Veinte años después: El regreso de mi padre y la herida que nunca cerró
—¿Tú eres Lucía? —La voz ronca y desconocida retumbó en el pasillo de mi piso en Vallecas. Abrí la puerta con el corazón encogido, esperando al repartidor de siempre, pero allí estaba él: un hombre envejecido, con el pelo canoso y la mirada esquiva. Tardé unos segundos en reconocerlo. Mi padre. Veinte años después.
—¿Papá? —La palabra se me atragantó en la garganta, como si fuera una broma cruel del destino.
Él sonrió, inseguro, como si esperara que yo saltara a sus brazos. Pero no lo hice. Me quedé quieta, con las manos temblando sobre el pomo de la puerta.
—Sé que es raro… pero no tenía a dónde ir. ¿Te importa si paso? —dijo, mirando el suelo.
Sentí una oleada de rabia mezclada con miedo. ¿Cómo se atrevía? ¿Después de dos décadas sin una llamada, sin una carta, sin un maldito regalo de cumpleaños? Mi madre había llorado noches enteras por él. Yo había crecido viendo cómo se apagaba poco a poco, trabajando en la panadería del barrio para sacarnos adelante. Y ahora él volvía, como si nada.
—No sé si esto es buena idea —le respondí, intentando controlar el temblor en mi voz.
Me miró con ojos suplicantes. —No tengo a nadie más, Lucía. Solo necesito un sitio donde quedarme unos días…
Le dejé pasar. No sé por qué. Quizá por costumbre, por educación, o porque en el fondo quería entender qué clase de persona abandona a su hija y luego vuelve como si nada.
El piso era pequeño: dos habitaciones, cocina americana y un salón donde apenas cabían el sofá y la mesa del IKEA que monté con mi amiga Marta. Él dejó su mochila junto a la puerta y se sentó en silencio.
—¿Por qué ahora? —pregunté al fin, sentándome frente a él.
Suspiró. —He estado enfermo. Perdí el trabajo hace años, y… bueno, tu abuela murió hace poco. No me queda nadie más.
—¿Y mamá? ¿Sabes lo que sufrimos? —La rabia me quemaba por dentro.
—Lo sé… No hay excusa para lo que hice. Era joven, cobarde… Me asusté de la responsabilidad. Pero he pensado en ti cada día.
No le creí. ¿Pensar en mí? ¿Y nunca un mensaje? ¿Nunca un intento de saber si estaba bien?
Esa noche no dormí. Escuchaba sus pasos por el pasillo, el agua corriendo en el baño, su tos seca. Recordé las veces que pregunté por él de niña y cómo mi madre evitaba responderme. Recordé los cumpleaños en los que soplaba las velas pidiendo que volviera.
Por la mañana, mi madre llamó como cada sábado.
—¿Qué tal la semana, hija?
Tragué saliva. —Mamá… Ha venido papá.
Silencio al otro lado.
—¿Qué quiere?
—Quedarse unos días. Dice que no tiene a nadie más.
La oí respirar hondo. —Haz lo que creas mejor, Lucía. Pero recuerda todo lo que pasamos.
Colgué con el corazón encogido. Mi madre nunca hablaba mal de él, pero su silencio era más duro que cualquier insulto.
Durante los días siguientes, mi padre intentó acercarse. Cocinaba tortilla de patatas —demasiado salada— y me contaba historias de cuando era joven: las fiestas en Lavapiés, los veranos en la playa de San Juan con sus amigos. Yo escuchaba en silencio, sin saber si odiarle o compadecerle.
Una tarde, al volver del trabajo, le encontré sentado en el sofá con una carta entre las manos.
—Es para ti —dijo, tendiéndomela.
La abrí con manos temblorosas:
«Querida Lucía,
Sé que no merezco tu perdón ni tu ayuda. Solo quiero que sepas que me arrepiento cada día de haberte dejado sola. No espero que me aceptes como padre, pero sí como alguien que quiere reparar aunque sea un poco el daño que causó. Si decides echarme, lo entenderé. Pero gracias por dejarme entrar en tu vida aunque solo sea por unos días.»
No lloré. No podía. Había aprendido a no llorar por él hacía muchos años.
Esa noche discutimos:
—¿De verdad crees que puedes aparecer así y esperar que todo esté bien? —le grité.
—No espero nada… Solo quería verte una vez más antes de…
—¿Antes de qué?
Bajó la cabeza. —Me han diagnosticado cáncer de pulmón. No sé cuánto tiempo me queda.
El mundo se detuvo un instante. Sentí rabia, pena y culpa al mismo tiempo.
—¿Y ahora quieres que te cuide? ¿Que te acompañe al hospital? ¿Que te trate como si fueras mi padre?
No respondió. Solo lloró en silencio.
Pasaron semanas así: silencios incómodos, cenas frías y miradas esquivas. Mis amigas no entendían por qué le dejaba quedarse; mi madre evitaba hablar del tema; yo me sentía atrapada entre el rencor y la compasión.
Un día le acompañé al hospital Gregorio Marañón para una revisión. Vi cómo temblaba al hablar con los médicos, cómo intentaba disimular el miedo ante mí. Por primera vez sentí lástima por ese hombre roto.
Al salir del hospital me miró con ojos cansados:
—Gracias por no darme la espalda del todo.
No supe qué decirle.
El tiempo pasó y su salud empeoró. Una mañana encontré su cama vacía y una nota sobre la mesa:
«No quiero ser una carga más para ti ni para nadie. Gracias por darme un techo cuando no tenía nada. Ojalá hubiera sido mejor padre.»
Llamé a todos los hospitales hasta que lo encontré: había ingresado solo, sin avisar a nadie.
Fui a verle por última vez. Estaba pálido, débil, pero sonrió al verme:
—Perdóname, hija…
No respondí con palabras; solo le cogí la mano hasta que se quedó dormido para siempre.
Hoy sigo preguntándome si hice bien en dejarle entrar o si debí cerrar la puerta aquella primera noche. ¿Se puede perdonar realmente a quien te abandona? ¿O solo aprendemos a vivir con esa herida abierta?