Cuando el corazón se rompe: la noche en que me quedé sola con mi hija

—No puedo más, Marta. Necesito descansar. Llévate a Lucía a casa de tus padres esta noche —me dijo Sergio, con la voz quebrada y la mirada perdida en la ventana empañada por la lluvia.

Me quedé paralizada, con Lucía en brazos, su llanto mezclándose con el retumbar de mi propio corazón. La habitación olía a leche y a miedo. No entendía nada. ¿Cómo podía pedirme eso justo ahora, cuando más le necesitaba? Habían pasado solo tres semanas desde que nuestra hija nació y yo sentía que el mundo se me venía encima.

—¿Quieres que me vaya? —pregunté, casi sin voz, esperando que dijera que no, que todo era un malentendido.

Pero él solo asintió, sin mirarme. Cogí una muda para Lucía, un par de pañales y mi abrigo. Salí al portal bajo la lluvia, sintiendo que cada gota era una acusación. Caminé hasta la parada del autobús, con Lucía apretada contra mi pecho, temblando las dos.

En el trayecto hasta casa de mis padres, no podía dejar de preguntarme qué había hecho mal. ¿Por qué Sergio ya no me quería cerca? ¿Era culpa mía por estar tan cansada, por no poder con todo? Miré a Lucía dormida y sentí una mezcla de amor y miedo tan intensa que casi me ahoga.

Mi madre abrió la puerta con el rostro lleno de preocupación.

—¿Qué ha pasado, hija? ¿Por qué venís así?

No pude responder. Me eché a llorar en sus brazos mientras mi padre cogía a Lucía con manos temblorosas pero seguras. Me sentí pequeña otra vez, como cuando tenía fiebre y mi madre me arropaba en el sofá del salón.

Esa noche no dormí. Escuchaba el silencio roto solo por los suspiros de Lucía y los murmullos de mis padres en la cocina. Me sentía una carga, una fracasada. Recordé las palabras de Sergio antes de irnos: «No sé si esto es lo que quiero para mi vida». Me dolieron más que cualquier grito.

A la mañana siguiente, mi madre preparó café y tostadas. Se sentó frente a mí y me miró con esa mezcla de ternura y firmeza que solo las madres tienen.

—Marta, tienes que ser fuerte por Lucía. No puedes dejarte hundir ahora. Si Sergio necesita tiempo, dáselo. Pero tú tienes que pensar en ti y en tu hija.

Asentí, aunque por dentro solo quería desaparecer. Mi padre entró en el salón y dejó el periódico sobre la mesa.

—¿Vas a volver a casa hoy?

No supe qué responder. ¿Cómo volver a una casa donde ya no me sentía bienvenida? ¿Dónde el hombre al que amaba me había pedido que me marchara?

Pasaron los días y Sergio apenas llamaba. Solo preguntaba por Lucía, nunca por mí. Mis amigas intentaban animarme por WhatsApp:

—Marta, no estás sola. Si necesitas hablar, aquí estoy —me escribió Laura.

Pero yo no quería hablar con nadie. Sentía vergüenza, rabia y un dolor sordo en el pecho. Mi madre insistía en que saliera a pasear con Lucía para despejarme, pero cada vez que veía parejas jóvenes empujando carritos por el Retiro sentía una punzada de envidia y tristeza.

Una tarde, mientras cambiaba a Lucía en la habitación donde crecí, mi padre entró sin hacer ruido.

—¿Sabes? Cuando naciste tú, tu madre y yo también tuvimos momentos difíciles. No es fácil ser padres. Pero nunca dejamos de hablar. Quizá Sergio solo está asustado.

Le miré y vi en sus ojos la preocupación sincera de un hombre que había luchado por su familia toda la vida. Me pregunté si yo sería capaz de hacer lo mismo.

Esa noche recibí un mensaje de Sergio: «Necesito más tiempo. No sé si puedo seguir así».

Sentí cómo se me rompía algo por dentro. Lloré hasta quedarme sin lágrimas. Mi madre entró en la habitación y me abrazó fuerte.

—No estás sola, Marta. Pase lo que pase, siempre tendrás un hogar aquí.

Los días se convirtieron en semanas. Aprendí a cuidar sola de Lucía: a calmar sus cólicos, a dormirla en mis brazos cuando nada funcionaba, a reírme de su primer balbuceo aunque por dentro estuviera rota.

Un día decidí escribirle una carta a Sergio:

«Sergio,
No sé qué nos ha pasado ni cuándo dejamos de ser nosotros. Solo sé que Lucía necesita un padre presente y yo necesito saber si aún quieres luchar por esta familia. No te pido respuestas ahora, pero sí sinceridad. Si decides no volver, aprenderé a vivir con ello. Pero necesito saberlo para poder seguir adelante».

Nunca respondió a esa carta.

Con el tiempo, empecé a reconstruirme poco a poco. Volví al trabajo media jornada gracias a la ayuda de mis padres. Aprendí a pedir ayuda sin sentirme menos madre por ello. Descubrí una fuerza dentro de mí que no sabía que tenía.

A veces veo a Sergio en fotos antiguas y me pregunto si alguna vez fue feliz conmigo o si todo fue una ilusión alimentada por el miedo a estar sola.

Hoy Lucía cumple seis meses. La miro dormir y siento orgullo de haber llegado hasta aquí, aunque el camino haya sido tan duro.

¿Es posible volver a confiar después de que te rompan el corazón? ¿Cuántas mujeres habrán pasado por noches como la mía? Me gustaría saber si alguna vez habéis sentido ese vacío… ¿Cómo se sigue adelante cuando todo parece perdido?