Su marido le pidió que pusiera más dinero en casa… justo cuando ella sostenía sola casi todo lo demás

La primera vez que Sergio me dijo que tenía que aportar más en casa fue un martes por la noche, mientras yo intentaba que Leo, que entonces tenía seis años, se terminara la tortilla sin montar otra guerra.

No fue una conversación preparada. Él estaba mirando la aplicación del banco en el móvil, con esa cara de estar haciendo cuentas que ya no salen, y soltó:

—Así no podemos seguir, Marta. Tú tienes que poner más.

Le pregunté “¿más qué?”, aunque sabía perfectamente a qué se refería. Más dinero. Siempre era dinero.

Yo trabajaba entonces, y sigo trabajando, en una clínica dental de barrio. Veinticinco horas a la semana. Entré así porque cuando nació nuestra hija, Nora, alguien tenía que reducir jornada. Sergio decía que él no podía porque en su empresa había opciones de ascenso y porque cobraba bastante más que yo. Me pareció lógico. No es que me obligara. O quizá no supe ver en qué momento dejé de tener otra opción.

Mi sueldo nunca fue gran cosa, unos 900 euros algunos meses, algo menos si había festivos o si me cambiaban horarios. De ahí salía la compra, el comedor de los niños, la ropa cuando hacía falta, parte de la luz, el gas, lo que fuera apareciendo. Él pagaba el alquiler, que eran 1.050 euros por un piso de tres habitaciones en Getafe, y los recibos más grandes. O eso decía él cuando discutíamos.

Lo que no entraba en sus cuentas eran las tardes de pediatra, las tutorías, las lavadoras, las citas del dentista, acordarme de que Nora necesitaba cartulina para el colegio o de que Leo había dejado pequeñas todas las zapatillas. Tampoco entraba que Sergio llegaba a casa casi a las ocho y media, cansado, y yo llevaba desde las siete de la mañana funcionando.

Pero claro, eso no se puede ingresar en una cuenta común.

Durante un tiempo intenté hacer lo que pedía. Dejé de comprarme cualquier cosa. Me llevaba café de casa al trabajo. Empecé a mirar las ofertas del supermercado como si fuera un examen. Vendí ropa de los niños por Vinted y alguna cosa mía que apenas usaba. No porque con eso fuéramos a arreglar nada, sino porque me daba vergüenza decirle que no podía poner más.

Sergio no era una mala persona. Eso es lo que más me cuesta explicar cuando hablo de esto. Con los niños era cariñoso. Los sábados les hacía tortitas y les llevaba al parque si no tenía que trabajar. Y hasta entonces había tirado del carro económicamente sin echarlo en cara, o al menos eso creía yo.

Pero cuando empezó a tener problemas en la empresa cambió. Llevaban meses hablando de recortes, de menos pedidos, de gente que se iba. Él trabajaba en logística, con turnos que le dejaban destrozado. Venía cada vez más callado. Se sentaba en el sofá con el portátil y no cenaba hasta tarde. Yo intentaba preguntarle, pero siempre decía “nada, cosas del curro”.

Luego venían las discusiones por cualquier factura.

—El recibo del móvil es una barbaridad.

—Es el mismo de siempre.

—Pues habrá que bajar de tarifa.

—Bájala tú, que eres quien lo contrató.

Y ya estaba. Dos personas enfadadas por un móvil de dieciocho euros cuando en realidad estaban asustadas por todo lo demás.

Una noche me hizo una hoja de cálculo. No sé por qué ese detalle me dolió tanto. Me la enseñó desde el ordenador, muy serio. Había columnas con nuestros ingresos, gastos fijos, gastos variables. Mi nombre y el suyo. Al final, una cifra en rojo.

—Mira, Marta. Yo pongo casi el doble que tú.

Le dije que sí, que ya lo veía.

—No, es que parece que no entiendes la gravedad.

Ahí perdí los nervios. Le dije que si quería podía cobrarme las cenas que preparaba, los kilómetros a las extraescolares, las noches que me quedaba con los niños cuando tenían fiebre y él tenía una reunión a primera hora. Una lista absurda. Grité. Los niños ya estaban dormidos, gracias a Dios.

