La traición que desgarró mi familia: Historia de Eulalia en Alcalá de Henares
—¿Por qué llegas tan tarde otra vez, Fernando? —pregunté, con la voz temblorosa, mientras el reloj de la cocina marcaba las dos y cuarto de la madrugada. La luz mortecina caía sobre la mesa, donde aún quedaban los restos de la cena fría. Fernando evitó mi mirada, se quitó la chaqueta y murmuró algo ininteligible. Yo ya sabía la respuesta, aunque me negaba a creerla.
No fue una sola noche. Fueron meses de silencios, de excusas absurdas, de mensajes borrados en el móvil y miradas esquivas. Mi hija Lucía, con apenas once años, empezó a preguntarme por qué papá ya no venía a leerle el cuento antes de dormir. Yo le inventaba historias, pero cada vez me costaba más sostener la mentira.
Recuerdo perfectamente el día en que todo se rompió. Era domingo y estábamos en casa de mis padres, en Alcalá de Henares. Mi madre, Carmen, preparaba su famoso cocido madrileño y mi padre, Julián, discutía sobre fútbol con Fernando. Todo parecía normal hasta que vi el mensaje en el móvil de Fernando: “Te echo de menos. ¿Cuándo nos vemos?”. El remitente era Clara, una amiga de la infancia que había vuelto al barrio hacía poco.
Sentí cómo se me helaba la sangre. Salí al patio con el móvil temblando en la mano. Fernando me siguió y, al ver mi cara, supo que ya no podía mentir más.
—Eulalia, déjame explicarte… —empezó él, pero yo le interrumpí.
—¿Explicarme qué? ¿Que llevas meses engañándome? ¿Que todo lo que hemos construido juntos no significa nada para ti?
Las voces subieron de tono. Mis padres salieron alarmados y Lucía se asomó a la puerta, con los ojos muy abiertos. En ese momento sentí que el mundo se desmoronaba bajo mis pies.
Los días siguientes fueron un infierno. Fernando se fue a casa de su hermano y yo me quedé sola con Lucía en nuestro piso pequeño del centro. La gente del barrio empezó a murmurar; las vecinas bajaban la voz cuando pasaba por el portal. Mi madre venía todos los días a traerme comida y a decirme que tenía que ser fuerte por mi hija.
Pero yo no era fuerte. Lloraba por las noches, abrazada a la almohada, preguntándome en qué momento había dejado de ser suficiente para él. Recordaba nuestros veranos en Santander, los paseos por el Retiro cuando éramos novios, las promesas que nos hicimos el día de nuestra boda en la iglesia de San Bernardo.
Lucía empezó a tener pesadillas. Se despertaba gritando y yo corría a su cuarto para abrazarla. Una noche me preguntó:
—Mamá, ¿papá ya no nos quiere?
No supe qué responderle. Solo pude llorar con ella hasta quedarnos dormidas.
La familia de Fernando intentó mediar. Su madre vino a verme con una tarta casera y palabras vacías: “Estas cosas pasan, hija… Los hombres son así”. Sentí rabia. ¿De verdad tenía que aceptar la traición como si fuera algo natural? ¿Acaso mi dolor no importaba?
Un día, Clara apareció en mi trabajo. Trabajo como administrativa en una gestoría cerca de la Plaza Cervantes. Me pidió hablar conmigo fuera. Su voz era suave, casi temblorosa:
—Eulalia, lo siento mucho. No quería hacerte daño…
La miré a los ojos y vi miedo, pero también culpa. No grité. No lloré. Solo sentí un vacío inmenso.
—¿Sabes lo que has hecho? —le dije—. Has destrozado una familia.
Ella bajó la cabeza y se marchó sin decir nada más.
Pasaron semanas antes de que Fernando volviera a buscarme. Me pidió perdón una y otra vez. Dijo que había sido un error, que me seguía queriendo, que quería volver a casa por Lucía. Pero yo ya no era la misma.
Mis padres me aconsejaban cosas opuestas: mi madre decía que debía perdonarle por el bien de la niña; mi padre me animaba a empezar de cero sin él. Las discusiones en casa eran constantes.
Una tarde, mientras paseaba por el Parque O’Donnell con Lucía, ella me cogió la mano y me dijo:
—Mamá, yo solo quiero verte sonreír otra vez.
Me di cuenta entonces de que tenía que pensar en mí misma también. Empecé terapia; busqué ayuda en amigas que hacía años que no veía; volví a pintar acuarelas como cuando era joven.
Fernando insistió durante meses. Me mandaba flores al trabajo; escribía cartas; incluso vino un día al colegio de Lucía para recogerla sin avisarme. Aquello fue la gota que colmó el vaso.
Le llamé esa noche:
—Fernando, tienes que dejarme espacio. No sé si algún día podré perdonarte, pero ahora mismo necesito aprender a vivir sin ti.
Él lloró al otro lado del teléfono. Yo también lloré después de colgar.
Hoy han pasado casi dos años desde aquella noche en casa de mis padres. Lucía ha crecido mucho; ya no pregunta por su padre tan a menudo y ha aprendido a convivir con los fines de semana alternos. Yo he vuelto a reírme con mis amigas; he viajado sola a Granada y he descubierto que puedo ser feliz sin depender de nadie.
A veces me pregunto si hice bien en no perdonar a Fernando. Otras veces siento orgullo por haberme elegido a mí misma antes que a una mentira cómoda.
¿Es posible reconstruir una vida después de una traición así? ¿Vosotros habríais perdonado o habríais hecho lo mismo que yo?