“Si mi marido quiere irse, que se vaya. Yo cuidaré de mi nieto”: El año en que mi hija volvió a ser ella misma
—¿Y ahora qué, mamá? —La voz de Matilde temblaba, los ojos hinchados por el llanto. Sostenía a su bebé en brazos, apenas envuelto en una manta azul. Era casi medianoche y la lluvia golpeaba los cristales del salón, como si el mundo quisiera acompañar nuestro dolor.
Me quedé en silencio unos segundos, tragando el nudo en la garganta. Mi marido, Antonio, miraba desde el pasillo con el ceño fruncido, la mandíbula apretada. Sabía lo que pensaba: “Esto no es nuestro problema”. Pero Matilde era nuestra única hija. Había llegado tarde a nuestras vidas, después de años de intentos y lágrimas. Cuando nació, juré que nunca le faltaría nada.
—Te quedarás aquí —le dije al fin—. No estás sola, hija. Pase lo que pase, aquí tienes tu casa.
Antonio bufó y se fue a la cocina. Escuché el golpe seco de la puerta del frigorífico. Sabía que estaba enfadado, pero no podía dejar a Matilde en la calle. Su marido la había echado esa misma tarde, tras una discusión absurda sobre el dinero y las noches sin dormir. “No puedo más”, le gritó él. Y ella, con el bebé en brazos, solo pudo salir corriendo.
Esa noche no dormí. Me senté junto a la cuna improvisada en el sofá y vi cómo Matilde intentaba calmar al pequeño Lucas. Pensé en todas las veces que yo misma había sentido miedo, soledad, incertidumbre. Pensé en mi propia madre, en cómo me abrazaba cuando todo parecía derrumbarse.
A la mañana siguiente, Antonio me lo dejó claro:
—Esto no puede seguir así. No pienso criar a un niño que no es mío. Si Matilde se queda, yo me voy.
Me temblaron las manos al preparar el café. Miré a Antonio a los ojos y sentí una mezcla de rabia y tristeza.
—Haz lo que tengas que hacer —le respondí—. Pero yo no voy a abandonar a mi hija ni a mi nieto.
Antonio se fue dando un portazo. El silencio que dejó tras de sí era tan denso que casi podía tocarlo. Matilde me miró con miedo.
—Mamá, no quiero que discutáis por mí…
—No digas tonterías —la interrumpí—. Eres mi hija. No hay nada más importante para mí.
Los días siguientes fueron un torbellino de emociones. Matilde apenas comía, pasaba las noches llorando en silencio mientras Lucas dormía sobre su pecho. Yo hacía lo posible por mantener la casa en orden, pero todo parecía desmoronarse poco a poco. Los vecinos empezaron a murmurar; en el supermercado me miraban con lástima o con reproche.
Una tarde, mientras doblaba la ropa de Lucas, Matilde se sentó a mi lado.
—¿Crees que algún día podré volver a ser yo? —me preguntó con voz rota.
Le acaricié el pelo como cuando era niña.
—Claro que sí —le susurré—. Solo necesitas tiempo y amor. Y aquí tienes de sobra.
Pero yo misma dudaba de mis palabras. Antonio no llamaba ni preguntaba por nosotras. La casa se sentía vacía sin él, aunque su presencia siempre había sido más bien distante desde que Matilde creció. Recordé los años en los que intentábamos tener hijos: las visitas al hospital, los tratamientos fallidos, las noches en vela rezando por un milagro. Cuando por fin llegó Matilde, todo giró en torno a ella. Quizás por eso ahora me sentía tan responsable de su dolor.
Pasaron los meses y la rutina se instaló en casa: yo cuidaba de Lucas mientras Matilde buscaba trabajo y trataba de recomponerse poco a poco. Algunas mañanas la sorprendía mirándose al espejo con tristeza, tocando las ojeras bajo sus ojos o acariciando las estrías de su vientre.
—No soy la misma —me confesó una noche—. Siento que he perdido todo lo que era.
—No has perdido nada —le aseguré—. Has ganado un hijo y una fuerza que ni imaginas.
Pero sabía que no era tan sencillo. En España, ser madre soltera sigue siendo difícil; las ayudas no llegan y la gente juzga sin saber nada de tu historia. A veces yo misma sentía el peso del cansancio y la soledad aplastándome el pecho.
Un día recibí una llamada inesperada: era Antonio.
—¿Cómo estáis? —preguntó con voz cansada.
—Sobreviviendo —le respondí seca.
Hubo un silencio largo antes de que hablara de nuevo:
—No sé si hice bien marchándome…
Quise gritarle todo lo que había sentido esos meses: rabia, abandono, miedo… Pero solo suspiré.
—Aquí tienes tu casa si quieres volver —le dije al fin—. Pero las cosas han cambiado.
Antonio volvió una semana después. No fue fácil; las heridas seguían abiertas y las discusiones eran frecuentes. Pero poco a poco aprendimos a convivir de nuevo, aunque ya nada era igual.
Matilde consiguió un trabajo a media jornada y empezó a salir con amigas otra vez. Volvía tarde algunos días, con una sonrisa tímida y los ojos brillantes como hacía años no veía. Lucas crecía sano y feliz entre nuestros brazos.
Un año después de aquella noche lluviosa, Matilde se miró al espejo antes de salir y me preguntó:
—¿Crees que vuelvo a ser yo?
La abracé fuerte.
—Eres más tú que nunca —le dije—. Has renacido entre cenizas.
Ahora, mientras escribo esto y veo a Lucas jugar en el suelo del salón, me pregunto: ¿Hice bien anteponiendo a mi hija y mi nieto por encima de todo? ¿Cuántas madres españolas han tenido que elegir entre su familia y su propia felicidad? ¿Vosotras qué habríais hecho?