Entre dos puertas: El eco de una madre olvidada
—¿Por qué no te quedas a cenar, mamá?— preguntó Lucía, mi hija, con una voz tan neutra que dolía más que un portazo. Estaba de pie en el umbral de su cocina, con las manos aún húmedas del lavavajillas, sin mirarme a los ojos. Yo sostenía una bolsa con croquetas caseras, mi pequeño tributo semanal, esperando que ese gesto abriera una grieta en el muro que sentía crecer entre nosotras desde hacía años.
Pero antes de que pudiera responder, apareció Marta, mi nuera, con su sonrisa cortés y sus palabras medidas: —Hoy tenemos planes, María. Lo siento, otro día será.
Sentí cómo la bolsa pesaba el doble. Me obligué a sonreír, a decir que no pasaba nada, que ya me iba. Pero por dentro, algo se rompía. Bajé las escaleras del piso de Lucía con la sensación de ser una intrusa en mi propia familia.
No siempre fue así. Recuerdo cuando mis hijos eran pequeños y la casa estaba llena de risas, peleas y carreras por el pasillo. Mi marido, Antonio, trabajaba en la fábrica y yo me desvivía por ellos: meriendas, deberes, noches sin dormir cuando tenían fiebre. Siempre pensé que ese esfuerzo sería mi refugio cuando llegara la vejez. Pero Antonio se fue demasiado pronto, un infarto fulminante una mañana de enero. Desde entonces, mis hijos se convirtieron en mi razón de ser.
Pero los años pasan y los hijos crecen. Lucía se casó con Marta hace seis años. Al principio todo parecía bien; yo intentaba no entrometerme, ayudar solo cuando me lo pedían. Pero poco a poco noté cómo Marta marcaba distancias: reuniones familiares a las que no era invitada, decisiones sobre mi nieta Paula en las que mi opinión no contaba. Lucía, siempre tan diplomática, evitaba el conflicto y yo me fui quedando al margen.
Mi hijo Sergio vive en Valencia y apenas llama. Cuando lo hace, es para contarme lo ocupado que está o para preguntarme si necesito algo. Pero nunca para saber cómo estoy de verdad.
El domingo pasado fue el cumpleaños de Paula. Preparé una tarta de chocolate como las que le hacía a Lucía de pequeña. Llegué puntual, con la esperanza de ver a mi nieta soplar las velas. Pero al entrar en el salón sentí todas las miradas sobre mí, como si fuera una extraña. Marta me saludó con un beso frío y enseguida se fue a hablar con sus padres. Lucía estaba ocupada atendiendo a los invitados y apenas cruzamos dos palabras.
Me senté sola en una esquina mientras Paula abría los regalos rodeada de sus amigos y familiares de Marta. Nadie probó mi tarta. Cuando me fui, ni siquiera notaron mi ausencia.
Esa noche no pude dormir. Me pregunté si había hecho algo mal, si había sido demasiado protectora o demasiado exigente. Recordé las veces que regañé a Lucía por llegar tarde o cuando discutí con Sergio por sus malas notas. ¿Sería eso lo que ahora me pasaban factura?
Al día siguiente llamé a Lucía para invitarla a comer a casa. —No puedo, mamá, tengo mucho trabajo— me dijo sin darme opción a insistir.
Me senté en la mesa del comedor frente a dos platos vacíos y lloré como hacía años no lloraba.
Unos días después decidí pasar por su casa sin avisar. Sabía que no era lo correcto, pero necesitaba verla. Al llegar escuché risas desde el salón; estaban Marta, Lucía y Paula jugando al parchís. Toqué el timbre y la risa se apagó al instante.
—Mamá, ¿qué haces aquí?— preguntó Lucía sorprendida.
—Solo quería verte…— respondí torpemente.
Marta se levantó y fue directa: —María, entiendo que quieras estar cerca, pero necesitamos nuestro espacio como familia.
Sentí una punzada en el pecho. ¿Acaso yo ya no era familia?
Me marché antes de que las lágrimas me traicionaran. Caminé por las calles del barrio donde he vivido toda mi vida y me di cuenta de lo sola que estaba. Las vecinas con las que antes compartía café ahora apenas saludan; todas tienen sus propios problemas.
Empecé a ir al centro de mayores del barrio para distraerme. Allí conocí a Carmen y a Pilar, dos mujeres viudas como yo. Compartimos historias parecidas: hijas que ya no llaman, nietos que apenas nos conocen. Nos reímos juntas de nuestra soledad y lloramos también.
Un día Carmen me dijo: —María, tienes que aprender a vivir para ti misma. Los hijos hacen su vida y nosotras tenemos que hacer la nuestra.
Pero ¿cómo se hace eso cuando toda tu vida ha girado en torno a ellos?
Hace unas semanas recibí una llamada inesperada de Sergio: —Mamá, ¿te apetece venir unos días a Valencia?— preguntó con voz cansada pero sincera.
Dudé antes de responder. ¿Y si solo lo hacía por compromiso? ¿Y si allí también sería una extraña?
Aún así fui. En Valencia me recibió con un abrazo torpe pero cálido. Pasamos tardes paseando por la playa y hablando de cosas sencillas: recetas, recuerdos de infancia, anécdotas del pueblo donde nací.
Por primera vez en mucho tiempo sentí que alguien me escuchaba sin prisas ni excusas.
Al volver a Madrid encontré una nota en el buzón: “Mamá, perdona si a veces no sé cómo cuidarte como tú me cuidaste a mí. Te quiero.” Era de Lucía.
Lloré otra vez, pero esta vez fue distinto: sentí alivio y esperanza.
Ahora sigo yendo al centro de mayores y he empezado clases de pintura. A veces Lucía me llama para tomar un café o Paula me manda un dibujo por WhatsApp.
La soledad sigue ahí, pero ya no pesa tanto.
Me pregunto: ¿Cuántas madres como yo se sienten entre dos puertas? ¿Cuántas veces hemos dado todo sin saber si algún día nos devolverán aunque sea una mirada? ¿De verdad es posible aprender a vivir para una misma después de tantos años viviendo para los demás?