Cuatro generaciones y una sola habitación: confesiones de una abuela española
—¡Mamá, Lucía ha vuelto a mojar la cama! —grita mi nieto mayor, Sergio, desde el rincón donde duerme sobre un colchón gastado. Me levanto de la silla desvencijada, con el cuerpo entumecido por el frío de la madrugada y el alma desgarrada por la impotencia. La habitación huele a humedad y a sueños rotos. Miro a mi alrededor: cuatro paredes desconchadas, una ventana que apenas deja pasar la luz, tres colchones en el suelo y una cuna improvisada con mantas viejas. Aquí vivimos los cuatro… y pronto seremos cinco.
Me llamo Carmen, tengo 67 años y soy abuela, madre y sostén de esta familia deshecha. Mi hijo, Manuel, desapareció anoche otra vez. No sé si está en el bar del barrio, si busca trabajo o si simplemente ha huido de la realidad que él mismo ha creado. Su mujer nos dejó hace dos años, incapaz de soportar la miseria y las discusiones. Desde entonces, mis nietos son mi vida y mi condena.
—Abuela, ¿por qué papá no viene nunca? —me pregunta Lucía con los ojos grandes y tristes mientras le cambio las sábanas mojadas.
No sé qué responderle. ¿Cómo explicarle a una niña de seis años que su padre no sabe ser padre? ¿Cómo decirle que yo tampoco sé si podré seguir siendo madre y abuela mucho tiempo más?
En el pasillo se oye un portazo. Manuel entra tambaleándose, con la chaqueta sucia y la mirada perdida.
—¿Otra vez llegas así? —le reprocho en voz baja, para no despertar a los pequeños.
—No empieces, mamá. Bastante tengo ya —responde él, sin mirarme.
—¿Y nosotros qué? ¿No tienes bastante con vernos aquí, todos apretados como sardinas? ¿No te duele ver a tus hijos crecer entre la miseria?
Manuel se encoge de hombros y se encierra en el baño. Siento rabia, tristeza y una culpa que me corroe por dentro. ¿En qué fallé como madre? ¿Por qué mi hijo no puede ser el hombre que sus hijos necesitan?
La vecina del tercero, Rosario, me trae a veces un poco de leche o pan duro. «Carmen, tienes que pedir ayuda a los servicios sociales», me dice siempre. Pero yo no quiero que nos separen. Prefiero vivir todos juntos en esta habitación antes que ver a mis nietos repartidos por casas de acogida.
Por las noches, cuando los niños duermen y Manuel se ha ido otra vez, me siento junto a la ventana y lloro en silencio. Recuerdo mi infancia en un pueblo de Castilla, cuando éramos pobres pero felices. Recuerdo a mi marido, Antonio, que murió hace cinco años y que siempre decía: «Mientras estemos juntos, todo irá bien». Pero ahora ya no estamos juntos… y nada va bien.
El médico del centro de salud me ha dicho que tengo la tensión alta y que debería descansar más. ¿Descansar? ¿Cómo se descansa cuando tienes tres niños pequeños a tu cargo y otro en camino? Porque sí, mi nuera apareció hace unas semanas sólo para dejarme a la pequeña Inés y anunciarme que está embarazada otra vez… pero que no piensa volver.
A veces pienso en rendirme. En llamar a los servicios sociales y decirles que ya no puedo más. Pero entonces veo a Sergio abrazando a sus hermanas mientras duermen, o escucho a Lucía cantar bajito para consolar a Inés cuando llora por las noches… Y me digo que no puedo fallarles. Que aunque el amor no pague facturas ni cure enfermedades, es lo único que nos queda.
Un día cualquiera, mientras preparo una sopa aguada con lo poco que queda en la despensa, Manuel entra con los ojos rojos de haber llorado o bebido demasiado.
—Mamá… lo siento —susurra—. No sé qué hacer con mi vida.
Me acerco despacio y le abrazo. Siento su cuerpo temblar como el de un niño asustado.
—Tienes que ser fuerte por tus hijos —le digo—. No puedo hacerlo todo sola.
Él asiente, pero sé que mañana volverá a desaparecer. Y yo volveré a quedarme sola con mis miedos y mis responsabilidades.
A veces sueño con tener una casa grande donde cada uno tenga su propia cama. Sueño con ver a mis nietos correr por un parque sin miedo al futuro. Sueño con volver a ser sólo abuela… y dejar de ser madre de mi propio hijo.
Pero despierto cada mañana en esta habitación fría, rodeada de pequeñas manos que buscan calor y protección. Y me pregunto: ¿Hasta cuándo podrá resistir una madre? ¿Hasta dónde llega el amor cuando ya no queda esperanza?
¿Y vosotros? ¿Qué haríais si el amor ya no fuera suficiente para sostener a vuestra familia?