Una amiga del instituto le soltó una frase en una terraza y, de repente, quince años de matrimonio dejaron de parecerle iguales
La frase se me quedó clavada antes incluso de que terminara de entenderla.
—Claro, como cuando Dani se escapaba a Sitges con Laura… Bueno, ya sabes.
Estábamos en una terraza cerca de la plaza de Sants. Había quedado con Marta, una amiga del instituto a la que no veía desde hacía casi ocho años. Yo había pedido un cortado y ella una cerveza sin alcohol porque luego tenía que recoger a su hija de baloncesto. Hablábamos de cosas sin importancia: que si los adolescentes no levantan la vista del móvil, que si nuestros padres empiezan a necesitar más ayuda, que si en Barcelona ya no se puede alquilar nada sin dejarse medio sueldo.
Marta se calló de golpe. Bajó la vista a la mesa. Luego me miró como si esperara que yo le dijera que era una broma.
—¿Qué Laura? —le pregunté.
No levanté la voz. Me acuerdo de eso porque después, al pensarlo, me sorprendió. Lo pregunté casi con educación.
Marta empezó a decir que se había confundido, que no sabía nada seguro, que habían pasado muchos años. Yo la conocía bien, aunque no nos viéramos. Cuando Marta se ponía nerviosa se tocaba el anillo con el pulgar. Lo estaba haciendo sin parar.
—No, Marta. ¿Qué Laura?
Entonces me dijo que Laura era una compañera suya de una agencia de viajes donde trabajó una temporada. Que en el verano de 2014 habían coincidido varios fines de semana en Sitges. Que Dani y Laura “estaban muy pegados”. Que una noche Laura le contó que llevaba meses con un hombre casado y que quería dejarlo porque él no iba a separarse.
—Yo pensé que tú lo sabías —me dijo, y enseguida añadió—. De verdad, Nuria, pensé que lo sabías. No sé por qué he hablado.
No recuerdo cómo acabó el café. Sí recuerdo que dejé diez euros debajo del platito aunque la cuenta no llegaba a seis. Caminé hasta casa en automático, por calles que hago todos los días. Pasé por una frutería, por la farmacia de la esquina y por el portal de una vecina que siempre tiene un felpudo con flores horribles. Todo era igual. Yo no.
En 2014, Dani y yo llevábamos seis años casados. Hugo tenía cuatro y Alba acababa de cumplir uno. Vivíamos todavía de alquiler en un piso pequeño en Hospitalet. Yo trabajaba media jornada en una gestoría porque no nos salían las cuentas con la guardería de Alba, y él hacía de comercial para una empresa de material eléctrico.
Recordé enseguida aquel verano. Dani decía que tenía reuniones fuera, que un cliente de la costa le daba mucho trabajo. Volvía tarde algunos viernes. Yo no sospeché nada. Estaba agotada. Hugo dormía mal, Alba tenía bronquiolitis cada dos por tres y mi padre acababa de empezar con las pruebas por lo del corazón. A veces Dani llegaba y yo ya estaba dormida en el sofá con un pañal en una mano y la cena de Hugo sin recoger.
No es que quiera justificarme. Ni siquiera sé qué estaba intentando justificar durante los días siguientes. Pero me daba rabia que mi cabeza volviera una y otra vez a esa versión de mí: despeinada, con la leche en la camiseta, preguntándole si quería tortilla o pasta para cenar. Como si haber estado tan ocupada me hiciera culpable de no haber visto nada.
Esa tarde Dani llegó antes de lo normal. Traía una bolsa con pan y dos bandejas de sushi del supermercado porque era viernes. Alba, que ya tiene once años, se alegró como si fuese Navidad. Hugo soltó un “bien” sin apartar los ojos de la consola.
Yo estaba en la cocina cortando tomates. Dani me besó en la mejilla, como siempre.
—¿Qué pasa? Tienes cara rara.
Le miré. De verdad que intenté encontrar una forma menos brusca de preguntarlo. Pero llevaba tres horas con el estómago encogido.
—¿Quién es Laura?
Se quedó quieto con el pan en la mano. No hizo falta nada más.
