Cuando mi marido sugirió poner la casa a nombre de los hijos, todo cambió

—¿Y si ponemos la casa a nombre de los niños? —dijo Ricardo una noche, mientras recogía los platos del lavavajillas. Su voz sonó casual, pero sus ojos evitaban los míos. Me quedé paralizada, con el trapo aún en la mano, el corazón golpeando fuerte en el pecho.

No era la primera vez que hablábamos de herencias, pero nunca así. Nuestra casa en Alcalá de Henares era nuestro refugio, el lugar donde habíamos criado a nuestros hijos, Marta y Sergio. Pero también era el único bien que teníamos tras años de sacrificios y tras la tormenta que supuso su divorcio con Lucía, su primera mujer. De ese matrimonio nació Paula, una chica dulce que venía a casa algunos fines de semana y que siempre me miraba como si yo fuera una intrusa en su vida.

—¿Por qué ahora? —pregunté, intentando mantener la voz firme.

Ricardo dejó los platos y se apoyó en la encimera. —He estado pensando… Si nos pasa algo, quiero que todos los niños estén protegidos. No quiero peleas ni abogados. Ya sabes lo que pasó con mi padre y mis tíos cuando murió el abuelo.

Sentí un escalofrío. Recordaba perfectamente aquel funeral lleno de reproches y miradas torvas. Pero esto era distinto. Esto era nuestra casa, mi casa también. Y no podía evitar pensar en lo mucho que había renunciado para construir este hogar: dejé mi trabajo en la editorial cuando nació Marta, pasé noches sin dormir cuidando a Sergio cuando estuvo enfermo, soporté las visitas incómodas de Lucía y las llamadas intempestivas de Paula pidiendo dinero para la universidad.

—¿Y si los niños no se ponen de acuerdo? —insistí—. ¿Y si algún día necesitan venderla? ¿Y si uno quiere quedarse y los otros no?

Ricardo suspiró. —Por eso quiero hacerlo ahora, para evitar problemas luego. Además, así nadie podrá quitarnos nada si algún día tenemos una mala racha.

No dormí esa noche. Me levanté varias veces al baño solo para mirarme en el espejo y preguntarme si estaba siendo egoísta. ¿Era justo desconfiar de mis propios hijos? ¿O era miedo a perder lo poco que sentía realmente mío?

Las semanas siguientes fueron un infierno silencioso. Marta, que ya tenía 22 años y vivía en Madrid con su novio, vino a cenar un viernes. Aproveché para tantear el terreno.

—¿Qué te parecería si papá y yo pusiéramos la casa a vuestro nombre?

Ella se encogió de hombros. —No sé, mamá… ¿No es un poco pronto? Además, ¿qué pasa si algún día os separáis? ¿O si alguno de nosotros quiere vender?

Me dolió su respuesta más de lo que esperaba. ¿También ella dudaba de nosotros?

Sergio, más pequeño y siempre tan callado, solo preguntó:

—¿Y Paula también tendría parte?

La pregunta quedó flotando en el aire como una amenaza. Paula era parte de la familia, sí, pero nunca había sentido que fuera realmente «de los nuestros». No por ella, sino porque Lucía siempre se encargó de recordarme que yo era «la otra».

Una tarde, mientras doblaba ropa en silencio, escuché a Ricardo hablando por teléfono en el salón.

—Sí, Lucía… Estoy pensando en poner la casa a nombre de los niños… No, no solo Marta y Sergio… También Paula…

Sentí una punzada de traición. ¿Desde cuándo consultaba estas cosas con su exmujer antes que conmigo?

Esa noche exploté:

—¿Por qué hablas con Lucía antes que conmigo? ¿Por qué siento que esta casa ya no es mía?

Ricardo me miró como si no entendiera mi dolor.

—No es eso, Ana… Solo quiero hacer las cosas bien. No quiero repetir los errores del pasado.

—¿Y yo qué? ¿Mis sacrificios no cuentan? ¿O solo soy la cuidadora de tus hijos?

Lloré hasta quedarme dormida. Al día siguiente, Ricardo se fue temprano y no volvió hasta tarde. La tensión se podía cortar con un cuchillo.

Los días pasaron y la propuesta se convirtió en una sombra constante entre nosotros. Marta dejó de venir a casa; Sergio se encerraba en su cuarto con los cascos puestos; Paula me saludaba con frialdad cuando venía los domingos.

Una tarde recibí una carta certificada: Lucía reclamaba formalmente su parte del piso antiguo que compartieron ella y Ricardo antes del divorcio. Todo empezó a encajar: Ricardo tenía miedo de perderlo todo otra vez.

Esa noche le enfrenté:

—¿Tienes miedo de que Lucía te quite lo poco que nos queda?

Él bajó la cabeza.

—No quiero perderte a ti también.

Me sentí derrotada. Habíamos construido una familia sobre ruinas ajenas y ahora esas ruinas amenazaban con sepultarnos.

Pasaron meses antes de tomar una decisión. Finalmente, acordamos hacer un testamento donde todos los hijos estarían protegidos, pero la casa seguiría siendo nuestra mientras viviéramos. No era perfecto, pero era lo único que nos quedaba para salvar lo poco que quedaba de nosotros.

A veces me pregunto si alguna vez podré volver a mirar a Ricardo sin sentir ese nudo en el estómago. ¿Es posible reconstruir la confianza después de sentirte traicionada por quien más amas? ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?