El día que la verdad salió a la luz en la Gran Vía

—¿Por qué no contesta? —me pregunté en voz baja, apretando el móvil con fuerza mientras esperaba en la cafetería de la esquina. El reloj marcaba las seis y media de la tarde y el bullicio de la Gran Vía madrileña me envolvía, pero yo solo podía pensar en Alejandro. Había decidido darle una sorpresa, llevarle su postre favorito de la pastelería de la abuela Carmen, esa tarta de Santiago que tanto le gustaba desde que éramos novios en Salamanca.

Respiré hondo, intentando calmar los nervios. «Seguro que está liado con alguna reunión», me repetí, aunque una vocecilla dentro de mí no dejaba de susurrar que algo no iba bien. Subí al edificio moderno donde trabajaba, saludé al portero —el señor Julián, tan simpático como siempre— y me dirigí al ascensor. El corazón me latía a mil por hora, como si presintiera el desastre.

Al llegar a la planta de dirección, vi a Alejandro salir del despacho. No iba solo. Una mujer joven, elegante, con el pelo recogido y una sonrisa demasiado confiada, caminaba a su lado. Él reía, esa risa suya que yo conocía tan bien, pero que ahora sonaba extraña, ajena. Se detuvieron justo antes de doblar el pasillo y ella le puso la mano en el brazo. Alejandro no se apartó. Al contrario, le susurró algo al oído y ella soltó una carcajada.

Sentí un nudo en el estómago. Me escondí tras una columna, temblando. «No puede ser… No puede ser…», repetía mi mente mientras las lágrimas amenazaban con brotar. ¿Era posible que después de quince años juntos, dos hijos y tantas promesas, todo se viniera abajo así?

No sé cuánto tiempo estuve allí, paralizada. Cuando por fin reuní fuerzas para salir, Alejandro ya no estaba. Caminé por el pasillo como un fantasma y dejé la tarta sobre su mesa, junto a una nota: «Pensé que te gustaría una sorpresa. María».

Salí del edificio sin mirar atrás. El aire frío de Madrid me golpeó la cara y sentí que no podía respirar. Llamé a mi hermana Lucía.

—¿María? ¿Qué pasa? —preguntó al oír mi voz temblorosa.

—He visto a Alejandro… con otra —logré decir antes de romper a llorar.

Lucía no dudó ni un segundo.

—Vente a casa. Ahora mismo. No estás sola, ¿me oyes?

Esa noche, sentada en el sofá de Lucía con una copa de vino y las manos heladas, repasé cada detalle de los últimos meses: las reuniones tardías, los mensajes que nunca podía enseñarme, las excusas para no venir a cenar con mis padres los domingos. ¿Cómo no lo vi antes? ¿En qué momento dejamos de ser nosotros para convertirnos en dos desconocidos?

Al día siguiente, Alejandro llegó a casa como si nada. Los niños jugaban en el salón y él me besó en la mejilla.

—¿Qué tal el día? —preguntó distraído.

No pude más.

—¿Quién es ella? —le solté de golpe.

Él se quedó helado.

—¿De qué hablas?

—No te hagas el tonto, Alejandro. Te vi ayer en la oficina. Con esa mujer.

El silencio se hizo eterno. Finalmente bajó la mirada.

—María… no quería hacerte daño —susurró.

Las palabras me atravesaron como cuchillos. Me levanté y salí al balcón, buscando aire entre las luces de Madrid. ¿Cómo se reconstruye una vida después de una traición así? ¿Cómo se explica a los niños que papá ya no es el héroe que creían?

Durante semanas viví en una montaña rusa de emociones: rabia, tristeza, nostalgia por lo que fuimos y miedo al futuro. Mis amigas me decían: «Tía, no eres la primera ni serás la última»; mi madre lloraba conmigo y mi padre me abrazaba en silencio. En España todos opinan sobre todo: que si hay que perdonar por los niños, que si mejor sola que mal acompañada… Pero solo yo podía decidir qué hacer con mi vida.

Al final, entendí que merezco respeto y amor verdadero. Que aunque duela, hay que cerrar puertas para abrir ventanas nuevas. Y aquí estoy ahora, escribiendo esto desde mi pequeño piso en Lavapiés, con mis hijos dormidos y el corazón un poco más fuerte.

¿Quién nos prepara para estos golpes de la vida? ¿Y vosotros? ¿Habéis sentido alguna vez cómo se rompe el alma en mil pedazos para luego volver a recomponerse?