“¿De verdad vamos a dividir la cuenta?” — Una noche de citas en Madrid y las señales que ignoramos
—¿Sabes lo que estaba pensando? Que deberíamos pedir la tarta de queso, dicen que aquí es espectacular —dijo Javi, apoyando el codo en la mesa, con esa sonrisa que parecía querer ganarse el cielo y, de paso, convencerme de alargar la noche. Yo asentí, un poco cansada, pero dispuesta a darle una oportunidad. A fin de cuentas, después de veinte mensajes, dos audios absurdos y una tarde de nervios, aquí estaba: en una terraza de la Latina, con las luces de Madrid colándose entre los toldos y la primavera palpitando en la calle.
Pero había una parte de mí que no conseguía relajarse. No podía evitar repasar mentalmente cada gesto, cada comentario, intentando leer entre líneas. Cuántas veces me habría dicho Lucía —mi amiga de siempre y consejera personal— que me fijase bien en las primeras citas. «El diablo está en los detalles, tía», me repetía cuando le contaba lo rápido que me ilusionaba. Y Javi era… bueno, aparentemente perfecto: ingeniero, le encantaba el cine antiguo, y parecía de los que todavía creen que el fútbol se juega con los amigos de toda la vida.
—¿Quieres copa de vino? —preguntó mientras el camarero retiraba los últimos platos. Yo dudé solo un segundo, hasta que me ganó la educación:
—Venga, sí, echamos un último brindis.
La conversación era ágil y la risa fluía, y algo en la forma en que Javi acariciaba los cubiertos mientras hablaba de su abuela en Valencia me recordaba a los veranos en casa de mis padres, con la tortilla y la mesa llena de primos. Me sentí por un momento como si todo encajase, como si encontrarse a alguien así fuese, de verdad, posible.
Hasta que llegó el camarero con la cuenta. La dejó en la mesa y Javi lo miró, luego a mí, y ahí fue cuando mi noche giró sobre sí misma, como la ruleta de un casino.
—Te propongo una cosa —dijo, inclinándose hacia mí, la voz tan suave como dos horas antes pero ahora con una pizca de nervio—: ¿te parece si dividimos el total y así todo queda claro?
Por un instante creí que no lo había entendido. O que estaba bromeando, que el vino le habría soltado la lengua. Pero él insistió, alzando una ceja, como si esperase una respuesta adulta, sensata, europea. Y entonces, una marea de incomodidad me invadió, como si me hubiesen bajado el termostato de golpe.
—Sí, claro… —contesté, forzando una sonrisa. Saqué el móvil, abrí Bizum y, mientras él hacía cálculos meticulosos en la calculadora del móvil, mi cabeza se fue a otra parte. Pensé en mi madre, en cómo me hablaba de mi padre llevándola al cine de joven y negándose en redondo a dejar que pagara ni siquiera las palomitas. Pensé en esas cosas que aquí, en España, se aprendían en la sobremesa o durante las sobremesas interminables de domingo.
No es cuestión de dinero, me repetía, pero había algo en ese gesto, en esa rapidez en dividir hasta el céntimo, que me encendía todas las alarmas. ¿Por qué me importaba tanto? Quizás porque en el fondo quería sentirme cuidada. Porque una espera, en el fondo, cierto detalle; un gesto antiguo aunque el mundo se haya vuelto moderno y digital. Aunque aboguemos por la igualdad y la independencia (que las defiendo como la que más), había algo en esa falta de generosidad —o, al menos, en su forma de presentarla— que me revolvía por dentro.
—¿Todo bien? —preguntó Javi, viendo que me quedaba callada. Intenté cambiar de tema:
—Sí, sí, ningún problema. ¿Qué planes tienes para el resto del finde?
De pronto, mis respuestas eran automáticas, frías. Él no pareció notarlo, siguió hablando de Almodóvar, de su próxima ruta en bici, y de cómo se le daba fatal cocinar, que menuda paciencia había que tener con el arroz.
Pero yo estaba lejos, perdida en otro sitio. Recordaba la última vez que me prometí a mí misma no ignorar las señales. Esa vez que pasé demasiado tiempo con alguien que nunca terminaba ningún plan porque «todo es relativo». Ahora dudaba: ¿Estaba exagerando? ¿Es esto una señal de verdad o una tontería?
Salimos a la calle. El aire era fresco con ese punto casi húmedo de las noches de abril y Madrid seguía en ebullición, como si nada pudiera salir mal en esta ciudad tan viva. Javi me propuso tomar algo cerca de la plaza Mayor; yo dije que mañana madrugaba. Cruzamos la acera, y de pronto me soltó, como si la noche no hubiera cambiado nada, un:
—Ha sido genial, ¿te parece si repetimos otro día?
Le di dos besos. Quizá también por costumbre.
Al irme hacia el metro, saqué el móvil y llamé a Lucía. No podía esperar para contárselo. Escuchó todo, con la risa floja primero y un silbido incrédulo después.
—Chiquilla, ¿y ahora qué? ¿Le vas a dar otra oportunidad?
Me detuve un momento, sentada en un banco de la estación, viendo pasar a la gente. Pensé en si estaba siendo demasiado clásica, en si la independencia es también esto, pagar tu parte sin esperar nada de nadie. Pero, caray, una quiere sentirse especial. Y eso no tiene nada que ver con el dinero ni la cuenta, sino con el gesto, con lo que de verdad te transmiten esas primeras noches.
Quizá mañana lo vea distinto, pensé. O quizá haya que aprender a no ignorar lo que chirría al principio. Me quedo aquí, con la duda: ¿Cuántas veces hacemos caso omiso de esas señales porque tememos parecer demasiado exigentes? ¿O es que ya nunca sabremos cuándo toca ceder y cuándo plantarnos?
Decidme, ¿os ha pasado alguna vez? ¿Somos muy antiguos por esperar ciertos detalles o simplemente buscamos sentirnos importantes para alguien?