“En el grupo de WhatsApp de mi familia entendí que, para ellos, yo aún no había hecho nada bien”
Tengo 39 años, vivo solo en un piso de alquiler en Carabanchel y trabajo como técnico de mantenimiento en una empresa de ascensores. No es una vida de portada de revista, pero tampoco es el desastre que a veces parece cuando la explico en ciertas comidas familiares.
Pago mis cosas. Tengo amigos. Salgo a correr, aunque últimamente menos porque me está dando guerra una rodilla. Veo a mi madre todas las semanas. He tenido parejas, dos relaciones largas de verdad y alguna historia que no llegó a nada. No tengo hijos, no estoy casado y no tengo una hipoteca. Eso, al parecer, pesa más que todo lo demás.
No lo digo porque de pequeño me hayan tratado mal ni nada de eso. Mi familia ha sido buena conmigo. Mi madre se dejó la espalda limpiando casas cuando mi hermano y yo éramos críos. Mi padre murió hace ocho años, y aún hay días en que me descubro pensando que debería llamarle para preguntarle cualquier tontería del coche.
El problema es que, desde que cumplí los treinta y pocos, cada reunión familiar parece venir con un interrogatorio incluido. Al principio me lo tomaba a broma.
—¿Y tú qué, Dani? ¿Para cuándo una novia formal?
—Cuando se presente una candidatura adecuada, tía.
Todos se reían, yo también, y a otra cosa. Pero los años pasan y el chiste deja de ser chiste. O al menos deja de hacértelo gracia a ti.
Mi hermano pequeño, Marcos, tiene 35, está casado con Laura y tienen dos niñas. Las adoro. Mi sobrina mayor me manda audios eternos explicándome cosas del cole y la pequeña se enfada si no le llevo gusanitos cuando voy a verlas. Mi hermano tiene una vida muy distinta a la mía, pero nunca me ha hecho sentir menos por eso. El problema es más bien el ambiente que se crea alrededor.
En Navidad se habla de los colegios de las niñas, de la cuota de la comunidad, de si van a cambiar el coche. Y luego alguien gira la cabeza hacia mí, como si recordara de repente que estoy allí.
—Bueno, Dani vive tranquilo, que también está muy bien.
Ese “también” se me quedó atravesado hace tiempo. Como si mi vida fuera la versión de prueba de la vida de los demás.
La semana pasada se organizó el cumpleaños de mi madre. Cumplía 68 y mi prima Sonia creó un grupo de WhatsApp para decidir restaurante, regalos y horarios. Éramos unos veinte. Yo estaba en una avería por la zona de Vallecas y apenas miré el móvil hasta la hora de comer. Tenía cuarenta y tantos mensajes.
Al principio eran las típicas discusiones absurdas: que si mejor menú cerrado, que si a la tía Begoña no le gusta el pescado, que si el restaurante tiene escalones porque el marido de mi prima va con bastón desde la operación.
Luego vi que Sonia había puesto una foto antigua de mi madre con sus dos nietas en la playa. Una foto bonita, la verdad. Mi madre salía con un sombrero ridículo de flores y una sonrisa enorme.
Mi tía Pilar escribió: “Lo único que le falta a Carmen es que Daniel le dé una alegría de esas”.
Alguien mandó el emoji de la risa. Luego mi primo Álvaro puso: “Todavía está a tiempo, pero tendrá que espabilar, que se le está pasando el arroz”.
No sé por qué seguí leyendo. A veces uno busca hacerse daño, supongo. Sonia respondió: “Ay, dejadle, que él está muy a gusto con su libertad”. Y después añadió: “Aunque no sé yo si dentro de diez años pensará igual”.
No era una barbaridad. Nadie me insultó. Nadie dijo que fuera un inútil. Precisamente por eso me afectó tanto. Era esa manera de hablar de mí como si yo no estuviera en el grupo. Como si mi madre necesitara ser compensada por haber tenido un hijo que no había cumplido con el guion.
