El día que el capataz se topó con la furia de Lucía

—¡Eh, tú! ¿No ves que estás aparcando mal? —gritó el capataz, Paco, con esa voz ronca de quien lleva toda la vida mandando y fumando Ducados.

Me giré, con las manos aún en el volante de mi camión, y le miré a los ojos. Noté las miradas de los otros camioneros clavadas en mi nuca, esperando el espectáculo. Era lunes por la mañana y el aire olía a gasóleo y a café barato.

—Estoy en mi sitio, Paco. Mira las líneas —le respondí, intentando mantener la calma. Pero él ya venía encendido, como si yo fuera la culpable de todos sus males.

—¡No me hables así, chiquilla! Aquí mando yo —espetó, acercándose con paso firme y una manguera industrial en la mano. Los chicos del taller dejaron de trabajar para ver qué pasaba. Sabían que Paco disfrutaba humillando a los nuevos, y más si eran mujeres.

Antes de que pudiera reaccionar, sentí el chorro helado de la manguera golpearme en el pecho. El agua me empapó la camiseta y sentí cómo la rabia me subía por dentro, como un volcán a punto de estallar. Los murmullos se convirtieron en risas.

—¡A ver si así se te baja un poco el orgullo! —dijo Paco, con una sonrisa torcida.

En ese momento, recordé todas las veces que me habían dicho que ese no era trabajo para una mujer. Recordé los entrenamientos en el gimnasio de Vallecas, las noches sin dormir antes de un combate, los moratones y las victorias. No iba a dejar que este hombre me pisoteara delante de todos.

Solté el volante y bajé del camión empapada, con el agua chorreando por mis vaqueros. Me planté delante de Paco, que seguía sujetando la manguera como si fuera un trofeo.

—¿Te crees muy valiente mojando a una mujer? —le dije, mirándole fijamente a los ojos.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Llorar? —se burló él, sin soltar la manguera.

Respiré hondo. No quería perder los papeles, pero tampoco podía dejar pasar aquello. Me acerqué un paso más y le quité la manguera de un tirón. Paco no se lo esperaba; su cara pasó del desprecio al miedo en un segundo.

—Ahora vas a escucharme tú —le dije, alzando la voz para que todos me oyeran—. Llevo más años conduciendo camiones que tú mandando aquí. Y si tienes algún problema conmigo, lo hablamos como personas. Pero si vuelves a faltarme al respeto delante de mis compañeros, te juro que no te va a gustar lo que pase.

El silencio era absoluto. Nadie se atrevía a decir nada. Paco intentó recuperar la compostura, pero ya no era el gallito del corral.

—¿Me estás amenazando? —balbuceó.

—No. Te estoy avisando —le respondí, dejando caer la manguera a sus pies.

Uno de los mecánicos, Juanito, rompió el silencio:

—Déjala en paz, Paco. Aquí todos curramos igual.

Paco resopló y se marchó sin decir nada más. Sentí las miradas de respeto de mis compañeros y una oleada de orgullo recorriéndome el cuerpo. No era solo por mí; era por todas las mujeres que cada día tienen que demostrar el doble para ser tomadas en serio.

Esa tarde, mientras limpiaba el camión bajo el sol de Madrid, varios compañeros se acercaron a darme una palmada en la espalda o a ofrecerme un café. Había cambiado algo en el ambiente; ya no era la «chica nueva», sino Lucía, la que no se deja pisotear.

A veces me pregunto: ¿Cuántas veces más tendremos que luchar para que nos respeten? ¿Cuándo dejarán de juzgarnos por nuestro género y empezarán a vernos por lo que somos? Quizá hoy di un pequeño paso para cambiar eso.