Detrás de la Puerta Cerrada: La Verdad Sobre las Noches de Sergio en Casa de Lucía

—¿Otra vez te vas a quedar hasta tarde en casa de Lucía?— pregunté, intentando que mi voz no temblara, mientras Sergio se abrochaba la chaqueta en el recibidor.

Él ni siquiera me miró. —Es su cumpleaños, Marta. Ya te lo dije. Además, sabes que Lucía es como una hermana para mí.

Mentira. O eso quería creerme. Porque en mi pecho ya se había instalado esa punzada de duda, esa sensación viscosa de que algo no encajaba. Tres años juntos, tres años de cenas improvisadas, de domingos de paseo por El Retiro, de risas y promesas susurradas bajo las sábanas. Y, sin embargo, desde hacía meses, Sergio se escurría entre mis dedos como agua. Siempre con Lucía. Siempre con esa excusa de la amistad de toda la vida.

Esa noche no dormí. Me quedé mirando el techo, repasando cada conversación, cada mirada esquiva, cada vez que Sergio apartaba el móvil cuando yo entraba en la habitación. ¿Por qué no podía confiar en él? ¿Por qué sentía que me estaba volviendo loca?

Al día siguiente, mientras desayunábamos en silencio, le pregunté directamente:

—¿Tú me quieres, Sergio?

Él levantó la vista del café y me sonrió con esa sonrisa suya que antes me derretía y ahora solo me helaba por dentro.

—Claro que sí, Marta. No digas tonterías.

Pero ya no podía ignorar lo evidente. Así que hice lo que nunca pensé que haría: seguí a Sergio una noche hasta el portal de Lucía. Vi cómo ella le abría la puerta con una bata azul y cómo él entraba sin mirar atrás. Me quedé allí, temblando bajo la lluvia madrileña, sintiéndome ridícula y rota.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que decidí enfrentarme a Lucía. Llamé al timbre una tarde cualquiera, con el corazón desbocado y las manos sudorosas.

—Hola, ¿eres Marta?— preguntó ella al abrirme. Tenía el pelo recogido en un moño desordenado y los ojos rojos de haber llorado.

—Necesito hablar contigo— le dije sin rodeos.

Lucía me hizo pasar al salón. El piso olía a café y a tristeza. Nos sentamos frente a frente, dos desconocidas unidas por un hombre al que ambas queríamos de formas distintas.

—Sé que Sergio pasa aquí muchas noches— empecé, con la voz quebrada.

Lucía asintió y bajó la mirada.

—No es lo que piensas— susurró.

—¿Entonces qué es? Porque yo ya no sé qué pensar. Me estoy volviendo loca.

Lucía respiró hondo y se frotó las manos nerviosamente.

—Sergio viene porque… porque estoy enferma, Marta. Tengo depresión desde hace años. Él es el único que sabe toda la verdad. Mis padres no lo entienden, mis amigos tampoco. Sergio viene a asegurarse de que no haga ninguna tontería. Me acompaña cuando tengo miedo de dormir sola. Por eso nunca te lo ha contado: no quería preocuparte ni traicionar mi confianza.

Me quedé muda. Sentí cómo la culpa me ahogaba, cómo todas mis sospechas se convertían en cenizas amargas.

—¿Por qué no me lo dijisteis?— logré balbucear.

Lucía se encogió de hombros.—Porque a veces el dolor es tan grande que no sabes cómo ponerlo en palabras. Y porque Sergio pensó que era mejor así.

Salí de aquel piso sintiéndome más sola que nunca. Caminé sin rumbo por las calles de Madrid, entre turistas y oficinistas apurados, preguntándome cuándo había dejado de confiar en el hombre al que amaba. ¿Era culpa mía por dudar? ¿O suya por ocultarme la verdad?

Esa noche, cuando Sergio volvió a casa, le esperé sentada en el sofá.

—Lo sé todo— le dije antes de que pudiera abrir la boca.

Él se quedó quieto, con los ojos llenos de miedo y cansancio.

—Lo siento, Marta. No quería hacerte daño. Solo quería ayudarla.

Lloramos juntos durante horas. Le abracé como si fuera la última vez, intentando perdonarle y perdonarme a mí misma por haber dejado que la desconfianza creciera entre nosotros como una mala hierba.

Pero algo se había roto. La confianza es como un vaso de cristal: una vez agrietado, nunca vuelve a ser igual.

Pasaron semanas antes de que pudiera mirar a Sergio sin sentir ese nudo en el estómago. Seguimos juntos un tiempo más, intentando recomponer los pedazos de nuestra relación, pero ya nada era igual. Al final, fui yo quien decidió marcharse. Necesitaba aprender a confiar en mí misma antes de poder confiar en nadie más.

A veces me pregunto si hice bien. Si el amor puede sobrevivir a las mentiras piadosas o si hay secretos demasiado pesados para compartirlos incluso con quien más quieres.

¿Vosotros qué pensáis? ¿Se puede reconstruir la confianza después de una traición así? ¿O hay heridas que nunca terminan de cerrar?