Me quedé mirando la pantalla dentro de la furgoneta, con el bocadillo sin abrir sobre el asiento. Había pasado la mañana cargando piezas, hablando con un administrador de finca que no encontraba una llave y buscando aparcamiento en doble fila. De repente, todo eso me pareció muy pequeño. Mi trabajo, mi piso, las cosas que había ido sacando adelante sin pedir dinero a nadie.
Escribí: “Tranquilos, que no hace falta que organicéis mi futuro mientras decidís si pedimos croquetas o torreznos”.
Lo mandé y, según se quedó el doble tic azul, me arrepentí.
Durante unos minutos nadie dijo nada. Luego mi tía Pilar puso: “Hijo, no te pongas así, era una broma”. Mi madre escribió por privado: “No les hagas caso, ya sabes cómo son”.
Y eso me dolió todavía más. Porque sí, sé cómo son. Llevo toda la vida sabiendo cómo son. Pero que sea habitual no hace que deje de cansar.
No respondí a mi madre hasta la noche. Me llamó dos veces. A la tercera se lo cogí, porque tampoco quería castigarla a ella por algo que no había dicho.
—Mamá, no pasa nada.
—Sí pasa. Te he notado muy herido.
—Es que parece que, si no os doy nietos ni una boda, estoy como incompleto.
Hubo un silencio. De fondo se oía la tele, algún concurso de esos que ve mientras cena.
—Yo no pienso eso —me dijo.
—Ya, pero tampoco les paras los pies.
No contestó enseguida. Y yo tampoco supe qué más decir. Al final soltó algo que no esperaba.
—A veces me da miedo que estés solo, Dani. No por lo que digan tus tías. Por ti.
Me enfadé, aunque intenté que no se notara.
—Pues estoy solo porque quiero muchas veces. Y otras porque las cosas no salen. Como le pasa a todo el mundo.
—Ya lo sé.
—No, mamá. Creo que no lo sabes. Porque cuando alguien se separa, o se queda viudo, todo el mundo lo entiende. Pero si llevas años sin pareja, parece que tienes que justificarte constantemente.
Mi madre suspiró. Me pidió perdón, pero de esa forma suya, un poco torpe, diciendo que no quería verme triste. Yo le dije que no estaba triste. Mentí. Estaba triste y también bastante avergonzado de estarlo.
El sábado fue su cumpleaños. Fui igualmente. Llevé una planta grande porque a mi madre le ha dado ahora por llenar el salón de plantas y luego llamar a mi hermano porque se le mueren. En el restaurante, mi tía Pilar se acercó a darme dos besos y me dijo bajito que no había querido molestarme.
Le contesté que ya, que lo sabía.
No hubo gran conversación. Ni disculpas perfectas. Durante la comida hablaron de las niñas, de una vecina que ha vendido el piso por una barbaridad y de la tensión arterial de mi tío. En un momento dado, Álvaro empezó con una broma sobre aplicaciones de citas y Sonia le dio un codazo debajo de la mesa. Lo vi. Él se calló.
Fue un gesto pequeño, pero agradecí que alguien entendiera que no tenía ganas.
Al volver a casa, mi madre me mandó una foto de todos en la mesa. Salgo al fondo, con una copa de vino en la mano y una cara rara, como si estuviera a punto de decir algo o de levantarme a por pan. La guardé en el móvil.
No sé si algún día tendré pareja otra vez o hijos o una casa en propiedad. Claro que me gustaría tener a alguien, no voy a hacerme el interesante. Hay noches en las que llego, caliento cualquier cosa y me pesa demasiado el silencio. Pero también me estoy dando cuenta de que no puedo seguir viviendo como si tuviera que presentar un proyecto de vida para que los demás me aprueben.
Este domingo voy a comer con mi madre, como siempre. Me ha dicho que hará lentejas. Y seguramente me preguntará si estoy bien. Esta vez intentaré no decirle automáticamente que sí.