Nunca quise ser madrastra: Entre el amor y el abismo
—No eres mi madre y nunca lo serás —me gritó Alba, con los ojos llenos de lágrimas y rabia, mientras la puerta de su habitación se cerraba de un portazo que retumbó en todo el piso.
Me quedé paralizada en el pasillo, con el corazón encogido y las manos temblorosas. ¿En qué momento mi vida se había convertido en esto? ¿Cuándo el amor que sentía por Fernando empezó a pesar menos que el miedo a perderme a mí misma?
Me llamo Lucía, tengo treinta y seis años y hasta hace dos años creía que la vida era más o menos sencilla. Trabajaba como profesora en un instituto de Madrid, tenía mis rutinas, mis amigas, mis domingos de vermut en La Latina. Todo cambió la tarde que conocí a Fernando en una exposición de fotografía. Él era diferente: atento, divertido, con esa mirada triste de quien ha vivido demasiado pronto. Me enamoré sin remedio.
Fernando tenía una hija, Alba, de nueve años. Me lo dijo la segunda vez que salimos. «Es lo más importante de mi vida», me advirtió, como si quisiera protegerla incluso de mí. Yo asentí, convencida de que el amor podía con todo. Qué ingenua fui.
Al principio, todo era fácil. Nos veíamos cuando Alba estaba con su madre, Teresa. Fernando y yo viajábamos, íbamos al teatro, hacíamos planes improvisados. Pero después de un año juntos, él me propuso irnos a vivir juntos. «Quiero que seamos una familia», me dijo una noche de enero, mientras la lluvia golpeaba los cristales del salón.
Acepté. No quería perderle. Pero no pensé en lo que significaba realmente compartir mi vida —mi casa— con una niña que no era mía.
La primera vez que Alba vino a quedarse un fin de semana fue un desastre. Yo había preparado su habitación con esmero: sábanas nuevas, peluches, libros infantiles. Pero ella entró, miró todo en silencio y murmuró: «Mi cuarto en casa de mamá es mejor». Sentí una punzada en el pecho, pero sonreí y le propuse hacer tortitas para merendar. Me ignoró y se encerró a ver vídeos en la tablet.
Fernando intentaba mediar. «Dale tiempo», me decía. «Es normal que le cueste». Pero yo sentía que cada gesto mío era juzgado, cada palabra malinterpretada. Si le decía que recogiera sus cosas, me miraba como si fuera una extraña. Si intentaba acercarme, se apartaba.
Una tarde de domingo, mientras preparaba la cena, escuché cómo Alba le susurraba a su padre:
—¿Por qué no podemos estar tú y yo solos como antes?
Fernando me miró desde la puerta de la cocina, sin saber qué decirme. Yo fingí no escuchar nada, pero esa frase me atravesó como un cuchillo.
Las semanas pasaban y la tensión crecía. Empecé a evitar estar sola con Alba. Me refugiaba en el trabajo o salía a correr durante horas. Mis amigas notaron mi cambio.
—¿Estás bien? —me preguntó Marta una tarde en el Retiro.
—No sé si valgo para esto —le confesé—. Siento celos de una niña. ¿Te lo puedes creer?
Marta me abrazó y me dijo que era normal sentirme así, pero yo me sentía monstruosa.
La relación con Fernando empezó a resentirse. Discutíamos por tonterías: quién recogía la mesa, quién llevaba a Alba al colegio, si yo era demasiado estricta o demasiado blanda. Una noche exploté:
—¡No puedo más! Siento que esta no es mi casa, que nunca lo será.
Fernando se quedó callado mucho rato antes de responder:
—Alba es mi hija. No puedo elegir entre vosotras.
Me fui a dormir llorando al sofá.
El día del cumpleaños de Alba fue el peor. Había preparado una tarta casera y decorado el salón con globos. Alba llegó seria, acompañada por Teresa, su madre, que me miró con desconfianza apenas disimulada.
—¿Te ayudo con algo? —le pregunté a Alba mientras abría los regalos.
Ella me miró desafiante:
—No hace falta. Mi madre ya sabe lo que me gusta.
Teresa sonrió con superioridad y yo sentí ganas de desaparecer.
Esa noche discutimos otra vez. Fernando me reprochó no haber hecho más esfuerzo por integrarme con Teresa y Alba. Yo le grité que estaba harta de sentirme siempre la intrusa.
—¿Y si nunca consigo quererla? ¿Y si nunca me acepta? —pregunté entre sollozos.
Fernando no supo qué decirme.
Pasaron los meses y la situación no mejoró. Empecé a preguntarme si merecía la pena seguir luchando por algo que solo me hacía daño. Pero también sentía culpa: ¿no debería poder amar a la hija del hombre al que amo? ¿No era eso lo correcto?
Una tarde encontré a Alba llorando en su habitación. Me acerqué despacio y le pregunté qué le pasaba.
—Quiero que mis padres vuelvan juntos —me dijo sin mirarme—. No quiero estar aquí.
Me senté a su lado y por primera vez entendí su dolor. No era solo mi sufrimiento; era el suyo también.
Esa noche hablé largo rato con Fernando. Le dije que necesitaba espacio para pensar, para entender si podía seguir adelante sin perderme a mí misma en el intento.
Hoy escribo esto desde casa de mi hermana en Alcalá de Henares. No sé qué pasará mañana ni si volveré con Fernando. Solo sé que amar no siempre es suficiente y que nadie nos prepara para ser madrastras en un país donde todavía pesa tanto la familia tradicional.
¿Alguna vez habéis sentido que amar no basta? ¿Dónde están los límites entre querer al otro y quererse a uno mismo?