¿Quién soy yo si no soy Hugo?
—¡Hugo, ven aquí ahora mismo! —La voz de mi madre retumba en el pasillo, cortando el aire como un cuchillo. Estoy sentado en el suelo del salón, rodeado de mis coches de juguete, pero dejo todo y corro hacia ella. Tiene el móvil en la mano y la cara tensa, como cuando discutía con papá antes de que se fuera de casa.
—¿Qué pasa, mamá? —pregunto, con la inocencia de quien todavía cree que el mundo es sencillo.
Ella se agacha para mirarme a los ojos. Sus manos tiemblan un poco cuando me acaricia el pelo.
—Cariño, ¿te gustaría llamarte de otra manera? —me dice, y yo no entiendo nada. ¿Por qué iba a querer otro nombre si el mío me gusta? Me llamo Hugo desde que aprendí a decir mi nombre. Es lo primero que escribí en la pizarra de la clase. Es lo que grita la seño Marta cuando me toca salir a la pizarra.
—¿Por qué? —le pregunto, sintiendo un nudo en la garganta.
—Porque hay muchos Hugos en tu clase, y quiero que seas especial —responde ella, intentando sonreír, pero sus ojos están tristes.
No sé qué contestar. Solo sé que no quiero ser otro. No quiero ser Lucas, ni Mateo, ni Adrián. Quiero ser Hugo. Pero mamá insiste. Esa noche, mientras ceno croquetas y veo los dibujos, la oigo hablar con la abuela por teléfono.
—Mamá, no lo entiendes. En su clase hay tres Hugos más. Cuando le llaman, todos miran. No quiero que mi hijo sea uno más —dice mi madre, casi llorando.
La abuela le responde algo que no entiendo bien, pero sé que está enfadada porque habla muy rápido y usa palabras largas. Me siento pequeño y confundido. ¿Por qué importa tanto cómo me llamo?
Al día siguiente en el colegio, la seño Marta nos llama por nuestros nombres para formar filas. Cuando dice «Hugo», tres manos se levantan. Yo soy uno de ellos. Los otros dos Hugos me miran y sonríen. Somos como un club secreto. Me gusta compartir mi nombre con ellos. Me siento acompañado.
Pero cuando vuelvo a casa, mamá me espera con una lista de nombres escrita en una hoja:
—¿Te gustaría llamarte Gael? ¿O tal vez Iker? Mira, aquí hay nombres bonitos y poco comunes —me dice, señalando la lista con entusiasmo forzado.
—No quiero otro nombre —le digo bajito.
Ella suspira y se sienta a mi lado.
—Hugo, cariño, quiero lo mejor para ti. No quiero que sufras por ser uno más —me dice, abrazándome fuerte.
No entiendo por qué piensa que voy a sufrir. Yo solo sufro cuando me quitan el postre o cuando papá no viene a buscarme los viernes.
Esa noche sueño que me llaman por otro nombre y nadie me reconoce. Ni mis amigos ni la seño Marta ni siquiera mi abuela. Me despierto llorando y corro a la cama de mamá.
—No quiero ser otro niño —le digo entre sollozos.
Ella me abraza y me promete que no va a cambiarme el nombre si yo no quiero. Pero al día siguiente, cuando vamos al parque, una madre se acerca a la nuestra y le pregunta:
—¿Cómo se llama tu hijo?
—Hugo —responde ella, bajando la voz como si le diera vergüenza.
La otra madre sonríe:
—¡El mío también! ¡Y el de mi vecina! Parece que este año solo nacieron Hugos —dice riendo.
Mamá sonríe también, pero yo noto que está incómoda. Cuando volvemos a casa, está callada todo el camino. Por la noche, mientras me cepillo los dientes, la oigo discutir con papá por teléfono:
—No entiendes nada, Jorge. No quiero que nuestro hijo sea uno más del montón —dice ella enfadada.
Papá le responde algo que no escucho bien, pero luego viene a verme el fin de semana y me pregunta:
—¿Te gusta tu nombre?
Asiento con fuerza.
—Entonces nadie tiene derecho a cambiártelo —me dice sonriendo y me revuelve el pelo.
Pero mamá sigue dándole vueltas al asunto. Busca foros en internet donde otras madres opinan sobre nombres originales y únicos. Algunas le dicen que es una tontería cambiarle el nombre a un niño de cinco años; otras la animan a hacerlo antes de que sea demasiado tarde.
Un día llega a casa con una caja de cartulina y rotuladores de colores.
—Vamos a hacer una lista de las cosas que te gustan de tu nombre —me propone.
Escribo: «Me gusta porque es corto», «Me gusta porque mi abuela lo dice bonito», «Me gusta porque mis amigos también se llaman así».
Mamá lee la lista en silencio y llora un poco. Me abraza muy fuerte y me pide perdón.
—Perdóname por hacerte dudar de quién eres —me dice entre lágrimas.
Desde ese día ya no hablamos más del tema. Sigo siendo Hugo, aunque haya muchos más como yo en el cole. Pero cada vez que escucho mi nombre en boca de otra persona, pienso en todo lo que significa para mí: mi historia, mis recuerdos, mi familia rota pero unida por momentos como este.
A veces me pregunto: ¿De verdad importa tanto cómo nos llamamos? ¿O lo importante es quiénes somos cuando nadie nos está mirando?