Mi lugar en la mesa: Confesiones de una madrastra española
Nunca pensé que terminaría compartiendo mi vida con una adolescente que no era mi hija, pero cuando me enamoré de Diego, su hija Lucía vino en el paquete. Los primeros meses fueron una batalla de silencios, discusiones y puertas cerradas, pero también un viaje inesperado hacia la empatía, el perdón y el amor real. Gracias a lágrimas, errores y pequeños gestos de complicidad, aprendí que la familia se construye con paciencia y verdad, más allá de los apellidos.