Mi madre gastó el préstamo de mi operación en unas vacaciones en Benidorm
—¿Dónde está el dinero, mamá? —pregunté con la voz temblorosa, apretando el papel del banco entre mis manos sudorosas. El salón olía a café frío y a mentira. Mi madre, Carmen, ni siquiera levantó la vista del móvil.
—¿Qué dinero, Lucía? —respondió con esa calma que siempre me había puesto nerviosa, como si nada en el mundo pudiera sacudirla.
—El préstamo para la operación. El que pedimos juntas. El que era para mí —insistí, sintiendo cómo la rabia me subía por la garganta.
Ella suspiró, dejó el móvil sobre la mesa y me miró por fin. Sus ojos, tan parecidos a los míos, tenían un brillo extraño, casi desafiante.
—No lo entiendes ahora, pero lo hice por las dos —dijo. Y entonces supe que era verdad: el dinero ya no estaba.
Hace apenas una semana, todo parecía bajo control. Después de meses de dolores y visitas al hospital, por fin tenía fecha para la operación de columna que necesitaba desde hacía años. El médico fue claro: sin esa intervención, mi movilidad se vería cada vez más limitada. Mi madre y yo, solas desde que papá nos dejó por otra familia en Valencia, habíamos conseguido un préstamo con mucho esfuerzo. Era nuestra esperanza.
Pero ahora, sentada frente a ella en nuestro piso de Alcorcón, sentí que el suelo se abría bajo mis pies.
—¿Por qué? —susurré, sin fuerzas ya para gritar.
Carmen se encogió de hombros y se levantó para encender un cigarro junto a la ventana abierta. Afuera, los gritos de los niños jugando en la plaza parecían de otro mundo.
—Necesitaba respirar, Lucía. Necesitaba salir de aquí aunque fuera unos días. Me fui a Benidorm con las chicas del bingo. No podía más —confesó, sin mirarme.
Me quedé helada. ¿Benidorm? ¿Con las amigas del bingo? ¿Y mi operación? ¿Mi salud?
—¿Y yo? ¿No pensaste en mí? —mi voz sonaba hueca, como si hablara desde el fondo de un pozo.
Ella se giró y vi lágrimas en sus mejillas. Pero no me conmovieron. No podía.
—Siempre pienso en ti, hija. Pero esta vez… esta vez pensé en mí. Lo siento —dijo.
No recuerdo cuánto tiempo estuve allí sentada, mirando el humo del cigarro perderse por la ventana. Solo sé que esa noche no dormí. Ni la siguiente tampoco.
Los días pasaron lentos y pesados. Intenté buscar soluciones: llamé al hospital para retrasar la operación, hablé con el banco para ver si podía renegociar el préstamo, incluso pedí ayuda a mi tía Pilar en Zaragoza. Nadie podía hacer nada. El dinero se había ido en hoteles baratos y cenas frente al mar.
La relación con mi madre se volvió insoportable. Apenas nos hablábamos. Cuando lo hacíamos, era para discutir o lanzarnos reproches velados.
—No tienes ni idea de lo que es estar sola toda la vida —me gritó una tarde mientras yo preparaba una sopa instantánea para cenar.
—¿Y tú sí sabes lo que es vivir con dolor cada día? —le respondí, lanzando la cuchara al fregadero.
El silencio después de esa pelea fue más duro que cualquier palabra.
Empecé a notar miradas extrañas de los vecinos en el portal. La señora Rosario me preguntó si ya me había operado y tuve que mentirle. Mi mejor amiga, Marta, me ofreció quedarse conmigo unos días para distraerme, pero no tenía fuerzas ni para fingir que todo iba bien.
Una tarde de domingo, mientras veía fotos antiguas en el móvil, encontré una imagen de cuando tenía diez años: mamá y yo en la playa de San Juan, riendo bajo una sombrilla azul. Recordé cómo me prometió que siempre estaríamos juntas pase lo que pase. Me eché a llorar como una niña pequeña.
La rabia dio paso a la tristeza y luego al miedo: miedo a no poder operarme nunca, miedo a depender siempre de los demás, miedo a convertirme en alguien amargado y solo como ella.
Un día recibí una carta del hospital: si no confirmaba la operación antes de dos semanas, perdería mi plaza en lista de espera. Sentí pánico. No podía dejar que todo terminara así.
Esa noche me armé de valor y fui al salón donde mi madre veía una telenovela mexicana.
—Mamá —dije con voz firme—. Necesito que me ayudes a encontrar una solución. No podemos seguir así.
Ella apagó la tele y me miró como si me viera por primera vez en meses.
—No sé cómo arreglarlo, Lucía… No tengo nada más —susurró.
—Pero tienes a tu hija —le respondí—. Y yo te necesito ahora más que nunca.
Nos abrazamos por primera vez desde aquel día horrible. Lloramos juntas durante mucho rato. No solucionamos nada esa noche, pero algo cambió entre nosotras: dejamos de ser enemigas para volver a ser madre e hija.
Al día siguiente fuimos juntas al banco a pedir ayuda. Nos humillamos delante del director, explicando toda la situación. No conseguimos otro préstamo, pero nos ofrecieron aplazar algunos pagos para poder ahorrar algo cada mes.
Empecé a buscar trabajo online: traducciones, clases particulares… cualquier cosa para reunir dinero poco a poco. Mi madre vendió algunas joyas antiguas y dejó el bingo definitivamente. No fue fácil ni rápido; tardamos casi un año en conseguir lo suficiente para reprogramar la operación.
El día que entré al quirófano sentí miedo, pero también esperanza. Mi madre estaba allí, esperándome con los ojos hinchados pero llenos de orgullo.
Hoy sigo recuperándome física y emocionalmente. Nuestra relación no volvió a ser igual; hay heridas que nunca cierran del todo. Pero aprendí algo importante: la confianza puede romperse en un segundo, pero reconstruirla lleva toda una vida… si es que alguna vez se consigue del todo.
A veces me pregunto: ¿qué haríais vosotros si vuestra propia madre os traicionara así? ¿Se puede perdonar algo así alguna vez?