Durante doce años cuidó de todos sin pedir nada… hasta que una tarde dejó de volver a casa
La primera vez que no cogí el teléfono de mi madre fueron siete minutos. Lo sé porque miré la pantalla del móvil mientras esperaba en el semáforo de la avenida de Andalucía, en Málaga, y vi cómo entraba una llamada detrás de otra.
Mamá. Mamá. Mamá.
Luego mi hermano Dani.
Yo iba de camino a casa después de trabajar y tenía una bolsa con pan, yogures y comida para mis hijos en el asiento del copiloto. Eran casi las siete y media. Mi hija Lucía tenía entrenamiento de voleibol a las ocho, y yo todavía tenía que dejar la cena medio hecha. No era que estuviera haciendo algo importante. Eso es lo triste. Era simplemente mi vida, esa que siempre parecía tener que esperar.
Al final cogí.
—¿Dónde estás? —me dijo mi madre, ni hola.
—En el coche, mamá.
—Es que Dani dice que le falta una pastilla de las de dormir y yo no sé cuál es. Ven un momento.
Dani tiene cuarenta y ocho años y una lesión medular desde un accidente de moto que tuvo hace catorce. Vive con mi madre, que tiene setenta y nueve. Al principio se suponía que sería algo provisional. Él iba a necesitar ayuda unos meses, luego rehabilitación, luego ya veríamos. Ya veremos es una expresión que puede durar una vida entera.
Mi hermano necesita ayuda de verdad para bastantes cosas, no quiero pintar esto como si fuera un capricho. Tiene días malos, dolores que no se le quitan ni con medicación, infecciones de orina, espasmos, una rabia tremenda con su propio cuerpo que a veces le sale por la boca como si los demás tuviéramos la culpa. Mi madre, además, ha ido perdiendo vista y memoria. No está para llevar sola una casa ni para saber qué caja de pastillas toca cada noche.
Y yo estaba allí desde el principio.
Al principio iba después de mi jornada en la gestoría, dos o tres tardes por semana. Organizaba las medicinas, hacía compra grande, revisaba recibos y acompañaba a Dani a rehabilitación cuando mi cuñada, Laura, no podía. Laura trabajaba en una farmacia y al comienzo se implicó bastante, pero se separaron a los cinco años del accidente. No la culpo. Yo misma pensé alguna vez que, si hubiera sido mi marido, quizá también habría salido corriendo. Es horrible decirlo, pero lo pensé.
Mi padre murió antes de todo esto, así que poco a poco me convertí en la que sabía dónde estaba cada papel, qué médico había visto a Dani, cuándo tocaba renovar una receta, qué vecino podía subir una garrafa de agua si el ascensor se estropeaba.
Mi marido, Óscar, al principio me ayudaba. Llevaba a los niños, hacía la cena, me decía que no pasaba nada. Luego empezó a no decir nada. Eso fue peor.
No nos separamos por una gran pelea. Fue más bien una acumulación de cenas frías, planes cancelados y conversaciones aplazadas. Cuando Lucía tenía diez años me soltó una noche, sin gritar:
—Mamá, ¿el tío Dani va a vivir siempre con la abuela?
Le dije que sí, probablemente.
—Entonces tú vas a estar siempre allí también.
Me dolió porque no lo dijo enfadada. Lo dijo como quien pregunta si mañana va a llover.
Óscar se fue de casa hace tres años. No por otra persona, al menos que yo sepa. Alquiló un piso cerca de su trabajo y seguimos compartiendo a los niños con bastante corrección. El día que me lo dijo, yo venía de pasar cuatro horas en Urgencias con Dani porque tenía fiebre. Me senté en la cocina y me quedé mirando el lavavajillas lleno. No lloré hasta dos días después, doblando toallas.
Desde fuera, mi familia decía que yo era muy fuerte. Esa frase me fue cansando más que cualquier otra.
Mi primo Iván, que vive en Barcelona y aparece en Navidad con regalos caros, me abrazaba y decía: “No sé cómo lo haces, prima”. Mi tía decía que yo tenía un corazón enorme. Dani me mandaba audios de tres minutos cuando estaba de buen humor para decir que yo era la única que no le fallaba.
