El secreto bajo la tierra: La noche que cambió a la familia Ortega
—¡Por el amor de Dios, Carmen, baja la voz! —susurró nerviosa doña Pilar, mientras sus dedos temblorosos apretaban el rosario. El reloj del salón marcaba las dos de la madrugada y el silencio de la finca Ortega era tan espeso que cualquier ruido parecía un trueno. Pero yo, Carmen, la empleada de toda la vida, no podía callar lo que acababa de oír.
—Señora, le juro que no estoy loca. He escuchado golpes… desde la cripta. No es el viento, ni los gatos. Es como si alguien… —mi voz se quebró, y sentí que el miedo me subía por la garganta.
Doña Pilar me miró con esos ojos grises, duros como el granito de la sierra de Madrid. —No digas tonterías. Aquí nadie se mueve después de muerto. —Pero su voz sonaba menos segura de lo habitual.
La finca Ortega, en las afueras de Segovia, era conocida por sus viñedos y por las fiestas que don Ernesto organizaba cada verano. Pero esa noche, tras el entierro del pequeño Álvaro, el hijo menor del millonario, la casa estaba sumida en una tristeza densa, casi pegajosa. Nadie hablaba del accidente en la piscina, ni del grito ahogado de doña Pilar cuando encontraron al niño flotando boca abajo. Todo era silencio y miradas esquivas.
Pero yo no podía dormir. Algo me empujó a salir al jardín, a pesar del frío que calaba los huesos. Caminé hasta el mausoleo familiar, donde acababan de enterrar a Álvaro esa misma tarde. Y entonces lo oí: un golpecito sordo, como si alguien llamara desde dentro.
—¡Señora! —insistí—. Si no me cree, venga conmigo. No puedo quedarme tranquila.
Doña Pilar dudó un instante. Luego se cubrió con su mantón y me siguió, murmurando oraciones entre dientes. Al llegar a la cripta, el viento nos azotó la cara y las ramas de los cipreses parecían susurrar secretos antiguos.
—¿Lo oye? —pregunté, con el corazón a punto de salirse del pecho.
Y entonces ambas lo escuchamos: un gemido débil, casi un suspiro. Doña Pilar palideció y se persignó tres veces.
—¡Por Dios bendito! —exclamó—. ¿Qué hacemos?
Corrí a buscar a don Ernesto, que estaba encerrado en su despacho con una copa de brandy. Cuando le conté lo que pasaba, primero me gritó que estaba loca. Pero al ver la cara desencajada de su mujer, accedió a regañadientes a bajar con nosotras.
Entre los tres abrimos la cripta. El olor a tierra húmeda y flores marchitas nos golpeó en la cara. Don Ernesto titubeó al ver el ataúd pequeño y blanco.
—Esto es una locura…
Pero entonces el golpe volvió a sonar, más fuerte esta vez. Don Ernesto palideció y, sin pensarlo dos veces, rompió el sello del ataúd con una palanca.
Dentro estaba Álvaro, vivo pero desmayado, con las uñas ensangrentadas de tanto golpear la tapa. Lo sacamos entre gritos y lágrimas. Doña Pilar se arrodilló en el suelo y besó las manos del niño mientras yo lloraba como una Magdalena.
Esa noche nadie durmió en la finca Ortega. Los médicos dijeron que Álvaro había entrado en una especie de letargo por el susto y el frío del agua; que su corazón latía tan despacio que lo dieron por muerto. Pero yo sé que fue otra cosa… Algo más profundo, más oscuro.
Desde entonces, doña Pilar nunca volvió a mirarme igual. Don Ernesto me dio una gratificación y me pidió que no hablara con nadie de lo sucedido. Pero cada vez que paso cerca del mausoleo siento un escalofrío y me pregunto: ¿Cuántos secretos más se esconden bajo tierra en las casas grandes? ¿Y cuántas veces preferimos callar antes que enfrentarnos a la verdad?