El Vestido Que Compró Para Mi Amiga… Pero Sus Ojos Nunca Se Fueron De Mí

—¡Pero, chica, mueve el coche que vamos tarde! —gritó Soledad, mi mejor amiga desde la ESO, mientras tocaba el claxon con impaciencia.

Yo estaba sentada detrás del volante, peleándome con el móvil en busca del mejor sitio para aparcar en la Gran Vía. Era la última semana antes de su boda y tocaba peregrinación de zapaterías. Entre el tráfico, las bocinas y la presión de Soledad por su vestido de novia, yo ya sentía que la cabeza me iba a estallar.

Al entrar en la tienda, el olor a cuero nuevo y la música de fondo me distrajo por un segundo. Fue cuando vi a ese chico, Alonso, con la camisa arrugada y el forro del bolsillo trasero asomando. No sé por qué, pero le dije, casi de forma brusca:

—Eh, tu bolsillo izquierdo está fuera.

Me miró, sorprendido. Se lo arregló torpemente y me sonrió, con una gratitud tímida. Ni siquiera sabía que esas palabras serían el hilo de todo lo que vino después.

Soledad corría como un vendaval por los pasillos. Se plantó detrás de un vestido rojo intenso y gritó, teatral:

—¡Tía, este me lo pongo en la luna de miel, pero vete tú a saber de dónde saco la pasta!

No esperaba respuesta, pero Alonso, desde el otro extremo, respondió:

—Si te gusta tanto, cógelo. Invito yo.

Nos miramos boquiabiertas. Íbamos de compras para la boda de mi mejor amiga y un desconocido quería regalarle un vestido carísimo. El dependiente no se lo pensó dos veces y se lo envolvió. Soledad, siempre la atrevida, le soltó:

—¿Te doy mi número o el de ella?

Él se encogió de hombros:

—Me da igual, el que queráis.

—Pues mi boda es la semana que viene. Estás invitado —dijo Soledad, dándole su número antes de que pudiera protestar.

Yo le observé con suspicacia, buscando un atisbo de decepción al escuchar lo de la boda. Nada. Ni una señal. Solo una sonrisa encantadora y un «Nos vemos» antes de perderse entre los percheros.

Cuando salimos, le dije a Soledad:

—Este viene a comprar novias con vestidos, ya verás.

—Tranqui, que yo ya estoy pillada. Aunque está bueno, eso sí.

—Sí, pero algo raro tiene. ¿Tú comprarías algo a una desconocida?

Esa noche, tumbada en el sofá, le di vueltas al asunto. Aunque intenté no pensarlo, la verdad es que la mirada de Alonso se me había quedado grabada.

La víspera de la boda, Soledad me llamó:

—Tu admirador acaba de llamarme para pedir direcciones. Creo que al final viene.

—Igual solo quería comprobar si de verdad se celebraba la boda.

Durante la sesión de fotos, Alonso apareció trajeado y nervioso, como si todo eso le quedase grande. Habló un rato con Soledad, saludó al novio y yo, entre copa y copa, me aseguré de que no se sintiese desplazado. Le pregunté si quería mi número o prefería pedírselo otra vez a Soledad.

—Bueno… la verdad es que he venido por ti —me confesó casi susurrando.

A la semana siguiente me llamó. Pasamos horas al teléfono hablando de cualquier cosa: el trabajo, la familia, los bares de la calle Argüelles, los recuerdos de la universidad. Una tarde me invitó a tomar café. No supe decir que no. Nos reímos, nos sinceramos y, justo cuando mi amiga llamó para fisgonear, Alonso me miró a los ojos y me confesó:

—Me impresionaste ese día en la tienda. Fuiste directa, sincera. Sentí que tenía que hablar contigo como fuera.

Lejos de las emociones arrolladoras de las novelas, lo nuestro era sencillo, cotidiano y a la vez inesperadamente tierno. Sin embargo, yo tenía mis dudas. Él era amable, atento, pero me parecía un poco demasiado tranquilo.

Durante dos meses hablamos a menudo, pero ninguno proponía vernos. Hasta que un día apareció en mi oficina. Me esperó hasta el cierre y fuimos a tomar algo. Otro día me invitó a su casa. Vivía con sus padres y su hermano pequeño en un barrio residencial de Madrid.

—Mamá, Papá, ella es Ana —le dijo a su madre nervioso, como un niño.

Ella me sonrió y me abrazó:

—Ahora entiendo por qué no deja de hablar de ti.

Me fui de su casa intrigada. ¿Por qué me sentía tan a gusto con alguien que apenas conocía?

Aquella noche le pregunté lo que llevaba días guardando:

—¿Qué tienes en la cabeza que no me has dicho?

—Sólo quiero que seas mi novia. Puedes tomarte tu tiempo, pero yo aquí estaré hasta que decidas.

Me acordé de Soledad y la llamé:

—¡Ha propuesto! Pero si digo que sí, voy a tu casa a por ese vestido. No me gusta que mi chico regale ropa a extrañas.

—¡Pero tía, si fue antes de que estuvierais juntos! —gritó riendo— Además, el dinero es suyo, no tuyo. Ya te vale.

Aquella noche le respondí a Alonso:

—Está bien, quiero ser tu novia.

No sé ni cómo, pero tres meses después ya estaba vestida de blanco en la iglesia de San Ginés. Cuando el sacerdote dijo «Puedes besar a la novia», Alonso me dio el primer beso desde que estábamos juntos. Todo era tan nuevo: el beso, el abrazo, las miradas, la alegría surrealista de las familias mezcladas y de mis padres aplaudiendo como si aquello fuera la Champions.

A veces, reviso las fotos y me pregunto cómo llegó esto tan lejos. Si no hubiera sido por ese forro del bolsillo, por ese vestido, por una tarde cualquiera que podía haber acabado en cualquier sitio.

Nuestra rutina está llena de pequeñas cosas: tardes de parque, vídeos de bodas de amigos, desayunos de tortilla y café, bromas sobre ese vestido rojo que aún está colgado en el vestidor de Soledad, y el eco de un pasado que nos llevó, de puro milagro, a coincidir una y otra vez.

Y ahora, desde la cocina, Alonso pasa y me da una palmada en el trasero. Yo le grito:

—¡A ver si maduras de una vez, que ya tienes un hijo!

Él se ríe y el pequeño Hugo sale corriendo a abrazarle.

Podría parecer una tontería, pero creo que a veces la felicidad se esconde justo ahí, en esos detalles absurdos. ¿Y si nada de esto hubiese ocurrido? ¿Y si hubiéramos ignorado todas esas señales pequeñas?

¿Qué opináis vosotros? ¿Creéis en las casualidades o el destino de verdad lo mueve todo sin que nos demos cuenta?