Mi suegra tiró mi colección de cromos: el día que mi infancia desapareció para siempre

—¿De verdad, Lucía? ¿Todavía guardas estas cosas?— La voz de mi suegra, Carmen, retumbó en el salón como si fuera un trueno. Yo estaba en la cocina, preparando la cena, cuando escuché el crujido de la caja de cartón. Mi corazón se detuvo un instante. Sabía perfectamente a qué se refería: mi colección de cromos de fútbol, la misma que llevaba guardando desde que era una niña en Albacete, cuando mi padre me llevaba al mercadillo los domingos.

Corrí al salón y la vi, de pie junto a la mesa, con la caja abierta y los cromos esparcidos como hojas secas. Mi marido, Andrés, miraba la escena con una mezcla de incomodidad y resignación. —Mamá, déjalo ya— murmuró, pero Carmen ni se inmutó.

—Esto es ridículo— sentenció ella, recogiendo un cromo de Raúl González entre sus dedos como si fuera basura. —Ya tienes treinta años, Lucía. Es hora de dejar atrás las tonterías infantiles. ¿Qué pensará la gente cuando vea esto?

Sentí una punzada en el pecho. Esos cromos no eran solo papel; eran tardes enteras con mi padre, risas, discusiones sobre alineaciones y sueños de infancia. Eran mi refugio cuando mis padres se separaron y mi madre se marchó a Valencia. Eran lo único que me quedaba intacto de aquellos años.

—Por favor, Carmen, déjalos— supliqué, notando cómo se me quebraba la voz.

Pero ella ya había tomado una decisión. Empezó a meter los cromos en una bolsa de basura negra. —Esto no puede seguir aquí ocupando espacio. Si quieres madurar y tener una familia, tienes que empezar por dejar atrás estas cosas.

Andrés no decía nada. Solo bajaba la mirada, como si el suelo pudiera tragárselo. Yo sentí rabia y vergüenza a partes iguales. ¿Cómo podía alguien decidir qué debía significar para mí ser adulta? ¿Por qué tenía que renunciar a mis recuerdos para encajar en su idea de familia?

Esa noche apenas dormí. Escuchaba el crujido de la bolsa cada vez que me giraba en la cama. Al día siguiente, cuando fui a buscar mis cromos, ya no estaban. Carmen los había tirado al contenedor antes de irse al mercado.

Me senté en el suelo del trastero y lloré como hacía años que no lloraba. Andrés intentó consolarme, pero solo consiguió enfurecerme más.

—¿Por qué no dijiste nada?— le reproché entre sollozos.

—No quería discutir con mi madre… Pensé que no era para tanto— respondió él, encogiéndose de hombros.

No era para tanto. Para él, claro. Pero para mí era perder una parte fundamental de mi historia. Empecé a preguntarme si realmente tenía un lugar en esa casa, o si siempre sería una invitada en la vida de Andrés y su madre.

Los días siguientes fueron un infierno silencioso. Carmen seguía viniendo cada tarde a «ayudar» con la casa y a recordarme lo bien que estaba quedando todo ahora que había más espacio. Yo apenas podía mirarla a los ojos.

Una tarde, mientras recogía la ropa del tendedero, escuché a Carmen hablando por teléfono en el balcón:

—Sí, hija, por fin he conseguido que Lucía deje esas cosas de críos. Ahora podrá centrarse en lo importante: tener hijos y cuidar de Andrés como debe ser.

Me temblaron las manos. ¿Eso era lo que pensaba de mí? ¿Que no era suficiente mujer por tener mis propios recuerdos y aficiones?

Esa noche enfrenté a Andrés:

—¿De verdad crees que tengo que cambiar para encajar aquí? ¿Que solo sirvo si hago lo que tu madre espera?

Él me miró con tristeza:

—No lo sé, Lucía… Aquí las cosas siempre han sido así…

Me di cuenta entonces de que no era solo cuestión de unos cromos. Era cuestión de respeto, de identidad, de poder ser yo misma sin pedir permiso ni disculpas por ello.

Empecé a buscar apoyo fuera: llamé a mi amiga Marta y le conté todo entre lágrimas. Ella me animó a no rendirme:

—Tus recuerdos son tuyos, Lucía. Nadie tiene derecho a decidir qué te hace feliz o qué debes dejar atrás.

Con el tiempo, empecé a reconstruir mi colección poco a poco gracias a foros y mercadillos online. No era lo mismo, pero cada cromo recuperado era un acto de rebeldía y amor propio.

La relación con Carmen nunca volvió a ser igual. Aprendí a poner límites y a defender mi espacio, aunque eso significara discusiones incómodas o silencios tensos en las comidas familiares.

Hoy sigo guardando mis cromos en una caja nueva, lejos del alcance de cualquiera que quiera decidir por mí. Y cada vez que los miro, me pregunto: ¿Por qué hay quien confunde madurez con renuncia? ¿Hasta dónde estamos dispuestos a dejar que otros borren nuestra historia?