Después de treinta años juntos, mi marido me dijo que quería empezar de cero: ¿cómo se sobrevive a la soledad inesperada?

—No puedo más, Carmen. Necesito empezar de nuevo.

Las palabras de Tomás flotaron en el aire como un cuchillo invisible. Yo estaba sirviendo la crema de calabaza, esa que tanto le gustaba desde que éramos novios en Salamanca. El aroma llenaba la cocina, pero de pronto todo perdió sentido. Me quedé quieta, con el cucharón en la mano, mirándole sin comprender.

—¿Cómo que empezar de nuevo? —pregunté, con la voz temblorosa.

Él no me miró. Se quedó observando el mantel de cuadros rojos y blancos, ese que compramos en el mercadillo de Rastro hace años. Sus manos temblaban ligeramente.

—No sé cómo explicarlo, Carmen. Siento que me ahogo aquí. Que no soy yo desde hace mucho tiempo.

La rabia y el miedo se mezclaron en mi pecho. Treinta años juntos. Tres hijos: Lucía, que vive en Barcelona; Álvaro, que acaba de terminar la carrera en Madrid; y Sofía, aún en casa, preparando la Selectividad. ¿Cómo podía decirme esto ahora, cuando por fin pensábamos tener tiempo para nosotros?

—¿Hay otra mujer? —pregunté casi en un susurro.

Tomás negó con la cabeza. —No es eso. Es… yo mismo. Necesito encontrarme.

Me senté frente a él, sintiendo cómo las lágrimas amenazaban con desbordarse. Recordé las tardes en el parque del Retiro, los veranos en la playa de Cádiz con los niños pequeños, las discusiones por tonterías y las reconciliaciones silenciosas. ¿De verdad todo eso no significaba nada?

—¿Y Sofía? ¿Y yo? ¿No te importamos?

Por primera vez, Tomás me miró a los ojos. Vi culpa y tristeza en su mirada. —Os quiero mucho, pero no puedo seguir fingiendo.

No recuerdo cómo terminó esa cena. Solo sé que después subí a nuestra habitación y lloré hasta quedarme dormida. Al día siguiente, Tomás ya no estaba cuando desperté. Había dejado una nota en la mesa:

“Lo siento, Carmen. Necesito tiempo para pensar. Volveré para hablar con los niños.”

Durante días viví como un fantasma. Sofía notó enseguida que algo iba mal.

—Mamá, ¿qué pasa? ¿Por qué papá no está?

No supe qué decirle. ¿Cómo explicarle a una adolescente que su padre ha decidido marcharse porque necesita “encontrarse”? Lucía y Álvaro vinieron el fin de semana siguiente. La casa se llenó de voces y abrazos incómodos.

—Mamá, ¿quieres que hablemos con papá? —preguntó Lucía, siempre tan protectora.

—No sirve de nada —respondí—. Él ya ha tomado una decisión.

Las semanas pasaron lentas y pesadas. La familia empezó a dividirse en dos bandos: los que intentaban entender a Tomás y los que le culpaban por rompernos. Mi hermana Pilar venía cada tarde a tomar café y escucharme desahogarme.

—Carmen, tienes que pensar en ti ahora —me decía—. No puedes dejarte arrastrar por esto.

Pero yo no sabía cómo hacerlo. Toda mi vida había girado en torno a mi familia, a cuidar de los demás. ¿Quién era yo sin Tomás? ¿Sin los niños pequeños correteando por la casa?

Una tarde, mientras paseaba por el parque del barrio, me encontré con Mercedes, una vecina viuda desde hacía años.

—Te veo triste, Carmen —me dijo—. ¿Sabes? Al principio es horrible estar sola… pero luego aprendes a escucharte a ti misma.

Sus palabras me acompañaron durante días. Empecé a salir más: al cine con Pilar, a clases de yoga en el centro cultural, incluso me apunté a un taller de escritura creativa. Poco a poco fui sintiendo que podía respirar sin Tomás.

Pero las noches seguían siendo lo peor. El silencio de la casa era ensordecedor. A veces me sorprendía hablando sola o mirando fotos antiguas hasta quedarme dormida en el sofá.

Un día recibí una carta de Tomás. Decía que estaba viviendo en un pequeño piso cerca del trabajo y que necesitaba más tiempo antes de vernos todos juntos. Me sentí furiosa y aliviada al mismo tiempo: furiosa porque seguía huyendo; aliviada porque ya no esperaba su regreso cada noche.

Sofía empezó a salir más con sus amigas y yo temí perder también su compañía. Pero una noche se sentó conmigo en la cocina y me abrazó fuerte.

—Mamá, pase lo que pase, yo estoy contigo.

Lloramos juntas largo rato. Sentí que algo dentro de mí se rompía… pero también algo nuevo empezaba a crecer: una fuerza desconocida, una especie de orgullo por haber sobrevivido al abandono.

Hoy han pasado seis meses desde aquella noche fatídica. Tomás viene a ver a Sofía de vez en cuando y hablamos cordialmente por teléfono sobre temas prácticos. No hay rencor, pero tampoco amor.

He aprendido a vivir sola: a disfrutar del café por las mañanas mirando por la ventana; a leer novelas sin sentirme culpable; a reírme con mis amigas sin pensar en lo que dirán los demás.

A veces me pregunto si podría volver a enamorarme o si este vacío será mi nueva compañía para siempre. Pero sobre todo me pregunto: ¿cuántas mujeres como yo hay ahora mismo sentadas frente a una mesa vacía preguntándose quiénes son realmente?

¿De verdad merecemos ser abandonadas después de toda una vida entregada? ¿O es este el momento de empezar a vivir para nosotras mismas?