Y a mí cada vez me costaba más distinguir si me lo agradecían o si me estaban atando con ello.
El año pasado pedí una reducción de jornada. No porque pudiera permitírmelo, precisamente. Cobro bastante menos y sigo pagando mi parte de la hipoteca del piso donde viven Óscar y los niños la mayor parte de la semana. Pero había mañanas en las que no podía salir de la cama. No enferma exactamente. Vacía.
La trabajadora social del centro de salud nos orientó sobre la ayuda a domicilio y la dependencia. Había papeleo, valoraciones, esperas. Mi madre decía que no quería extraños entrando en casa. Dani decía que no iba a dejar que un desconocido le lavase. Lo entendía. De verdad que lo entendía. Pero nadie parecía entender que yo tampoco quería seguir llegando a casa de mi madre con el bolso colgado y cambiándome, sin pensar, para hacer de hija, hermana, auxiliar, administrativa y árbitro.
La tarde de las llamadas, fui igualmente. Claro que fui.
La pastilla estaba en el cajón de siempre, detrás de las gasas. Mi madre no la había visto. Dani estaba de mal humor porque había llamado a Laura para hablar con su hijo y ella no había respondido. Le preparé la medicación, puse una lavadora y le dije a mamá que tenía que irme porque Lucía estaba esperando.
—Siempre vas con prisas —dijo ella.
No fue un reproche enorme. Ni siquiera levantó la voz. Pero algo en mí se rompió de una forma muy poco elegante.
—Sí, mamá. Voy con prisas porque tengo una vida.
Ella se quedó quieta, con una camiseta vieja de flores y las manos sobre la mesa. Dani dejó de mirar la tele.
En cuanto lo dije quise tragármelo. Mi madre bajó la cabeza y respondió:
—Ya lo sé.
Pero no parecía saberlo. O quizá sí y no podía hacer nada con eso. Esa posibilidad también me persigue.
Esa noche escribí en el grupo familiar que durante un mes no iba a ir todos los días. Que iba a encargarme de las citas y de lo urgente, pero que necesitábamos activar ya la ayuda a domicilio y repartir tareas. Mi primo dejó un pulgar arriba. Mi tía mandó un audio diciendo que ella, con su artrosis, poco podía hacer. Dani no contestó hasta el día siguiente.
“Vale”, puso.
Solo eso.
Los primeros días me llamaban igual. A veces para cosas necesarias, otras para preguntar dónde estaba una factura o si podían comer una crema que llevaba abierta desde el jueves. Intenté no acudir a todo. Digo intenté porque dos veces fui. Otra vez mandé un taxi para que Dani llegara a una revisión porque el transporte adaptado se retrasó. Me sentí culpable incluso cuando no hacía nada.
Han pasado seis semanas. La ayuda a domicilio viene tres mañanas. Mi madre se queja de que la chica coloca los platos donde no van. Dani dice que no le gusta que le hablen como si fuera un niño. Yo también tengo quejas, pero ahora no voy cada tarde.
El jueves fui al cine con Lucía. Compramos palomitas demasiado grandes y vimos una película que a ella le encantó y a mí me dio un poco igual. A mitad de la sesión miré el móvil por costumbre. No había llamadas.
Sentí alivio.
Después sentí una pena tan fuerte que me dieron ganas de salir al pasillo. Como si, al no necesitarme durante dos horas, mi familia estuviera demostrando que podía borrarme sin esfuerzo.
No se lo he dicho a nadie. Ni siquiera sé cómo explicarlo sin parecer una mala persona. Quiero que me dejen respirar, pero me aterra descubrir que mi único sitio era ser imprescindible.
Mañana es el cumpleaños de mi madre. Voy a llevar una tarta y estaré un rato. He dicho un rato, y esta vez lo he repetido dos veces. Dani me ha contestado que vale.
No sé si de verdad lo acepta o si está esperando que vuelva a ser como antes. Quizá yo también lo estoy esperando, aunque no debería.