En la mesa de los domingos desaparecidos
Recuerdo el grito de mi hija esa tarde, cuando ya nadie parecía escuchar ni querer ser oído en casa. Mi vida, encajada entre las paredes de ese comedor, pasó de ser celebración a testigo mudo de silencios cada vez más hondos. ¿Cómo acepté que el calor de lo nuestro podría apagarse sin remedio mientras luchaba entre aferrarme a la costumbre o darles alas, aunque me costara la soledad?