Me gasté todo el sueldo en un abrigo de diseñador: ¿egoísmo o necesidad?

—¿Pero tú estás loca, Lucía? ¿En qué cabeza cabe gastarse ochocientos euros en un abrigo? —La voz de mi marido, Andrés, retumbó en el pasillo mientras yo, con el abrigo aún puesto, temblaba de pies a cabeza.

No supe qué responder. El olor a tela nueva y cara aún me envolvía, como si el abrigo pudiera protegerme del frío y de la realidad. Era principios de octubre en Madrid, y el aire ya traía ese frescor que anuncia el otoño. Yo había salido del trabajo con la cabeza llena de problemas: la hipoteca, los libros del colegio de Marta y Sergio, la nevera medio vacía. Pero al pasar por el escaparate de la Gran Vía, algo dentro de mí hizo clic. Vi aquel abrigo burdeos, con el corte perfecto, y sentí que lo necesitaba más que respirar.

—No lo entiendes, Andrés —susurré, incapaz de mirarle a los ojos—. Solo quería sentirme bien por un momento. Solo uno.

Él me miró como si no me reconociera. Se pasó la mano por el pelo, desesperado. —¿Y ahora qué? ¿Cómo pagamos la luz este mes? ¿Cómo le digo a los niños que no hay dinero para la excursión?

Me desplomé en la silla del comedor. El abrigo pesaba sobre mis hombros como una culpa tangible. Marta entró en ese momento, con su mochila rosa y sus ojos grandes y curiosos.

—Mamá, ¿ese abrigo es nuevo? ¡Es precioso! —exclamó, tocando la manga con admiración infantil.

Andrés se marchó dando un portazo. Marta me miró asustada. —¿He hecho algo mal?

La abracé fuerte. —No, cariño. Es cosa de mayores.

Esa noche apenas dormí. Me levanté a las tres de la mañana y me senté en la cocina, mirando la cuenta bancaria desde el móvil. Cero euros. Ni para un café. Pensé en llamar a mi hermana Pilar para pedirle ayuda, pero hacía meses que no hablábamos tras una discusión absurda sobre la herencia de mamá.

Al día siguiente, en el trabajo, no podía concentrarme. Mi compañera Laura notó mi nerviosismo.

—¿Te pasa algo? —preguntó mientras rellenábamos informes.

—He hecho una locura —confesé—. Me he gastado todo el sueldo en un abrigo carísimo.

Laura se quedó boquiabierta. —¿Pero por qué?

No supe explicarlo. Solo sentí que si no hacía algo por mí misma iba a desaparecer entre facturas y rutinas. Que necesitaba recordar quién era antes de ser solo madre y esposa.

Esa tarde, al recoger a Sergio del colegio, me crucé con mi vecina Carmen.

—¡Vaya abrigo más bonito! —dijo con una sonrisa—. Se nota que te cuidas.

Sentí una punzada de vergüenza. ¿De verdad era eso lo que proyectaba? ¿Una mujer superficial?

En casa, Andrés seguía sin hablarme. La tensión se podía cortar con un cuchillo. Durante la cena, Marta preguntó si podría ir a la excursión del museo.

Andrés bajó la mirada y yo sentí que se me partía el alma.

—Este mes no puede ser, cielo —dije con voz temblorosa—. Pero te prometo que iremos juntas otro día.

Marta asintió sin protestar, pero vi cómo se le humedecían los ojos.

Esa noche Andrés y yo discutimos hasta la madrugada.

—¿Sabes lo que más me duele? —me dijo él—. Que ni siquiera me lo consultaras. Que te diera igual todo lo demás.

—No me da igual —respondí entre lágrimas—. Solo… solo necesitaba sentirme viva otra vez. No soy solo madre ni solo esposa. Estoy cansada de renunciar siempre a todo.

Él suspiró y se sentó a mi lado. —Lucía, todos estamos cansados. Pero somos un equipo… o deberíamos serlo.

Al día siguiente decidí devolver el abrigo. Fui a la tienda con el corazón encogido y las manos sudorosas. La dependienta me miró con lástima cuando le expliqué que necesitaba el dinero para mi familia.

Salí de allí con el reembolso en la tarjeta y una sensación extraña: alivio mezclado con tristeza y vergüenza.

Esa noche le di el recibo a Andrés y nos abrazamos en silencio.

No sé si alguna vez podré perdonarme del todo por aquel impulso, pero aprendí algo importante: a veces el peso de las expectativas puede ahogarnos hasta hacernos perder el norte. Y también que pedir ayuda o decir “no puedo más” no es un fracaso.

Ahora miro a mi familia y me pregunto: ¿cuántas veces nos olvidamos de nosotros mismos intentando ser todo para los demás? ¿Dónde está el límite entre cuidarse y ser egoísta? ¿Vosotros también habéis sentido alguna vez esa necesidad desesperada de escapar aunque sea por un instante?