Entre cuatro paredes: la traición que nunca imaginé
—¿Por qué tienes esa cara, Lucía? —me preguntó mi madre, con ese tono entre preocupación y reproche que tanto detestaba.
Yo no respondí. Me limité a mirar por la ventana, apretando los puños sobre la mesa de la cocina. El sol de Madrid entraba a raudales, pero dentro de mí solo había sombra. Mi hijo dormía en la habitación contigua, ajeno a todo. Y yo, por primera vez en mi vida, sentí que estaba a punto de romperme.
No quería escucharla. Desde pequeña me había prometido que no sería como ella: desconfiada, siempre viendo amenazas donde solo había gente. Pero ahora, con el corazón hecho trizas, me preguntaba si no habría tenido razón desde el principio.
Todo empezó hace un año, cuando nació Mateo. La maternidad me golpeó como un tren: noches sin dormir, el cuerpo destrozado, la mente hecha un torbellino. Mi marido, Álvaro, trabajaba hasta tarde y yo me sentía sola, invisible. Fue entonces cuando llamé a mi amiga Carmen.
—Ven cuando quieras —le dije por WhatsApp—. Necesito hablar con alguien que no sea un bebé.
Carmen llegó con una bolsa de croquetas y una sonrisa enorme. Siempre fue así: luminosa, divertida, capaz de hacerme reír incluso en los peores días. Empezó a venir cada semana. Me ayudaba con Mateo, cocinaba conmigo, escuchaba mis quejas sobre Álvaro y la maternidad. Poco a poco, se convirtió en mi refugio.
Mi madre, sin embargo, nunca confió en ella.
—Ten cuidado con las amigas tan disponibles —me advirtió un día—. Nadie da tanto sin esperar algo a cambio.
Me reí en su cara. ¡Qué anticuada! ¿Acaso no podía tener una amiga de verdad? ¿Por qué siempre tenía que pensar mal?
Pero las cosas empezaron a cambiar. Álvaro comenzó a llegar aún más tarde a casa. Cuando estaba, parecía ausente. Yo le preguntaba si pasaba algo y él lo negaba todo.
—Solo estoy cansado —decía—. El trabajo me tiene frito.
Una noche, mientras recogía los platos después de cenar con Carmen y Álvaro, noté algo raro en sus miradas. Fue solo un segundo: una chispa, una complicidad que no entendí. Me dije que era paranoia. Que estaba cansada y veía fantasmas donde no los había.
Pero los detalles se fueron acumulando: mensajes en el móvil de Álvaro a horas extrañas, risas compartidas entre ellos cuando pensaban que yo no miraba, una bufanda de Carmen olvidada en nuestro sofá más veces de las que podía recordar.
Una tarde lluviosa de noviembre, mientras Mateo dormía y yo doblaba ropa en el salón, escuché risas en la cocina. Me acerqué sin hacer ruido. Carmen y Álvaro estaban demasiado cerca; sus manos se rozaban mientras preparaban café. Cuando entré, se separaron bruscamente.
—¿Qué hacéis? —pregunté, intentando sonar casual.
—Nada —dijo Carmen—. Solo hablábamos del partido del domingo.
No les creí. Pero tampoco quise enfrentar la verdad.
Esa noche, mientras Álvaro se duchaba y Mateo lloraba en su cuna, revisé el móvil de mi marido por primera vez en mi vida. Encontré mensajes con Carmen: bromas privadas, fotos tontas… y uno que me heló la sangre:
«Ojalá pudiera verte mañana otra vez.»
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Lloré en silencio para no despertar a Mateo. Al día siguiente enfrenté a Carmen.
—¿Desde cuándo? —le pregunté sin rodeos cuando vino a casa.
Ella bajó la mirada. No intentó negarlo.
—Lucía… No fue planeado. Todo empezó sin darnos cuenta…
La interrumpí con un grito ahogado. No quería escuchar excusas ni explicaciones baratas sobre sentimientos incontrolables. Le pedí que se fuera y que no volviera nunca más.
Álvaro intentó justificarse: «Estaba solo, tú estabas distante…». Palabras vacías que rebotaban contra mi dolor como piedras lanzadas al mar.
Durante semanas viví como un fantasma en mi propia casa. Mi madre vino a ayudarme con Mateo y yo apenas podía mirarla a los ojos.
—Te lo advertí —me dijo una noche mientras preparábamos biberones—. No es cuestión de ser desconfiada; es cuestión de proteger lo tuyo.
La odié por tener razón. Odié aún más no haberla escuchado.
Ahora vivo sola con Mateo en un piso pequeño cerca del Retiro. Álvaro se fue con Carmen; dicen que están enamorados. Yo intento reconstruir mi vida entre pañales y noches en vela, preguntándome si algún día volveré a confiar en alguien.
A veces me miro al espejo y veo el reflejo de mi madre: fuerte pero herida, siempre alerta ante la próxima traición.
¿De verdad podemos escapar del peso de nuestra historia familiar? ¿O estamos condenados a repetir los mismos errores una y otra vez?