Mi casa no es un hotel: Aprendiendo a decir basta
Desde el primer día en que mi prima Lucía y su familia invadieron mi piso en Madrid, sentí cómo mi vida se desmoronaba. Durante meses fui rehén de sus necesidades y de la presión familiar, hasta que tuve que elegir entre mi paz mental y el sacrificio constante. Esta es la historia de cómo aprendí a poner límites, enfrentando la culpa, la soledad y el miedo a decepcionar a los míos.