¿Por qué no eres como Carmen? – Una noche española llena de reproches
—¿Por qué no eres como Carmen? —La voz de Luis retumba en la cocina, rebotando entre los azulejos blancos y el olor a lentejas a medio hacer. Me quedo quieta, cuchara en mano, sintiendo cómo la pregunta se clava en mi pecho. No es la primera vez que lo dice, pero esta noche suena más cruel, más definitiva.
Carmen, la esposa de su amigo Antonio, cocina fabada asturiana, paella los domingos y hasta hace rosquillas para el colegio de los niños. Yo, Lucía, trabajo ocho horas en una gestoría, llego a casa agotada y apenas tengo fuerzas para preparar una tortilla francesa y una ensalada. Pero eso nunca parece suficiente para Luis.
—¿Sabes lo que me ha contado Antonio? Que Carmen ayer preparó cocido para toda la familia y hasta le llevó un tupper a su suegra. Eso sí es dedicación —insiste Luis, sin mirarme, mientras se sirve un vaso de vino.
Me muerdo el labio para no llorar. Recuerdo a mi madre diciéndome de pequeña: “No te cases con un hombre que te compare”. Pero aquí estoy, tragando saliva y rabia, preguntándome si alguna vez seré suficiente.
—¿Y tú? ¿Has pensado en hacer algo especial alguna vez? —añade él, con ese tono que mezcla decepción y superioridad.
—Trabajo todo el día, Luis. No tengo tiempo ni ganas de pasarme tres horas en la cocina —respondo, intentando que mi voz no tiemble.
Él resopla y se va al salón. Oigo el sonido del televisor encendiéndose. Me quedo sola en la cocina, mirando las lentejas que ya no quiero comer. Me siento pequeña, invisible, como si mi esfuerzo diario no valiera nada porque no huele a guiso casero.
Esa noche apenas hablamos. En la cama, Luis se da la vuelta y yo me quedo mirando el techo. Pienso en Carmen: ¿será feliz o solo cumple con lo que se espera de ella? ¿Y yo? ¿Por qué tengo que sentirme menos por no ser la mujer perfecta?
Al día siguiente, en la oficina, le cuento a mi compañera Pilar lo que pasó. Ella me mira con compasión y me dice:
—No dejes que te hagan sentir así. Cada familia es un mundo. Además, ¿quién dice que cocinar te hace mejor esposa?
Pero las palabras de Pilar no logran borrar el eco de los reproches de Luis. Vuelvo a casa con una mezcla de tristeza y rabia. Al abrir la puerta, veo a mis hijos peleándose por el mando de la tele y a Luis revisando el móvil. Nadie pregunta cómo estoy. Nadie nota mis ojeras ni mi cansancio.
Esa noche decido hacer algo diferente. Busco una receta sencilla de arroz al horno y me esfuerzo por prepararla. Cuando nos sentamos a cenar, Luis apenas levanta la vista del plato.
—No está mal —dice sin entusiasmo.
Mis hijos sonríen y repiten. Por primera vez en semanas siento una chispa de orgullo. Pero dura poco. Al recoger la mesa, Luis comenta:
—Carmen hace el arroz con costra, le sale mucho mejor.
La rabia me sube a la garganta. Dejo caer los platos en el fregadero con más fuerza de la necesaria.
—¡Pues vete a comer a casa de Carmen si tanto te gusta! —grito sin poder contenerme.
Luis se queda callado. Los niños me miran asustados. Me encierro en el baño y lloro en silencio. Me siento culpable por gritar delante de ellos, pero también liberada por haber dicho lo que llevaba semanas guardando.
Esa noche duermo poco. Doy vueltas en la cama pensando en todo lo que he sacrificado: mis sueños de viajar, mis tardes libres, hasta mis amistades. Todo por una familia que parece no valorarme.
Al día siguiente decido hablar con Luis. Espero a que los niños estén dormidos y le pido que apague la tele.
—Luis, estoy cansada de tus comparaciones. No soy Carmen ni quiero serlo. Trabajo fuera y dentro de casa. Si no te gusta cómo soy o lo que hago, dímelo claro —le digo mirándole a los ojos.
Él me mira sorprendido, como si nunca hubiera pensado que sus palabras dolían tanto.
—No quería hacerte daño… Solo echo de menos cuando hacías cosas especiales —balbucea.
—¿Y tú? ¿Cuándo has hecho tú algo especial por mí? —le pregunto.
Se queda callado. Por primera vez veo duda en su mirada.
Durante los días siguientes las cosas siguen tensas, pero noto pequeños cambios: Luis recoge la mesa sin que se lo pida, ayuda a los niños con los deberes e incluso me pregunta si quiero salir a cenar fuera un sábado.
No es un final feliz ni perfecto. Sigo luchando contra las comparaciones y las expectativas ajenas cada día. Pero he aprendido a poner límites y a valorar lo que hago, aunque no huela a guiso casero ni salga en las fotos del grupo de WhatsApp del colegio.
A veces me pregunto: ¿Cuántas mujeres españolas viven atrapadas entre lo que se espera de ellas y lo que realmente desean? ¿Cuándo aprenderemos a querernos tal como somos, sin compararnos ni dejar que nos comparen?