No quiero que vengas a mi boda: El eco de una madre rota
—No quiero que vengas a mi boda, mamá.
La frase retumba en la cocina como un portazo. Mis manos tiemblan sobre la encimera, el cuchillo resbala y cae al suelo. Lucía, mi hija, me mira con esa serenidad fría que sólo se aprende después de años de decepciones. Afuera, Madrid bulle como si nada pasara, pero aquí dentro el tiempo se ha detenido.
—¿Por qué? —logro preguntar, aunque la voz me sale rota, casi un susurro.
Ella suspira, aparta la mirada y se cruza de brazos. —Porque no quiero más reproches ni silencios incómodos. Porque no quiero que ese día se convierta en otro campo de batalla.
Me apoyo en la mesa para no caer. Recuerdo cuando Lucía era pequeña y venía corriendo a abrazarme después del colegio, con las rodillas llenas de raspones y los ojos brillantes. ¿En qué momento se rompió el hilo entre nosotras?
—¿Es por lo de tu padre? —pregunto, aunque sé que la herida es mucho más profunda.
Lucía niega con la cabeza. —No es sólo eso. Es todo, mamá. Es cómo siempre has querido decidir por mí, cómo nunca escuchabas lo que yo sentía. Tú siempre sabías lo que era mejor para todos… menos para mí.
Siento una punzada en el pecho. ¿De verdad he sido tan ciega? ¿Tanto daño le he hecho sin darme cuenta?
—He hecho todo por ti —balbuceo—. He trabajado doble turno en el hospital, he renunciado a todo para que no te faltara nada…
—¿Y alguna vez me preguntaste qué quería yo? —me interrumpe Lucía, con los ojos húmedos pero firmes—. ¿O sólo te importaba que hiciera lo que tú esperabas?
El silencio se instala entre nosotras como una losa. Miro sus manos, tan parecidas a las mías, y me doy cuenta de que no sé cuándo dejaron de buscar las mías.
Recuerdo las discusiones sobre su carrera, cuando insistí en que estudiara Derecho porque «tiene salidas», aunque ella soñaba con ser ilustradora. Recuerdo las veces que critiqué a su novio, Sergio, porque «no es de nuestra clase» y «no tiene futuro». Recuerdo cada palabra dicha con la mejor intención y recibida como una puñalada.
—No quiero hacerte daño —dice Lucía, bajando la voz—. Pero necesito respirar, mamá. Necesito que este día sea mío, no tuyo.
Me siento en una silla, derrotada. Pienso en mi propia madre, en cómo nunca me permitió elegir nada: ni la ropa, ni los amigos, ni siquiera el hombre con el que me casé. Me prometí que yo sería diferente… ¿y he repetido el mismo error?
Esa noche no duermo. Camino por el pasillo oscuro del piso, escuchando el eco de mis propios pasos y de mis pensamientos. Enciendo un cigarrillo en la ventana —hace años que no fumaba— y miro las luces de la ciudad. ¿Cómo se aprende a soltar a un hijo? ¿Cómo se pide perdón por años de amor mal entendido?
Al día siguiente llamo a mi hermana Carmen. Ella siempre ha sido el puente entre Lucía y yo.
—¿Qué esperabas, Elena? —me dice Carmen al otro lado del teléfono—. Siempre has querido lo mejor para ella, pero a veces has sido dura…
—¿Y ahora qué hago? —pregunto, sintiéndome más sola que nunca.
—Dale tiempo. Y cuando puedas hablarle sin reproches ni lágrimas, dile simplemente que la quieres.
Los días pasan lentos. Veo fotos antiguas: Lucía en su primer día de colegio; Lucía disfrazada de princesa en Carnaval; Lucía abrazando a Sergio en la playa de Cádiz. Me doy cuenta de que nunca le pregunté por qué le gustaba dibujar sirenas o por qué eligió a Sergio. Siempre supuse que yo sabía más.
Una tarde recibo un mensaje: «Mamá, necesito recoger unas cosas del piso mañana». Mi corazón late con fuerza. Preparo su habitación como cuando era niña: coloco su peluche favorito sobre la cama y dejo una nota: «Te quiero siempre».
Cuando llega, la veo más delgada, más adulta. Nos sentamos en silencio.
—¿Vas a venir? —pregunta ella al fin, sin mirarme.
Trago saliva. —No iré si no quieres. Pero quiero que sepas que estoy orgullosa de ti… aunque no haya sabido decírtelo antes.
Lucía me mira sorprendida. Por primera vez en años veo un destello de ternura en sus ojos.
—Gracias, mamá.
Se levanta para irse y yo la abrazo fuerte, temiendo que sea la última vez.
El día de la boda lo paso sola en casa. Escucho desde lejos los fuegos artificiales del Retiro y lloro en silencio. Pero también siento alivio: quizá por fin le he dado a Lucía lo único que siempre necesitó de mí —libertad para ser ella misma.
A veces me pregunto si algún día me perdonará del todo. ¿Cuántas madres y hijas viven atrapadas entre el amor y las expectativas? ¿Cuándo aprenderemos a escucharnos sin juzgar?