Luego dijo que no quería hablar delante de los niños. Yo le dije que no estaba hablando delante de los niños, que ellos estaban en el salón. Me contestó que daba igual, que podían oír. Y eso me puso peor, porque de pronto él estaba preocupado por cómo hablábamos y no por lo que acababa de descubrir.
Esperamos a que se acostaran. Fue una de las cenas más largas de mi vida. Hugo se quejaba de que Alba le robaba salsa de soja. Dani preguntó por un examen. Yo asentía y sonreía cuando tocaba. En un momento Alba me dijo: “Mamá, ¿te pasa algo en el ojo?” Porque debía de tenerlo rojo.
Cuando cerramos la puerta de sus habitaciones, Dani se sentó en el borde del sofá. No lo negó.
Dijo que había sido una relación de unos meses. Dijo que terminó antes de que Alba cumpliera dos años. Dijo que se avergonzaba, que cada año había querido contármelo y cada año le parecía más imposible. Dijo que fue una estupidez, una huida, que se sentía solo y que yo también estaba distante.
Ahí fui cruel. Le dije que si se había sentido solo podía haber probado a levantarse por la noche cuando Alba lloraba, o acompañarme al hospital con mi padre, en vez de irse a un hotel en Sitges.
Me respondió que tenía razón. Y oírle reconocerlo no me alivió nada.
Durante semanas no se lo contamos a nadie. Bueno, Marta lo sabía, claro, y eso era otra herida. Me costaba dejar de pensar en cuánta gente habría mirado nuestra foto de boda, o las fotos de los niños, sabiendo algo que yo ignoraba. Le pregunté a Dani si alguien más lo sabía. Dijo que no. No estoy segura de creerle del todo.
Dormimos separados, aunque no porque hubiera una habitación de sobra. Él se quedaba en el sofá. Por las mañanas se levantaba antes que yo, se duchaba en el baño pequeño y preparaba los desayunos. Empezó a hacer cosas que antes hacía a medias: poner lavadoras, revisar la agenda del colegio, llevar a Alba al dentista. A ratos me enfurecía más. Parecía que de repente sabía perfectamente cómo estar presente.
Hugo notó algo enseguida. Tiene quince años, no es tonto. Una noche me preguntó si papá estaba castigado por algo. Le dije que no, que estábamos teniendo problemas de mayores. Me miró con esa mezcla de vergüenza y preocupación que tienen los hijos cuando intuyen que el suelo se mueve, pero no les dejan saber cuánto.
Fuimos a terapia de pareja porque yo lo propuse, aunque todavía no sé por qué. Quizá porque no quería tomar una decisión con la rabia tan viva. Quizá por los niños. Quizá porque diecisiete años con una persona no caben en una maleta de un día para otro, ni aunque una parte de ti quiera salir corriendo.
En la tercera sesión le pregunté a Dani si habría terminado con Laura si ella no hubiera querido dejarlo. Se quedó callado demasiado tiempo. Luego dijo que sí, pero ese silencio sigue conmigo.
Ahora han pasado cuatro meses. Él ya no duerme en el sofá; fue una decisión práctica, no una reconciliación de película. El sofá le estaba destrozando la espalda y los dos trabajamos al día siguiente. Hay días en que consigo hablar con él de las facturas, de la caldera que vuelve a perder presión, de si Hugo necesita clases de refuerzo, y hasta nos reímos por alguna tontería.
Y hay días en que le veo dejar el móvil boca abajo sobre la mesa y se me cierra el pecho.
Marta me ha escrito varias veces. No sé qué sentir hacia ella. Sé que no fue ella quien me engañó. También sé que, si no hubiera abierto la boca, yo seguiría viviendo dentro de una versión de mi vida que quizá era más tranquila, pero no era verdadera.
Esta mañana he encontrado a Dani en la cocina, preparando café. Me ha preguntado si quería una tostada. He dicho que sí. Ha puesto dos rebanadas en la tostadora y, mientras esperaba, no hemos dicho nada.
A veces ese silencio me parece soportable. Otras veces pienso que es lo único honesto que nos queda.