Me escondí años en una casa de campo para no soportar más las miradas… hasta que una desconocida llamó a mi puerta en mitad de una tormenta
La noche que conocí a Irene pensé que se me iba a morir en la puerta de casa. Así de claro. Llovía como llueve aquí en el norte, con mala leche, de lado, golpeando las ventanas como si alguien quisiera entrar a la fuerza. Yo estaba en la cocina, apoyado en la encimera, esperando a que hirviera una sopa, cuando escuché golpes en la puerta. No eran firmes. Eran golpes de alguien cansado, ya sin fuerzas.
Abrí con cuidado, sujetándome al bastón, y me la encontré empapada, con la cara blanca de frío y una cámara colgando del cuello protegida bajo la chaqueta.
«Perdona… me he perdido», me dijo, tiritando. «El coche se me ha quedado atascado más abajo. No tengo cobertura.»
La miré un segundo de más. Ella también me miró a mí. A mi pierna torcida, al bastón, al gesto torpe con el que me aparté para dejarla pasar. Esperé lo de siempre. La incomodidad. Esa manera de poner cara de no mirar, mientras miran.
Pero no.
Entró y solo dijo:
«Madre mía, qué frío hace.»
Y no sé por qué, pero casi me echo a reír.
Vivo solo desde hace nueve años en una casa de mi abuelo, en un pueblo pequeño de Asturias donde en invierno parece que el mundo se termina a las seis de la tarde. Me vine aquí después de cansarme de todo. De la gente, sí, pero sobre todo de mi padre.
Mi padre, Julián, siempre tuvo una forma de hablarme que se te metía dentro como una humedad mala. Yo nací con una malformación en la cadera y camino mal desde niño. Nunca pude correr bien, nunca hice las cosas al ritmo de los demás. Y para él eso era casi una ofensa personal.
«Espabila, Mateo.»
«No puedes pasarte la vida dando pena.»
«Nadie va a regalarte nada.»
No era lo que decía solamente. Era cómo lo decía. Delante de otros. En comidas familiares. En el taller donde trabajé con él hasta los treinta y pocos, aguantando clientes que fingían no ver cómo me costaba agacharme.
Mi madre, Pilar, siempre bajaba la cabeza. Mi hermana, Noelia, cambiaba de tema. Y yo… yo fui haciéndome pequeño. Más pequeño cada año.
Cuando Irene entró en mi cocina, mojando el suelo y disculpándose por todo, yo ya llevaba mucho tiempo viviendo como si no mereciera que nadie me viera de cerca. Tenía gallinas, un huerto a medias y dolores en días de humedad. Esa era mi vida. Suficiente, me decía. Mejor solo que aguantar según qué cosas.
Le di una manta, calcetines de lana de mi madre que aún guardaba por ahí, y le puse la sopa delante.
«Soy fotógrafa», me dijo luego, ya con algo de color en la cara. «Bueno, intento vivir de eso. Vine por unos acantilados que me recomendaron y me confié.»
«Pues el monte no perdona», le contesté.
«Ya lo veo.»
Sonrió. Una sonrisa normal. Sin compasión. Sin esa prudencia insoportable que me tienen algunos, como si fuera de cristal.
Al día siguiente la acompañé, como pude, hasta donde había dejado el coche. Tardamos más de la cuenta. Había barro y yo odio que me vean cuando me cuesta moverme, cuando noto que el cuerpo no responde como quiero. En un tramo resbalé un poco.
«Espera», dijo Irene, acercándose.
Y yo salté, seco:
«No necesito que me agarres.»
Se quedó quieta.
«Vale. Solo te estaba ofreciendo una mano, Mateo. No te estaba humillando.»
Me ardieron las orejas. Quise decir algo, pero no me salió.
A los dos días volvió.
Traía una empanada envuelta en papel de aluminio y dijo que me debía una. Luego regresó otra vez. Y otra. A veces con la excusa de hacer fotos por la zona. Otras, sin excusa. Se sentaba en la mesa de la cocina, me hablaba de exposiciones en Gijón, de bodas que había fotografiado, de lo mal que pagaban algunos, de pensarse a veces si dejarlo todo. Yo la escuchaba y me sorprendía esperando el ruido de su coche.
