De la mesa al abismo: Cuando el amor por la comida casi nos separa

—¿Otra vez pizza, Lucía? —me preguntó mi madre al verme entrar en casa con la caja humeante, el olor a queso inundando el pasillo. No respondí. Solo miré a Sergio, que me sonrió desde el sofá, ya con dos latas de refresco abiertas y el mando de la tele en la mano. Era nuestro ritual: viernes por la noche, sofá, comida rápida y risas. Nadie podía quitarnos eso.

Pero esa noche, mientras devorábamos la cuarta porción y veíamos cómo los concursantes de un reality discutían por tonterías, sentí una punzada en el pecho. No era la primera vez. Últimamente me costaba subir las escaleras, me faltaba el aire y evitaba mirarme al espejo. Sergio tampoco estaba mejor: su respiración era pesada y su cara, antes alegre, parecía cansada. Pero nos reíamos de todo, incluso de nuestros kilos de más. «Somos felices así», decíamos. «Que digan lo que quieran».

Hasta que llegó el día que cambió todo. Fue en la consulta del doctor Ramírez, un hombre serio que no se andaba con rodeos. —Lucía, Sergio, los análisis no mienten. Tenéis hígado graso, el colesterol por las nubes y estáis a un paso de la diabetes. Si no cambiáis ya, os estáis jugando la vida—. Sentí cómo se me helaba la sangre. Miré a Sergio buscando apoyo, pero él tenía la mirada perdida en el suelo.

Salimos de la consulta en silencio. El camino a casa fue eterno. Nadie dijo nada hasta que cerramos la puerta tras nosotros. —¿Y ahora qué? —pregunté con voz temblorosa. Sergio se encogió de hombros.—No lo sé, Lucía. No sé si puedo cambiar—.

Esa noche no cenamos. Ni pizza ni kebab ni nada. Solo lágrimas y miedo. Me senté en la cama y lloré como hacía años que no lloraba. Recordé las tardes en casa de mi abuela en Toledo, cuando cocinábamos juntos lentejas y reíamos sin miedo a nada. ¿En qué momento la comida dejó de ser amor y se convirtió en castigo?

Los días siguientes fueron una pesadilla. Mi madre me llamaba cada mañana para preguntarme si había desayunado fruta o si seguía con los bollos industriales. Mi hermana Marta me enviaba recetas saludables por WhatsApp y mi padre, siempre tan seco, solo decía: —Tienes que ser fuerte, hija—. Pero yo solo quería volver a mi sofá con Sergio y olvidar todo.

Pero Sergio cambió antes que yo. Una tarde llegó a casa con una bolsa llena de verduras y pescado fresco.—He hablado con mi primo Álvaro, el nutricionista—me dijo—. Me va a ayudar. ¿Te apuntas?—

Sentí rabia y vergüenza. ¿Por qué él sí podía y yo no? ¿Por qué sentía que me estaba dejando atrás? Empezamos a discutir por tonterías: si ponía demasiada sal en la ensalada, si él quería salir a caminar y yo prefería quedarme viendo series… La tensión crecía cada día.

Una noche exploté.—¡No eres el mismo! ¡Ya no te reconozco!—le grité.—¿Y tú qué quieres? ¿Que volvamos a lo de antes y acabemos enfermos?—me respondió él, con los ojos llenos de lágrimas.

Me encerré en el baño y me miré al espejo largo rato. Vi a una mujer cansada, asustada y sola. Por primera vez entendí que no era solo una cuestión de kilos o de salud: era miedo a perderlo todo, incluso a mí misma.

Decidí pedir ayuda. Fui al centro de salud del barrio y hablé con Carmen, la psicóloga.—No es solo dejar de comer mal—me dijo—. Es aprender a cuidarte y a perdonarte por lo que has hecho hasta ahora—.

Empezamos juntos una nueva rutina: caminatas por el parque del Retiro los domingos por la mañana, cocinar juntos platos sencillos pero sanos, celebrar cada pequeño logro (como bajar una talla o dormir mejor) y hablar mucho, muchísimo. Hubo recaídas: noches en las que caíamos en la tentación de pedir comida rápida o días en los que discutíamos porque uno avanzaba más rápido que el otro.

Pero también hubo momentos hermosos: como cuando Sergio me abrazó después de nuestra primera carrera popular en Madrid o cuando mi madre me dijo, con lágrimas en los ojos: —Estoy orgullosa de ti, hija—.

No fue fácil ni rápido. Hubo días oscuros, llenos de culpa y miedo al fracaso. Pero poco a poco aprendimos a querernos de otra manera: sin escondernos detrás de la comida ni del sofá.

Hoy miro atrás y me pregunto cómo dejamos que todo llegara tan lejos. ¿Por qué nadie nos enseñó a cuidar nuestro cuerpo y nuestra mente? ¿Por qué es tan fácil caer en la trampa del consuelo rápido?

A veces me despierto por la noche y escucho la respiración tranquila de Sergio a mi lado. Pienso en todo lo que estuvimos a punto de perder por no saber decir basta a tiempo.

¿Y vosotros? ¿Habéis sentido alguna vez que una pasión compartida puede ser también una condena? ¿Hasta dónde estaríais dispuestos a llegar para salvaros… juntos?