¿Por qué siempre pago yo? Mi confesión sobre el dinero en mi relación con Sergio

—¿Otra vez has pagado tú la compra, Natalia? —me preguntó mi hermana Lucía mientras descargábamos las bolsas en la cocina de mi piso en Vallecas. Su tono era una mezcla de sorpresa y resignación, como si ya supiera la respuesta antes de escucharla.

No contesté. Solo asentí, sintiendo cómo el peso de las bolsas era mucho menor que el peso que llevaba dentro desde hacía años. Sergio, mi pareja desde hace siete años, estaba en el salón, absorto en su móvil, como siempre que llegaba a casa después del trabajo. Yo, mientras tanto, repasaba mentalmente los gastos del mes: alquiler, luz, agua, supermercado… Todo salía de mi cuenta. Todo lo gestionaba yo.

Recuerdo perfectamente la primera vez que me di cuenta de que algo no iba bien. Fue hace tres años, cuando Sergio perdió su trabajo en la tienda de informática. Al principio no me importó hacerme cargo de los gastos; pensé que era temporal, que pronto encontraría algo y volveríamos a repartirnos las responsabilidades. Pero el tiempo pasó y, aunque Sergio encontró otro empleo, nunca volvió a ofrecerse para pagar nada. «Ya lo hago yo», decía cada vez que le sugería que se encargara de alguna factura. «Tú eres mejor organizando estas cosas».

Al principio me sentí útil, incluso poderosa. Me gustaba pensar que podía con todo, que era independiente y generosa. Pero poco a poco esa sensación se fue transformando en cansancio y resentimiento. Empecé a notar cómo cada vez que llegaba una factura nueva o había que hacer la compra grande del mes, sentía una punzada de rabia. ¿Por qué siempre yo?

Una noche de domingo, después de cenar una tortilla francesa que había preparado yo misma con los últimos huevos que quedaban en la nevera, me armé de valor.

—Sergio, ¿podemos hablar un momento? —le dije, sentándome frente a él en el sofá.

Él levantó la vista del móvil y me miró con cara de extrañeza.

—Claro, dime.

—Estoy cansada —le solté sin rodeos—. Cansada de ser siempre yo la que paga todo. No sé si te das cuenta, pero desde hace años soy yo quien lleva el peso económico de la casa.

Sergio frunció el ceño y suspiró.

—No es para tanto, Natalia. Yo también aporto cuando puedo.

—¿Cuándo fue la última vez que pagaste algo? —le pregunté, intentando no sonar demasiado dura.

No supo responderme. Bajó la mirada y se encogió de hombros.

—No sé… Es que tú siempre te adelantas —balbuceó.

Sentí una mezcla de tristeza y rabia. ¿De verdad era tan difícil para él entender cómo me sentía?

Esa noche no dormí bien. Me pasé horas dándole vueltas a todo: a mis amigas que compartían gastos con sus parejas, a mis padres que siempre habían sido un equipo en casa, a mi propia sensación de estar sola aunque viviera con alguien.

Al día siguiente, en el trabajo, no podía concentrarme. Mi compañera Marta me vio tan distraída que me invitó a tomar un café en la terraza del edificio.

—¿Te pasa algo? —me preguntó con esa empatía suya tan natural.

Le conté todo. Cómo Sergio parecía vivir en una burbuja donde las facturas se pagaban solas y la nevera se llenaba por arte de magia. Cómo yo había dejado de comprarme ropa o salir con amigas para poder llegar a fin de mes.

—Eso no es justo —me dijo Marta—. Si no hablas claro con él, esto solo va a ir a peor.

Tenía razón. Pero hablar claro era más difícil de lo que parecía. Cada vez que intentaba sacar el tema con Sergio, él se ponía a la defensiva o cambiaba de tema. «No seas exagerada», «Ya te invitaré a cenar un día», «No te pongas así»… Frases vacías que solo servían para hacerme sentir culpable por reclamar lo que era justo.

La gota que colmó el vaso llegó un sábado por la tarde. Habíamos quedado con unos amigos para cenar fuera y, al llegar la cuenta, Sergio ni siquiera miró la factura; directamente me pasó su tarjeta para que pagara yo todo. Noté las miradas incómodas de nuestros amigos y sentí cómo me ardían las mejillas de vergüenza.

Esa noche, al llegar a casa, exploté.

—¿Sabes lo humillante que es tener que pagar siempre yo? ¿No te das cuenta de cómo me haces sentir?

Sergio se encogió de hombros otra vez.

—Es solo dinero, Natalia. No entiendo por qué te pones así.

Ahí lo supe: para él era solo dinero; para mí era mucho más. Era respeto, era cuidado mutuo, era sentirme acompañada en la vida cotidiana.

Pasaron los días y la distancia entre nosotros creció como una grieta silenciosa. Empecé a preguntarme si realmente quería seguir así. Si merecía estar con alguien para quien mi esfuerzo era invisible.

Un domingo por la mañana, mientras preparaba café mirando por la ventana gris del otoño madrileño, mi madre me llamó por teléfono.

—Hija, ¿estás bien? Te noto apagada últimamente.

No pude evitarlo: rompí a llorar y le conté todo. Mi madre guardó silencio unos segundos antes de responder:

—Natalia, el amor es cosa de dos. Si uno solo tira del carro, al final se cansa y se rompe.

Sus palabras me acompañaron durante días. Empecé a buscar información sobre relaciones igualitarias, sobre economía doméstica compartida… Descubrí foros donde otras mujeres contaban historias parecidas a la mía. No estaba sola.

Finalmente tomé una decisión: le propuse a Sergio sentarnos juntos y hacer un presupuesto común. Le expliqué cómo me sentía y le pedí que aportara su parte justa cada mes.

Su reacción fue fría al principio, pero poco a poco fue entendiendo mi postura. Empezamos a repartirnos los gastos y las tareas domésticas. No fue fácil; hubo discusiones y momentos incómodos. Pero también hubo pequeños avances: una compra pagada por él sin que yo se lo pidiera, una factura compartida sin protestas…

Hoy sigo con Sergio, pero ya no soy la única que paga ni la única que cuida del hogar. A veces pienso en todo lo que callé durante años y me pregunto: ¿cuántas mujeres más estarán viviendo lo mismo? ¿Por qué nos cuesta tanto pedir lo que merecemos?

¿Y vosotros? ¿Habéis sentido alguna vez que dais más de lo que recibís? ¿Dónde está el límite entre el amor y la comodidad?