Sergio se quedó blanco, cerró el portátil y dijo:

—No te estoy atacando.

Y yo le contesté algo feísimo. Le dije que llevaba años atacándome sin darse cuenta.

Durante días apenas hablamos. Lo básico: quién recogía a quién, qué faltaba en la nevera, si había que pagar la excursión. Dormíamos en la misma cama, pero él se quedaba mirando el móvil hasta que yo me dormía. Algunas noches me despertaba y lo veía en el salón, sentado a oscuras. No fui capaz de levantarme a preguntarle qué le pasaba. Estaba demasiado resentida, como si acercarme primero significara darle la razón.

A finales de noviembre lo despidieron. No fue un despido de un día para otro, les hicieron un ERE y a él le tocó. Llegó a casa antes de las cuatro, algo que no ocurría casi nunca. Yo estaba doblando ropa en el salón y pensé que se encontraba mal.

Traía una carpeta azul bajo el brazo. La dejó encima de la mesa sin mirarme.

—Ya está —dijo—. Me han echado.

No lloró. Yo tampoco. Lo primero que pregunté fue cuánto le quedaba de prestación, y en cuanto lo dije me odié un poco. Él se rió, pero no de gracia.

—Claro. Las cuentas.

Aquella tarde recogimos a los niños, les dimos de merendar, hicimos deberes y les contamos que papá iba a estar más tiempo en casa una temporada. Leo se puso contentísimo. Dijo que así podría llevarle al fútbol. Sergio sonrió, pero se le llenaron los ojos y se giró hacia la encimera para que no lo viéramos.

Los primeros días fueron raros. Sergio se encargaba de llevar a Nora al cole y volvía con bolsas de pan, fruta y cosas que compraba sin lista. Yo seguía haciendo casi todo por inercia. Le dejaba notas en la cocina, le recordaba vacunas, pagos, el día que tenían que llevar disfraces. Hasta que una mañana me dijo que no era inútil, pero con un tono tan cansado que me dio vergüenza.

Nos sentamos a revisar los gastos otra vez. Esta vez sin el ordenador entre los dos. Hicimos números en una libreta, con manchas de tomate porque los niños habían cenado pasta. Vimos que con el paro, mi sueldo y unos ahorros íbamos muy justos. Hablamos de quitar inglés a Nora, de vender el coche, de pedir una carencia no sé dónde. También llamamos al casero para preguntarle si podía esperar unos días el pago de enero. No fue agradable. Nos dijo que lo entendía, pero que él también tenía hipoteca. Supongo que era verdad.

Sergio empezó a ocuparse de más cosas en casa. No de golpe ni perfectamente. Aún tengo que recordarle demasiadas veces que la ropa limpia no aparece sola en los armarios. Pero ya sabe el nombre de la tutora de Leo. Ha ido solo al pediatra con Nora. Y el otro día me preguntó cuánto quedaba exactamente en nuestra cuenta, no para reprocharme nada, sino para decidir conmigo.

Yo, por mi parte, he pedido ampliar horas en la clínica. Mi jefa me ha dicho que quizá a partir de primavera haya algo, pero no me ha prometido nada. Me da miedo aceptar más horas si salen, porque alguien tendrá que estar con los niños. Y me da miedo no aceptarlas, porque el alquiler sigue llegando el día uno, puntualísimo.

No hemos vuelto a estar bien del todo. Hay días en que Sergio está irritable y se encierra a mandar currículums. Hay días en que yo le miro doblando ropa y me acuerdo de aquella hoja de cálculo, y se me encoge algo por dentro.

Esta mañana, antes de salir hacia la clínica, he visto que había preparado las mochilas y había dejado mi café en un termo. No me ha dicho nada. Yo tampoco. He cogido el termo, le he dado las gracias y he salido corriendo porque perdía el Cercanías.

Al volver tendremos que hablar de enero otra vez. Todavía no sabemos de dónde va a salir todo.