El precio de quedarse: cuando proteger es perderse
Jamás olvidaré la noche que mi madre me rogó: “Por favor, Marina, no te vayas, no me dejes sola con papá.” El miedo me atenazó el pecho, y supe que al quedarme sacrificaba el poco refugio emocional que me quedaba en aquella casa. Lo que siguió fue una lucha sorda, entre mi deber de hija y mi necesidad imperiosa de salvarme a mí misma, mientras el eco de la culpa chocaba cada día contra las paredes de nuestro pequeño piso en Vallecas.