Un corazón partido: Cuando el amor de un padre no es igual para todos sus hijos

—¿Por qué siempre tienes que defenderle, mamá? —grité, con la voz rota, mientras las lágrimas me ardían en las mejillas. Mi madre, sentada en la mesa de la cocina, apretaba su taza de café como si fuera lo único que la mantenía en pie.

—Alexandra, no empieces otra vez… —suspiró, evitando mi mirada.

Pero yo no podía evitarlo. No después de ver, una vez más, cómo mi padre abrazaba a Marcos al volver del instituto, preguntándole por sus notas, riéndose con él como si fueran los únicos habitantes de la casa. Yo, en cambio, era invisible. Ni un «¿qué tal el día?», ni un gesto de cariño. Solo silencio y miradas frías.

Crecí en un piso antiguo de Salamanca, con paredes tan finas que los secretos nunca duraban mucho. Mi padre, Fernando, era profesor universitario. Siempre tan correcto, tan serio. Mi madre, Carmen, era enfermera y la única que parecía notar cuando yo existía. Marcos era mi hermano mayor por dos años, pero solo compartíamos padre. Su madre murió cuando él era pequeño y desde entonces vivió con nosotros.

Recuerdo una tarde de invierno en la que todo cambió para mí. Tenía catorce años y acababa de ganar un concurso de redacción en el instituto. Entré corriendo en casa, el diploma en la mano, esperando ver orgullo en los ojos de mi padre.

—Papá, mira lo que he ganado —dije, casi sin aliento.

Él levantó la vista del periódico y asintió sin emoción.

—Muy bien, Alexandra. ¿Has hecho ya los deberes?

Eso fue todo. Ni una sonrisa, ni un abrazo. Me sentí tan pequeña que deseé desaparecer. En ese momento, Marcos entró por la puerta y mi padre se levantó para recibirle con una palmada en la espalda.

—¡Marcos! ¿Qué tal el partido? ¿Metiste algún gol?

Me fui a mi cuarto y cerré la puerta con fuerza. Lloré hasta quedarme dormida.

Los años pasaron y la distancia entre mi padre y yo creció como una grieta imposible de cerrar. Mi madre intentaba compensar su frialdad con dulzura, pero yo necesitaba algo más que palabras bonitas. Necesitaba sentirme querida por él.

En las comidas familiares, mi padre solo tenía ojos para Marcos. Hablaban de fútbol, de política, de cualquier cosa menos de mí. Si yo intentaba participar, me cortaba con frases secas:

—Eso no es interesante ahora, Alexandra.

O peor aún:

—Deja hablar a tu hermano.

En el instituto empecé a sacar malas notas. No porque no pudiera, sino porque sentía que nada de lo que hiciera importaba. Mi madre se preocupaba y me llevaba a hablar con la orientadora escolar.

—¿Por qué crees que te cuesta concentrarte? —me preguntó la orientadora.

No supe qué decirle. ¿Cómo explicarle que el vacío en casa era más grande que cualquier problema de matemáticas?

Una noche escuché a mis padres discutir en voz baja en el salón.

—Fernando, tienes que prestar más atención a Alexandra —decía mi madre—. Se está apagando poco a poco.

—No exageres, Carmen —respondió él—. Los adolescentes son así.

—No es solo adolescencia. Es tu indiferencia.

Me tapé los oídos con la almohada y deseé ser otra persona.

El verano antes de ir a la universidad fue el peor. Marcos aprobó selectividad con nota y mi padre organizó una cena especial para celebrarlo. Invitó a toda la familia y brindó por él varias veces. Cuando llegó mi turno al año siguiente y también aprobé con buena nota, apenas hubo una tarta comprada en el supermercado y un «enhorabuena» seco.

Empecé a estudiar Filología Hispánica en Madrid para alejarme de casa. Allí conocí a Lucía, mi compañera de piso, que se convirtió en mi confidente.

—¿Nunca has hablado con tu padre sobre esto? —me preguntó una noche mientras compartíamos una botella de vino barato.

—¿Para qué? No va a cambiar —respondí encogiéndome de hombros.

Pero sus palabras se quedaron rondando en mi cabeza durante meses. Hasta que un día decidí volver a Salamanca y enfrentarme a él.

Entré en el salón y le encontré viendo las noticias. Me senté frente a él y respiré hondo.

—Papá, necesito hablar contigo —dije con voz temblorosa.

Él bajó el volumen del televisor y me miró como si fuera una extraña.

—Dime.

—¿Por qué nunca me has querido como a Marcos? ¿He hecho algo mal?

Su expresión se endureció.

—No digas tonterías, Alexandra. Os quiero igual a los dos.

Sentí rabia e impotencia.

—No es verdad. Nunca has estado para mí como para él. Siempre he sido invisible para ti.

Mi madre entró en ese momento y nos miró preocupada. Mi padre se levantó y salió del salón sin decir nada más.

Me quedé allí sentada, temblando, mientras mi madre me abrazaba en silencio.

Aquel día entendí que no podía obligarle a quererme como yo necesitaba. Aprendí a buscar mi propio valor lejos de su mirada fría. Con el tiempo reconstruí mi autoestima gracias a mis amigos y al apoyo incondicional de mi madre.

Hoy tengo treinta años y sigo preguntándome por qué algunos padres no saben amar a todos sus hijos por igual. ¿Será miedo? ¿Será incapacidad? ¿O simplemente egoísmo?

A veces me pregunto: ¿cuántos hijos e hijas en España han sentido lo mismo que yo? ¿Cuántos han tenido que aprender a quererse solos porque sus padres no supieron hacerlo?