La primera vez que me pidió hacerme una foto le dije que no.
«Ni hablar.»
«¿Por qué?»
«Porque bastante tengo con verme yo.»
No respondió enseguida. Miró por la ventana, a la lluvia fina cayendo sobre la cuadra, y luego dijo bajito:
«Pues yo creo que llevas años mirándote con los ojos equivocados.»
Esa frase me fastidió. Muchísimo. También se me quedó dentro.
Cuando mi familia se enteró de que Irene venía a casa, empezó el circo.
Noelia me llamó una tarde.
«Papá dice que esa chica a saber lo que quiere.»
«Papá dice muchas tonterías.»
«Mateo, no te pongas así. Yo solo te aviso. Que igual te estás ilusionando y…»
«¿Y qué? Termina la frase.»
Silencio.
«No sé. Que la gente luego hace daño.»
Pero no era eso. Lo que quería decir era otra cosa. Que una mujer como Irene, guapa, segura, con vida fuera de este pueblo, no podía fijarse de verdad en alguien como yo. Eso pensaban. Lo pensaba mi padre. Lo había pensado yo media vida.
La discusión fuerte llegó un domingo, en casa de mis padres. Fui porque mi madre cumplía años y por no darle un disgusto. Irene no vino, menos mal.
Mi padre esperó al café.
«Me han dicho que ahora tienes visitas.»
«Sí.»
«Ten cuidado con hacer el ridículo.»
Lo dijo removiendo el azúcar. Como si hablara del tiempo.
Sentí un nudo aquí, en el pecho, de esos que ya conocía demasiado bien.
«¿Y eso qué significa?», le pregunté.
Me miró por encima de las gafas.
«Significa que hay gente que se entretiene. Y tú siempre has sido… vulnerable.»
Mi madre susurró: «Julián, por favor».
Pero él siguió.
«Luego no vengas llorando.»
No sé. Hubo un momento en que me vi desde fuera: cuarenta y un años, sentado otra vez como un crío al que corrigen, con mi hermana mirando al plato. Y me levanté tan rápido que casi tiro la silla.
«El único que lleva toda la vida entreteniéndose eres tú», le solté. «Tú, haciéndome creer que valgo menos.»
Se hizo un silencio feo. De los que zumban.
Me fui cojeando más de la cuenta, rabioso, humillado y temblando. Afuera me costó hasta meter la llave en el coche.
Aquella noche Irene vino y me encontró sentado en el porche, sin luz, oyendo la lluvia. No sé cómo se leía tanto en mi cara, pero lo veía todo.
«¿Qué ha pasado?»
Le dije que nada. Luego se lo conté todo.
Todo.
Lo de mi padre. Lo del taller. Las veces que preferí no salir. Las mujeres a las que ni me acerqué porque ya me rechazaba yo primero. La vergüenza vieja, pegada a la piel.
Irene no me interrumpió. Solo al final me tocó la mano.
«Mírame», dijo.
La miré.
«No te estoy haciendo un favor por estar aquí. Estoy aquí porque quiero. Y si tú no te lo crees todavía, bueno… ya veremos. Pero no me pongas en la voz de tu padre.»
Se me rompió algo al oír eso. O igual se me colocó, no sé explicarlo bien.
Desde entonces empecé a dejar pequeñas cosas. Acompañarla a sitios. Tomar café en una terraza del pueblo aunque notara miradas. Dejar que me hiciera una foto, luego otra. En una salgo apoyado en el bastón, serio, con el mar al fondo. Cuando me la enseñó, no vi lástima. Vi a un hombre cansado, sí, pero entero.
Mi familia sigue sin fiarse del todo. Mi padre no me ha pedido perdón. Ni creo que lo haga. Y yo todavía tengo días malos, días en que vuelvo a escuchar su voz dentro de la cabeza y me encierro más de la cuenta.
Pero ahora, cuando eso pasa, ya no siempre estoy solo.
A veces me pregunto cuánto de nuestra vida lo estropean los ojos de los demás, y cuánto lo estropea uno mismo por creerlos. ¿Vosotros habríais aguantado tantos años en silencio o me habría plantado mucho antes?