El silencio de la dehesa
—¡Por favor! ¡No me deje aquí! —La voz, rota y desesperada, me atravesó el pecho como un cuchillo. Me detuve en seco, con el rocío aún pegado a las botas y el olor a encina mojada llenando el aire. El sol apenas despuntaba sobre la sierra de Gredos, tiñendo de oro los campos de la dehesa. Giré la cabeza, buscando el origen de aquel grito que no era de animal herido, sino de alguien que conocía el dolor humano.
—¿Quién anda ahí? —grité, con la voz ronca de madrugar y la desconfianza propia de quien lleva años viviendo solo entre vacas y encinas.
—¡Aquí! ¡Por favor! —La voz era de una chica. Me acerqué con paso rápido, el corazón acelerado y la mente llena de preguntas. Allí, atada a una cerca de alambre oxidado, estaba ella: una muchacha de unos dieciocho años, con la cara manchada de lágrimas y el pelo enredado por el viento.
—¿Qué demonios ha pasado aquí? —pregunté, soltando el nudo con manos temblorosas.
—Mi padre… —balbuceó—. Estaba borracho. Dijo que no servía para nada y me dejó aquí…
Sentí una rabia sorda subir por mi garganta. En los pueblos pequeños como el nuestro, todos se conocen y los secretos no tardan en correr como la pólvora. Pero esto… esto era demasiado incluso para Villanueva del Fresno.
—Vamos, niña. No te preocupes. Aquí nadie te va a hacer daño —le dije, intentando sonar más seguro de lo que me sentía.
La llevé a mi casa, una casona antigua rodeada de encinas y silencio. Mientras le preparaba un vaso de leche caliente, ella miraba todo con ojos grandes y asustados, como un animalillo acorralado. Me contó su historia entre sorbos y sollozos: su madre se había marchado hacía años, su padre se había entregado al vino y a la rabia, y ella había aprendido a sobrevivir en medio del desprecio y los gritos.
En el pueblo, las lenguas se desataron en cuanto vieron a Lucía en mi casa. «¿Qué hace esa chica ahí?», «Ese vaquero siempre ha sido raro», «Seguro que algo trama». Pero yo ya estaba acostumbrado a las habladurías desde que mi mujer me dejó por otro hace años. Aprendí que en España, sobre todo en los pueblos, la gente prefiere mirar hacia otro lado antes que enfrentarse a la verdad.
Lucía empezó a ayudarme con las vacas y el huerto. Al principio apenas hablaba, pero poco a poco fue soltándose. Reía tímidamente cuando le contaba historias de cuando era joven y salía con los amigos a las fiestas del pueblo, bailando jotas hasta el amanecer. A veces lloraba en silencio por las noches, pensando que yo no la oía.
Un día, mientras recogíamos aceitunas bajo el sol abrasador de septiembre, me miró con los ojos llenos de gratitud y miedo:
—¿Cree usted que algún día podré ser feliz aquí?
Me quedé callado un momento, mirando el horizonte donde las encinas se fundían con el cielo azul.
—No lo sé, Lucía. Pero aquí tienes una oportunidad. Y eso ya es mucho más de lo que te dieron antes.
Con el tiempo, el pueblo fue aceptando nuestra extraña familia improvisada. Lucía empezó a ir al instituto del pueblo vecino; algunos días volvía sonriente, otros con los ojos rojos por las burlas de los demás. Pero nunca dejó que eso la derrotara del todo.
En Navidad, decoramos juntos la casa con ramas de acebo y luces viejas. Cocinamos turrón casero y cantamos villancicos desafinados junto al fuego. Por primera vez en años, sentí que la soledad se había ido marchando poco a poco.
A veces me pregunto si hice bien en desafiar al pueblo y acoger a Lucía bajo mi techo. Pero luego la veo reír mientras corretea entre las vacas o estudia bajo la sombra de una encina, y sé que no podía haber hecho otra cosa.
¿Quiénes somos nosotros para juzgar lo que otros hacen por sobrevivir? ¿No merecemos todos una segunda oportunidad?