¿Alguna vez fui parte de esta familia?
—No hace falta que vengas, Carmen. Es mejor así —me dijo Lucía, con esa voz fría que nunca supe descifrar del todo.
Ahora estoy aquí, en la acera frente al salón de celebraciones en Alcalá de Henares, escuchando los acordes de una guitarra flamenca que se escapan por las ventanas abiertas. La gente entra y sale, riendo, abrazándose. Yo, en cambio, me abrazo a mí misma, sintiendo cómo el aire de junio me pesa en los hombros.
Recuerdo la primera vez que vi a Lucía. Tenía ocho años y el pelo recogido en dos trenzas. Su padre, Antonio, me la presentó en el parque, justo al lado del quiosco de churros. «Lucía, esta es Carmen», dijo él, con esa sonrisa nerviosa de quien sabe que está pidiendo demasiado. Ella me miró con desconfianza y se escondió tras su padre. Pensé que con el tiempo todo cambiaría.
Pero los años pasaron y aunque compartimos desayunos de domingo, tardes de deberes y alguna que otra excursión a la sierra de Guadarrama, siempre sentí que había un muro invisible entre nosotras. Yo ponía todo mi empeño: le preparaba su merienda favorita, le ayudaba con los disfraces para las fiestas del colegio y hasta aprendí a hacer croquetas como las de su abuela Pilar. Pero Lucía nunca me llamó «mamá». Ni siquiera «Carmen» con cariño. Era siempre un «oye» o un silencio.
Antonio intentaba mediar. «Dale tiempo», me decía por las noches cuando yo lloraba en la cocina, escondida para que Lucía no me viera vulnerable. «Es normal, lo ha pasado mal con la separación». Yo asentía y seguía intentándolo. Pero el tiempo no curó nada; solo hizo más grueso ese muro.
Cuando Lucía cumplió dieciocho años y se fue a estudiar a Salamanca, pensé que la distancia nos ayudaría a acercarnos. Le mandaba mensajes cada semana: «¿Cómo te va? ¿Necesitas algo?». A veces respondía con monosílabos; otras veces ni eso. Antonio me decía que no me lo tomara a pecho, pero cada silencio era una herida nueva.
Hace tres meses, Antonio llegó a casa con una invitación de boda en la mano. Era para él. Para mí, nada. «Quizá se ha olvidado», intentó justificarlo él, pero yo sabía que no era un olvido. Lucía había decidido que yo no formaba parte de ese día tan importante.
La noche antes del enlace, reuní el valor para llamarla.
—Lucía, solo quería desearte lo mejor para mañana —dije, intentando que mi voz no temblara.
—Gracias —respondió ella seca—. Pero prefiero que no vengas. No quiero líos con mamá ni con la familia.
—¿Líos? Yo solo quiero verte feliz…
—Carmen, por favor. No lo hagas más difícil.
Colgó antes de que pudiera decir nada más.
Hoy, mientras veo pasar a los invitados —su madre biológica con un vestido azul marino impecable; sus primos; sus amigas del instituto— siento que he sido una extraña todos estos años. Nadie me mira. Nadie se pregunta por qué estoy aquí fuera, sola.
De repente veo a Antonio salir del salón. Me busca con la mirada y cuando me encuentra se acerca rápido.
—Carmen… ¿qué haces aquí?
—Solo quería verla entrar… aunque fuera desde lejos —respondo bajito.
Antonio suspira y me toma la mano.
—Lo siento tanto… He intentado hablar con ella pero…
—No es tu culpa —le corto—. Quizá nunca debí pensar que podía ser parte de esto.
Antonio me abraza fuerte y siento cómo mis lágrimas mojan su camisa.
—Para mí eres familia —me susurra al oído—. Siempre lo serás.
Pero yo sé que no es suficiente. No para Lucía. No para el resto.
Vuelvo a casa caminando despacio por las calles empedradas del centro histórico. Cada paso es un recuerdo: las Navidades en las que decorábamos el árbol juntas; los veranos en la playa de Benidorm; las discusiones por tonterías; los silencios eternos después de cada pelea.
Al llegar al portal, me encuentro con mi vecina Rosario.
—¿No estabas invitada al bodorrio? —pregunta sin filtro, como siempre.
—No —respondo simplemente.
Rosario me mira con compasión y me invita a tomar un café en su casa. Acepto porque no quiero estar sola.
Sentadas en su cocina, Rosario me escucha desahogarme sin juzgarme.
—A veces los hijos no ven todo lo que hacemos por ellos —dice—. Pero tú sabes lo que has dado.
Asiento en silencio. Pero el vacío sigue ahí.
Esa noche, tumbada en la cama, repaso cada momento vivido con Lucía. ¿En qué fallé? ¿Por qué nunca fui suficiente? ¿Qué significa realmente ser familia? ¿La sangre pesa más que el amor?
Quizá nunca tenga respuestas claras. Pero sé que he amado a Lucía como si fuera mi hija y eso nadie podrá quitármelo jamás.
¿De verdad nunca fui parte de esta familia? ¿O es la familia algo más profundo que una invitación o un apellido? ¿Qué pensáis vosotros?