos y yo fui a la cocina a buscar agua. Amparo y Javier hablaban bajito, pero su cocina es pequeña y la puerta estaba entreabierta.

—No te digo que Marta sea mala chica —dijo ella—, pero te tiene siempre con el runrún. Antes tú no eras así.

Javier no contestó enseguida.

—Mamá, estamos cansados los dos.

—Ya. Pero tú vienes aquí y se te ve otra cara.

Me quedé quieta con el vaso en la mano. No entré haciendo ruido, ni le monté una escena. Volví al salón y estuve sentada junto a Lucía, fingiendo que atendía a una película infantil de perros que no recuerdo.

En el coche, de vuelta, Javier me preguntó si me pasaba algo. Le dije que sí, que había oído a su madre. Entonces, en vez de preguntarme cómo me había sentado, soltó un suspiro largo y me dijo que no quería más líos.

—No todo gira alrededor de ti, Marta.

Aquello me dolió más de lo que debería. O quizá me dolió tanto porque llevaba demasiado tiempo intentando que todo no girase alrededor de mí: su madre, su trabajo, nuestra hija, la casa. Yo ya ni sabía dónde estaba yo en esa lista.

Durante unas semanas dejamos de hablar del tema. Es decir, hablábamos de lo necesario: quién compraba leche, si Lucía tenía deberes, si había que pagar la excursión del cole. Pero lo otro estaba ahí, como cuando dejas una sartén en remojo y sabes que luego te tocará frotar igual.

El día que exploté fue un jueves. Lucía tenía fiebre. No una fiebre altísima, pero estaba pachucha, llorona, con esa cara triste que tienen los niños cuando no saben explicar bien qué les pasa. Yo pedí salir antes del trabajo y la llevé al centro de salud. Cuando salimos, llamé a Javier.

No me lo cogió.

Le mandé un mensaje: “La niña tiene fiebre. ¿Puedes venir pronto?”

Me contestó cuarenta minutos después: “Estoy con mi madre, se ha puesto nerviosa porque le han llamado de la revisión. Voy luego.”

La revisión era para dentro de dos semanas. No era una urgencia. Pero él se quedó allí hasta casi las nueve.

Cuando entró en casa, Lucía ya dormía en mi cama y yo estaba sentada en el suelo del salón, doblando ropa sin doblarla realmente. Tenía un calcetín suyo en la mano desde hacía no sé cuánto.

No grité. Me habría salido más fácil gritar.

Le dije que no podía seguir viviendo con la sensación de que, en cuanto algo se torcía en casa, él tenía otro sitio al que escapar.

Él se enfadó. Dijo que yo quería alejarlo de su madre. Yo le dije que no, que quería que dejara de usarla como refugio cada vez que nuestra vida le pesaba. Y esa vez sí levanté la voz. Le dije cosas feas. Le dije que Amparo lo trataba como si fuera un niño y que él encantado de volver a serlo.

Javier cogió las llaves y se fue.

Por supuesto, se fue a casa de su madre.

No volvió hasta el día siguiente después de comer. No me escribió por la noche. Solo un mensaje breve: “Necesito estar tranquilo.” Me dio tanta rabia que ni le contesté. Estuve toda la noche pendiente de Lucía, que se despertó dos veces, y pensando que a él la tranquilidad le salía muy barata porque siempre la conseguía dejando el problema en casa conmigo.

Dos días después, Amparo me llamó. Yo no quería cogerle el teléfono, pero lo hice.

—Tenemos que hablar —dijo.

Acepté porque estaba cansada de imaginar conversaciones y de repetirlas sola mientras fregaba o iba en el Cercanías.

Fuimos Javier y yo a su casa un sábado por la mañana. Me sorprendió que Amparo no sacara café ni galletas. Estaba sentada muy recta en el sofá, con las manos cruzadas sobre el bolso.

Empezó diciendo que ella no quería meterse. Me dio un poco de risa, aunque no me reí.

Le expliqué que no me molestaba que Javier fuera a verla. Me molestaba que fuera casi todos los días, sin avisar, durante horas, y especialmente cuando habíamos discutido o cuando había cosas que atender en casa.

Amparo se puso colorada. Dijo que ella no lo llamaba siempre. Javier dijo que a veces era él quien necesitaba ir. Por primera vez, lo reconoció delante de ella.

—Aquí no siento que todo sea una pelea —dijo.

Me quedé helada, pero también entendí una parte que me costaba admitir: en nuestra casa llevábamos meses hablando mal, deprisa y a la defensiva. Yo llegaba quemada. Él también. Y cualquier tontería terminaba siendo una lista de reproches antiguos.

Amparo dijo que no quería perder a su hijo. Yo le respondí que nadie le estaba pidiendo eso. Pero también le dije que no podía convertir nuestra casa en el lugar del que Javier se recuperaba después de estar con ella, como si Lucía y yo fuéramos el problema.

No hubo abrazo ni una frase bonita. Lo que hubo fue algo bastante más incómodo: acordamos que Javier la vería dos tardes fijas a la semana y una comida o cena el fin de semana, salvo que hubiera una necesidad real. Las demás veces, si quería ir, lo hablaríamos antes. También acordamos que no usaría casa de su madre para desaparecer después de una discusión.

Amparo dijo que le parecía absurdo tener que poner horarios para ver a un hijo. Javier se quedó callado. Yo también, porque en el fondo me parecía triste que hubiera hecho falta llegar a eso.

Han pasado cuatro meses. No voy a decir que todo sea maravilloso. A veces Javier sigue mirando el móvil cuando estamos cenando porque su madre le manda audios larguísimos. A veces Amparo suelta alguna indirecta, sobre todo si no vamos un domingo. Y yo todavía noto un nudo en el estómago cuando él dice que “solo va un momento”.

Pero hace poco Lucía tuvo una actuación en el cole. Era un miércoles, uno de los días que Javier suele ver a su madre. Él le llamó y le dijo que esa tarde no iba a poder pasar, que quería estar con nosotras.

Amparo hizo una pausa. Desde donde yo estaba no escuchaba lo que decía, solo la cara de Javier.

Luego colgó, se guardó el móvil y ayudó a Lucía a ponerse el disfraz de nube con algodón pegado.

No arregló todo. Ni mucho menos. Pero aquella tarde, sentado a mi lado en el salón de actos, no sentí que estuviera esperando la mínima excusa para irse.